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40 años de democracia y militancia popular (Pirmera Parte)

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Intentaremos hacer una mirada de las condiciones y ejes ordenadores de la militancia a lo largo 40 años de la democracia; entendiendo que en ese proceso histórico se encuentran muchas de las claves para entender la etapa en la que hoy nos toca actuar.

Por Pablo Blank (MCC)| Ilustración: Fuska.visual

Este escrito tiene como objetivo aportar a un debate, cada vez mas necesario, en relación a los desafíos y condiciones que marcan el momento histórico que nos atraviesa y en el cual nos seguimos proponiendo actuar e intervenir como militantes (y organizaciones) populares. Intentaremos hacer una mirada de las condiciones y ejes ordenadores de la militancia a lo largo 40 años de la democracia; entendiendo que en ese proceso histórico se encuentran muchas de las claves para entender la etapa en la que hoy nos toca actuar.

De más está decir que no pretende ser un análisis completo ni mucho menos acabado del proceso y de la realidad histórica en la que estamos inmersos. A menos que uno sea García Marquez, la realidad siempre es mucho mas compleja y diversamente vital que nuestra capacidad de reducirla a palabras y conceptos de análisis. De ahí que, seguramente, este análisis pueda ser un poco esquemático o limitado. Pero lo importante es (ante todo) generar el debate del cual saldrán las respuestas más profundas. Intenta ser un punto de partida mas que de llegada, un disparador mas que un blanco.

La dictadura como derrota

El punto de partida está análisis tiene que ver con plantear la dictadura como una derrota del campo popular. Esto que, visto desde la actualidad, puede parecer un análisis obvio para muchas y muchos militantes del campo popular, no lo es están así, y mucho menos lo fue en los primeros pasos de la democracia. Las condiciones adversas que hubo en los 80 para procesar críticamente lo sucedido en los 70 (dirigencias y militancias desaparecidas, exiliadas y desconectadas de procesos de construcción política, presencia de las fuerzas de seguridad, desorientación frente a lo sucedido y descreimiento frente al nuevo proceso político que comenzaba, legitimidad de la teoría de los dos demonios…) dificultó enormemente la posibilidad de dimensionar el carácter profundo de la derrota política e ideológica vivida por el campo popular.

Cabe aclarar que hubo voces que desde la militancia fueron intentando expresar la idea de la derrota (inclusive algunos lo hicieron internamente en el 74 y 75 cuando las condiciones de la lucha política en argentina empezaron a tomar el rumbo dramático que luego termino en la dictadura militar), pero la mayoría de esas miradas solo circularon en el interior de la militancia o fueron tildadas de negativas por quienes entendían que la dictadura solo había implicado una derrota militar en una lucha que aun estaba vigente. Hubo inclusive planteos en la voz de altos dirigentes de los 70 (Mario Firmenich fue el caso mas emblemático) que lo plantearon en términos de “empate” entre las fuerzas del orden y las fuerzas populares, entendiendo que a partir del fin de la dictadura ambas fuerzas quedaron anuladas en el juego político.

El desarrollo del proceso político posterior fue el que permitió dar mayor lugar al análisis crítico y profundo sobre los 70 (y sobre el impacto que tuvo la dictadura en la militancia popular). Pero sin duda que hubo un acontecimiento que actuó como disparador de eso: el copamiento al cuartel de la tablada llevado adelante por miembros del MTP, en el cual participaron algunos ex integrantes de las organizaciones armadas. Este hecho abrió un debate interno y también público en relación a la acción de las organizaciones armadas y genero el contexto para que algunas voces críticas pudieron tener mayor espacio. El libro de Luis Mattini (Hombres y Mujeres del PRT) es referencia ineludible en este esfuerzo por analizar críticamente la experiencia setentista.

No es un elemento secundario en la práctica política el tener un análisis certero de la etapa histórica de la que se viene (y menos aún en un momento de quiebre como fue la dictadura). Sin ese análisis se corre el riesgo de empezar siempre de cero o, peor aun, de caer en el desconcierto y la falta de conexión con la realidad. Algo de todo eso marcó el contexto ideológico de la militancia post dictadura (tanto a las nuevas generaciones como a las que retomaron la practica política en democracia).

Ahora bien: ¿Qué implica hablar de la dictadura como una derrota?

Empecemos por lo más obvio y que salta a primera vista. Queda claro que la dictadura implicó una derrota militar para las fuerzas populares. La represión, los desaparecidos, la desarticulación de organizaciones y la desvinculación con las bases y territorios populares (sustento y raíz de las organizaciones) es el más claro ejemplo de la derrota militar. Pero cuando hablamos de derrota, hablamos de mucho más que eso. Hablamos de la derrota (y el quiebre) de un proyecto ideológico y político que tenía como horizonte la transformación revolucionaria de la realidad. Eso fue lo que la dictadura logro desaparecer del escenario político argentino, además de las organizaciones revolucionarias y los miles de militantes populares secuestrados, torturados y asesinados. El gran logro de la dictadura fue eliminar del horizonte político la idea del cambio social como algo posible y real.

Esto fue posible por tres líneas de acción centrales en las que la dictadura tuvo un enorme éxito.

Por un lado, el desarrollo de un modelo desindustrializador y concentrador de poder que cuestionó el modelo de sustitución de importaciones y todo el entramado institucional de reconocimiento de derechos de los trabajadores y del pueblo. Fue la victoria profunda de un modelo de desarrollo elitista que, con un alto grado de gorilismo y revanchismo de clase, sentó las bases del neoliberalismo en argentina.

Por otro lado, la dictadura implicó la instauración de un patrón de autoridad sumamente autoritario, verticalista y homogeneizador que siguió operando en las décadas posteriores (tanto en lo macro como en lo micro), y qué es la base de los fascismos (macros y micros) que nunca dejaron de estar activos en la sociedad Argentina y que en el actual contexto vuelven a tomar mayor relevancia. Esto fue posible a partir de la instauración del terrorismo de estadocomo mecanismo de ejercicio del poder, del miedo instalado en la sociedad y también del sistema de propaganda y difusión ideológica que la dictadura desplegó. Con esto la dictadura logro activar los fascismos ya existentes en nuestra sociedad, a la vez que deslegitimar hacia adelante cualquier intento de cuestionar el orden establecido.

Este patrón de autoridad impuesto por la dictadura se fortaleció con la instauración del la idea que la causa de la crisis institucional que precedió, y de alguna manera justificó, al golpe militar, se encontraba en la acción subversiva de las fuerzas de izquierda, y que por lo tanto la lucha contra esas fuerzas tenía una dimensión patriótica y de salvación nacional que lo justificaba todo.

Algo de esto se retomó muy sutilmente en la elaboración de la teoría de lo dos demonios de los 80 y retorna con fuerza en la actualidad como sustento sobre el que opera la persecución de la derecha contra el kirchnerismo y contra los movimientos sociales. Estos elementos que analizamos son los que nos hacen llevar a la idea de entender la dictadura como una derrota del campo popular entendida como una modificación profunda de la correlación de fuerzas y la generación de una nueva hegemonía ideológica y política que sentará las bases del sistema neoliberal argentino y que recién será cuestionado en lo profundo con la crisis del 2001.

Poder comprender, y sobre todo asumir, la profundidad de esa derrota es fundamental para entender el proceso posterior y también para dimensionar los enormes condicionamientos con los que nace la nueva democracia y a partir de los cuales se reconstituyen las fuerzas populares.

Cabe agregar que esto que sucede en Argentina es parte de un contexto global de cambio de la correlación de fuerzas marcado por el avance del neoliberalismo, el pensamiento único y el capitalismo globalizado dominado por EEUU.

Pero acá nos interesa hacer foco en el proceso local a los fines de poder concentrar el análisis en nuestro campo más directo de acción.

La democracia como esperanza.

La crisis de la dictadura militar, que tuvo como punto máximo la derrota en la guerra de Malvinas, pero también incluyó la crisis económica y la salida a la luz de toda la política de terrorismo de estado, dio lugar al inicio de un nuevo proceso de apertura democrática que se vivió como esperanza por la gran mayoría del pueblo Argentino. La victoria de Alfonsín de alguna manera tiene que ver con eso, con ese sentimiento, ya que fue él quien logró sintetizar esaesperanza en términos de una propuesta hacia adelante que incluya una política económica progresista, la promesa de revisión de la deuda externa y el compromiso de no claudicar en la revisión y juicio de las atrocidades cometidas por el régimen militar.

Los primeros pasos dados en este sentido sumado al retorno de todo lo prohibido por la dictadura (tanto de a nivel artístico-cultural como de participación social y política) generó un contexto de fuerte movilización y repolitzación de los espacios y de la vida cotidiana. En un contexto marcado por el triunfo y desarrollo de la revolución sandinista (intento de desarrollo de una revolución democrática dentro de América Latina) y el retorno de las democracias en en el continente (en algunos casos bajo el signo de gobiernos progresistas) gran parte de la militancia popular se reagrupó en la estructuras políticas partidarias y sindicales. Bajo el lema de “ocupar los espacios y recuperar lo perdido”, una parte importante de la militancia dirigió sus energías a generar espacios dentro de las estructuras mayoritarias (tanto el radicalismo como el peronismo tuvieron sus líneas o espacios progresistas), a fortalecer las estructuras políticas minoritarias (el desarrollo del PI como tercer fuerza, la reconstrucción y reagrupamiento de la izquierda en expresiones como el MAS y el PO), a recuperar los sindicatos o disputar al interior de los centros de estudiantes.

Por fuera de esta militancia quedaba un importante núcleo organizado en torno al eje de los derechos Humanos y la lucha por la Memoria, Verdad y Justicia que, gracias a tener un eje ordenador claro y proyectivo, se convirtió en un pilar fundamental, tan central en la historia de estos 40 años de vida democrática.

La movilización esperanzadora que se genero en esos primeros años post dictadura no excluyó las dudas que había respecto a las limitaciones que podría tener esta nueva democracia a la hora de enfrentar los poderes reales y reconstruir lo destruido por la dictadura. Aún así, la esperanza actuó como un motor movilizador y fue el mismo proceso histórico posterior el que permitió dimensionar las consecuencias profundas que había dejado la dictadura y que, a poco andar, fueron tomando la forma de fuertes condicionamientos al desarrollo de una democracia con vitalidad y capacidad de torcer el rumbo heredado.

La democracia como desesperanza

La vitalidad esperanzadora de esta nueva democracia entró muy pronto en crisis. Los retrocesos del gobierno frente al poder militar y económico, la caída del bloque socialista (con la consiguiente pérdida global del horizonte de cambio), el enorme avance de los poderes económicos globales en todo el planeta, la dimensión real que tenía la pobreza y la desigualdad generada por la dictadura, fueron los principales límites que cuestionaron esa mirada esperanzadora puesta en la democracia. Esta crisis de esperanza se reforzó aún más con la llegada del menemismo al poder, la introducción del neoliberalismo dentro de las estructuras políticas mayoritarias y la claudicación de las conducciones del aparatos sindical. En poco tiempo la esperanza se transforma en descontento y en descreimiento de las posibilidades de la institucionalidad democrática para dar respuestas a las necesidades de la sociedad.

En este contexto gran parte de la militancia popular abandona los partidos políticos y las estructuras sindicales tradicionales y comienza a dirigir sus fuerzas hacia el encuentro con las bases y los territorios bajo un eje ordenador que fue el de la resistencia. En un contexto de avance global del capitalismo neoliberal (en el cual la voz del zapatismo se alzaba como una luz de esperanza) la idea de la resistencia tomó cuerpo en el movimiento popular en torno a dos grandes estrategias que dividieron aguas: por un lado quienes entendían la resistencia en tanto desestabilización en las calles (el MP Quebracho y una parte del nuevo movimiento piquetero fue quien mejor expreso esta idea de resistencia). Por otro lado quienes plantean que esa resistencia tenía que tomar forma de generación de nuevas estructuras organizativas (sindicales, sociales, estudiantiles, territoriales) que sean a la vez capaces de demandar al estado y de construir en los territorios nuevas salidas colectivas con protagonismo popular y ciudadano.

El surgimiento de nuevas centrales y corrientes sindicales, de las organizaciones campesinas, del movimiento de trabajadores desocupados y la ampliación dentro del movimiento de Derechos Humanos fue parte de esta segunda línea de acción.

De una y otra forma, y más allá de las diferencias dentro del movimiento popular, tanto quienes asumían la practica de la desestabilización, como quienes asumían la práctica de la construcción de poder en los territorios, tenían en común la percepción y convicción de que la acción militante era por fuera del estado, ya que se entendía, por lo que la misma realidad se
encargaba de demostrar, que la instituciones políticas, no lejos de dar respuesta a las necesidades sociales, eran un engranaje mas del sistema de poder.

Así, como la militancia popular se encontraba lejos de la estructura estatal, el aparato de estado se encontraba lejos de los territorios donde la militancia accionaba (salvo en los modos de presencia represiva y de llegada esporádica y proselitista ante cada proceso electoral). A pesar de las condiciones adversas que se atravesaron en estos años de resistencia (destrucción de miles de puestos de trabajo, ruptura de los lazos sociales, instalación de un patrón individualista de solución de los problemas, aumento dramático de la pobreza y la indigencia, destrucción del aparato público), los ́90 fueron una década de avance de la organización en los territorios y, de alguna forma, de acumulación de un mínimo poder popular.

Esto se vio expresado en el 2001 (como un fuerte “no” a la continuidad del modelo neoliberal) y en el 2002 en la forma de un límite al intento de salida represiva gestada por el gobierno de Duhalde. Si bien ese poder construído no alcanzó para generar una mejor correlación de fuerzas frente a la salida de la crisis (ni mucho menos instalar en un primer momento un gobierno popular), sí sentó las bases, y la agenda, de una nueva etapa que se abrió con la llegada de Nestor Kirchner al gobierno.