ECONOMÍA

En la economía del bien común: ¿la libertad avanza? (II)

La trampa devaluatoria. Como Estado y Mercado cambiaron las reglas de juego o precios relativos para que los mercados cada vez funcionen menos.

Por Tomás Astelarra | Ilustraciones: @fuskavisual

Dice el gran Carlito Del Frade, comunicador, político y viditante santafesino: “Mientras los grandes medios de comunicación y las redes sociales afirman que la expectativa de vida llega hasta pasados los setenta años, ese avance científico no llega a muchas pibas y muchos pibes de estas regiones. Ellos no leen los libros que escribimos, ni los diarios donde publicamos ni tampoco escuchan nuestros programas de radio, ni ven nuestros proyectos televisivos. ¿Qué hacemos nosotros ante esta realidad?”.

La llegada de Javier Milei al gobierno argentino despertó un gran interrogante: ¿Se trata de un gobierno popular? ¿El pueblo se volvió de derecha? Lejos de aceptar la tesis de muchas compañeras de adjudicarle toda la responsabilidad de este nuevo gobierno a los votantes, me decidí a profundizar las charlas con mis vecinos que habían votado a La Libertad Avanza. En su mayoría bajo el supuesto de que el “libre mercado” favorecería de mejor manera su economía y libertad individual que un Estado dominado por “la casta” (que era una forma de decir “la chorra de Cristina” y no “el chorro de Marcos Galperín” o “el chorro de Paolo Rocca” o el “chorro de José Luis Manzano).

Mis vecines, que no están dentro del 1 ni el 40%, pensaban que este señor Milei y sus promesas eran más convenientes para sus intereses individuales que la casta progresista y su Estado (o estado). Como en películas como Los Sospechosos de Siempre o El Abogado del Diablo, la realidad no es tan simple como parece.

Porque la casta progresista peronista también era empleada de la casta empresarial monopólica (el Mercado) para desarrollar suculentos negociados gracias a su poder de influencia sobre el Estado (sin importar su ideología). Ya lo había dicho Cristina, ser presidente es tener apenas el 25% del poder y el gobierno y que había que crear una economía donde “no se la queden tres o cuatro vivos”.

El truco es discutir las cascadas de Adorni o los bolsos de López en vez de preguntarse de donde carajo salen las grandes fortunas de la revista Forbes.

Por cierto: ¿Se puede llamar democracia a un Estado controlado con tan pocos votos?

La libertad económica del vecino pizzero

Vivo en una zona rural ligada al negocio del turismo. Cuando muchas compañeras (que sí estaban dentro del 40%) reclamaban por el desmantelamiento del Conicet, el Incaa o incluso el INTA, yo les aclaraba que para mis vecinos esas siglas sólo estaban representadas o humanizadas en algún porteño o porteña progresista (por llamarlos de alguna manera y sin intención de demonizarles) que venían de vacaciones quince días a hospedarse con buen vivir en la hostería donde ellos cortaban el pasto o ellas tendían las camas (también propiedad de algun progresista porteño dentro del 40%). Esos turistas progreporteño podían incluso, tomarse una birrita casera o degustar un humus de garbanzo en los locales de “comercio justo” que nosotras habíamos con tanto esfuerzo desarrollado.

Y que también le había permitido a mis vecines comprar yebra agroecológica barata, quizás no por una ética de consumo o producción, sino porque el médico le había dicho que la yerba industrial les caía mal. A nivel local, mis vecines admiran este tipo de proyectos que, de alguna manera, revitalizan las producciones, costumbres y culturas locales. El referente de La Libertad Avanza en mi territorio siempre dice que si es intendente me nombraría su “ministro de Economía”. Mis vecines no tienen una ensaña particular con los vecinos porteños progresistas más allá que apoyen a la “chorra” de Cristina. Explicarles la complejidad y complicidades entre Estado y Mercado no es tarea fácil.

Un vecino pizzero que había votado por la Libertad Avanza no tardó mucho en darse cuenta de su error. La clave: la designación de Toto Caputo como ministro de Economía. Su razonamiento fue simple: “este tipo viene a hacer negocios para ellos, no para nosotros”. “Si hubiera querido a Toto Caputo de ministro de Economía hubiera votado de vuelta por Mauricio Macri. O Patricia Bullrich. Que ahora es ministra de Seguridad”, me dijo. La relación entre saqueo económico y represión era muy evidente. Pero ese no era su problema. Su problema era el maldito billete.

Rápidamente, en su sencillo razonamiento, se dio cuenta que las promesas de campaña habían sido, una vez más defraudadas. Milei iba a gobernar con y para la casta económica, favoreciendo la economía de “arriba”, y no la de abajo o las periferias. Favoreciendo al Mercado y no los mercados. Le dije que se quedara tranquilo. Yo también me había defraudado con Alberto Fernández y seguramente también lo hubiera hecho con Sergio Massa. Mi elección solo tuvo que ver con la pendiente de la concentración económica y el libre Mercado, no con la posibilidad de que pudiera revertirse fácilmente. La diferencia era entre un gerente más generoso u otro más explotador dentro de los empleados de la casta económica.

El vecino pizzero ya intuía que las políticas económicas del nuevo gobierno no iban a reducir sus impuestos ni liberalizar el Estado para generar una libre competencia de mercados donde él pudiera prosperar con su emprendimiento. Que Milei, una vez más, venía a favorecer al 1%, perjudicando, obviamente, en un juego de suma cero o frazada corta, al resto del 99% (donde se suman o juntan el 60% con el 39%, las que cortan el pasto o tienden camas y los empleados bien pagos del Incaa, el Inta o el Conicet). Tuvo la honestidad de reconocer su error y su pérdida de esperanzas en las promesas de campaña de La Libertad Avanza. A otros les cuesta más.

En medio de esa conversación, casi al pasar, mi vecino pizzero preguntó: “Yo no sé por qué, pero cada vez gano menos plata. ¿Vos que sos economista me podrás explicar?”.

Mi respuesta fue intuitiva pero simple: “¿Qué es lo que pasa si Molinos Río de La Plata te aumenta el bolsón de harina?”, le pregunté. Pronto llegamos a la conclusión que era la única empresa a la que le podía comprar harina. Podía recomendarle cooperativas o pequeños emprendimientos privados en la zona. Pero producían harina integral. Y a sus clientes, más allá de las cuestiones de salud individual o colectiva, les gustaba la pizza con harina blanca.

Incluso le comenté de una cooperativa de Rosario que vendía harina agroecológica ultraprocesada (blanca). Pero claro que la logística era difícil, el precio evidentemente un poco más alto y la oferta no constante. Es decir poco segura. Su única opción era Molinos Río de La Plata.

“Ahora”, le aclaré, “si Molinos Ríos de la Plata sube el precio de la harina, que es tu principal insumo, vos vas a querer subir el precio de la pizza para mantener tu margen de ganancia. El problema es que si vos me aumentas mucho el precio de la pizza, yo te quiero mucho, pero tengo dos o tres pizzerías más en la zona donde puedo comprar más barato. Si es que compro. Porque la verdad que como están las cosas, yo la pizza me la hago en casa. Con la harina de los cumpas de Rosario que me vende el local de comercio justo al por mayor. Incluso con harina integral de productores locales que para mi es más sana. Entre otras cosas porque gasta menos petroleo, dañando menos el planeta (o a los hermanos venezolanos). Claro que eso es a nivel individual. A vos no te sirve”.

“El problema”, concluí, “es que vos te manejas en términos de competencia y el que te vende la harina no. Es un monopolio. Por eso vos cada vez ganás menos. Y ellos cada vez ganan más”.

Ante la mirada atónita de mi vecino pizzero le expliqué los dichosos supuestos de Adan Smith y la libre competencia neoliberal que me habían explicado en la Universidad Torcuato Di Tella. Y que no se verificaban en la Argentina ceteris paribus. La Argentina con dos o tres vivos que tienen la chancha, las veinte, y la máquina de hacer chorizos. Que son dueños del Mercado, pero también del Estado.

Cuando pocos meses después le conté que en el informe Ganadores y Perdedores en los primeros meses del gobierno de Milei elaborado por el Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas (IPyPP), según análisis de los balances presentados en la Bolsa de Valores, Molinos Río de la Plata había tenido, en el primer trimestre de 2024, un aumento del 1.119 por ciento en sus ganancias netas (19.890 por ciento si se incluyen ganancias financieras), mi vecino pizzero se cayó de orto. Hizo Plop, como Condorito.

¿Iba Milei, desde su doctrina liberal o libertaria, a generar políticas para fomentar el libre mercado, activar la comisión de defensa de la libre competencia (que pocos saben que existe en Argentina), combatir los monopolios tanto nacionales como internacionales?¿Iba el gobierno a estar atento al dumping chino o el gradualismo que profesaba Smith a la hora de abrir las importaciones? ¿Iba La Libertad Avanza a estatizar los monopolios naturales y evitar los abusos empresariales y de otras índoles a través de una justicia sana? Evidentemente no. A más de dos años de gobierno, más allá de alguna diatriba contra los grandes empresarios argentinos, nada de eso sucedió. Hasta todo lo contrario. Quizás Javier, como Cristina, ya se dio cuenta que tener la presidencia no es necesariamente tener el poder. Quizás por eso sus diatribas contra ciertos empresarios nacionales.

La libertad económica de la economía popular cooperativa

Del otro lado del mostrador, dentro de la economía popular o cooperativa, se me ocurrió preguntarle a un referente de la La Federación Argentina de Cartoneros, Carreros y Recicladores (FACCyR) dentro de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP) que hubiera pasado si el gobierno de la Libertad Avanza hubiera quitado los subsidios y ayudas del Estado pero sin la modificación de las condiciones de los mercados (en particular la apertura de importaciones de cartón).

Me respondió lo que ya suponía, que las condiciones de trabajo serían dignas. Porque precisamente esa ayuda del Estado (como las que tuvo Galperín para hacer Mercado Libre) les había permitido tener una actividad autosuficiente y bien paga en términos de mercado.

Hace algunos años cuando visité la apertura de la planta de reciclado de FACCyR en Alta Gracia me sorprendí del salario de las compañeras. No solo era mejor que el mío, sino que era unas cuatro veces el Salario Social Complementario (luego Potenciar Trabajo, luego Volver al Trabajo). Además de otros beneficios como vestimenta y elementos de seguridad adecuados, capital de trabajo (máquinas y herramientas), guardería para las niñeces, compras colectivas de alimento, talleres de formación y otros beneficios (entre los cuales se encontraba tomar sus propias decisiones, trabajar sin patrón, o con un patrón colectivo, un empleo comprometido con otras cuestiones que no fueran el dinero o la falta de oportunidades).

También, cuando pregunté, me aclararon que no todos habían sido aportes del Estado sino que había mucho de construcción colectiva, en red. ¿Más o menos cuánto?, pregunté. Un cuarto del Estado, tres cuartos del mercado (o los mercados). Un mercado (o mercados) que ellas mismas supieron crear.

De una situación de indigencia individual en la llamada crisis del 2001, el sector de recicladores urbanos logró no solo colectivizarse y cooperativizarse, sino, como dicen las cumpas, las poetizas populares, pasar de la protesta a la propuesta. Y generar estructuras federales que permitieron, frente a los monopolios del alimento, (que usan el cartón para sus embalajes), crear un entramado que logró imponer mejores precios para su producto (el cartón).

Como dice Don Ata, puede parecer un grano de arena. Pero hay granos de arena que forman montañas. O como dice el economista Manfred Max Neef miles de mosquitas quizás puedan con un rinoceronte. Miles de trabajadores informales precarizados unidos cooperativamente en redes de redes neosindicales imponiendo precios de mercado a los monopolios del Mercado.

Eso sin tener en cuenta la economía del cuidado (comedores populares, cuidado de ancianos, o contención a la violencia de género). O la labor social y ecológica que al reciclar la basura se hace cargo de las “externalidades” (consecuencias) de las grandes industrias monopólicas. O la fuerza política que les permitió ubicar en el gobierno funcionarias villeras y hasta una diputada cartonera. Hablame de meritocracia.

No solo con la intención de maximizar las ganancias (que en si no tiene nada de malo), sino con el fin de poder hacerlo más allá del beneficio de la comunidad y la naturaleza, las grandes industrias monopólicas de alimento (cuyos dueños no solo financiaron la campaña de La Libertad Avanza sino que pueden acceder a cenas benéficas de miles de dólares con Javier Milei) sugirieron al gobierno abrir la importación de cartón.

No solo estos señores que salen en la lista de grandes fortunas de Forbes se conformaron con no pagar el costo de la basura que generan, sino que también querían comprar más barato los cartones que, tras el consumo de su interior, se transformarán en nueva basura. Eso sin poner en consideración que en el interior quizás también haya basura.

La chancha, las veinte, y la máquina de hacer chorizos. Un Estado al servicio del Mercado. Y no de los mercados, la libre competencia, la mano invisible de Adam Smith. Así se entiende como cinco tipos tienen la fortuna de millones de argentinos. Así, la libertad no avanza.


La trampa devaluatoria

El gobierno de La Libertad Avanza inauguró su gestión, en diciembre de 2023, con una devaluación del 118%. La tercera más grande de la democracia, luego de las dos devaluaciones de la hiperinflación de Raúl Alfonsín. Y el doble de la devaluación de Eduardo Duhalde en 2002, según un informe del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG).

En la Argentina granero del mundo, se sabe, el alimento, que además de consumirse se exporta, está ligado al dólar (que es la moneda extranjera de referencia). Esto se da, entre otras, por dos situaciones. En primer lugar por el hecho que cualquier empresa exportadora de alimentos que tiene como valor solamente la acumulación de dinero va a ver aumentar su precio de venta al exterior si el dólar aumenta (una devaluación). Si la devaluación es del 118%, cualquier persona con dólares (de Argentina o el exterior) va a poder comprar más del doble que antes. En Argentina, dada la situación económica hay pocos. En el exterior un montón.

Digamos que el comercio entonces no es tan libre como pretende la Organización Mundial de Comercio (OMC). Para consumir o comerciar hay que tener dinero. Y si tu dinero vale el doble que el de otros… pues la cosa no es tan libre. El profeta Adam Smith no llamaría a eso competencia ni libre mercado.

El aumento de precios de los alimentos en Argentina tuvo un pico en diciembre de 2023, con una inflación del 29,7% frente al 25,5% de promedio. Esto se dio gracias a otra irregularidad ceteris paribus del modelo de libre mercado de la Libertad Avanza: los monopolios. Si hay una o dos empresas que producen harina y esas empresas además exportan, va a poder trasladar eso nuevos precios internacionales (en dólares) a las góndolas argentinas sin que nadie pueda chistar (o comprar otros productos similares a empresas que no exporten o tengan valores sociales).

Los monopolios del alimento contaron, además, con la ventaja de que muchos de sus costos siguieron congelados en pesos. Incluyendo el salario.

Eso explica las ganancias extraordinarias de Molinos Río de la Plata en 2024. Extraordinarias no solo por su crecimiento con respecto al año anterior, sino también con respecto al resto de la economía. Una economía donde los asalariados (formales o no) vieron aumentar la harina sin que aumente su sueldo. Lo que le dejó menos posibilidades de salir a comer una pizza a lo de mi vecino pizzero. Que a su vez, como también le aumentó la harina que usa para producir, pero no es monopolio, tuvo que reducir su margen de ganancia para poder ajustarse a los nuevos precios de un mercado devaluado. Eso sin contar que la baja en el precio del cartón (como en la producción de yerba gracias a la desregulación del gobierno) no se tradujo en menores precios, sino en mayores ganancias para las empresas monopólicas (el Mercado). La chanca, las veinte y la máquina de hacer chorizos (o billetes).

Las ganancias extraordinarias de Molinos Río de la Plata no vinieron de su meritocracia, sino de condiciones de mercado monopólicas en condiciones macroeconómicas favorables para sus intereses. Las penurias ordinarias del resto de la población no se debieron a su falta de esfuerzo o trabajo o capacidad de negocios, sino a condiciones de mercado competitivas en condiciones macroeconómicas desfavorables.

Es lo que en economía se llama precios relativos. Descontando la inflación, como porcentaje del gasto total, comencé a ver en 2024 en las planillas de excell de los pequeños emprendimientos a los que asesoro, como los productos de empresas monopólicas (combustible, correo, frascos, silobolsas, bolsas de cemento…en fin, casi todo) comenzaron a representar un margen mucho mayor de su gasto. Como la harina de mi vecino pizzero, los insumos de los pequeños emprendimientos tuvieron una fuerte subida de precio. El problema es que esa suba de costos no podía trasladarse al precio del producto final frente a un mercado competitivo y una demanda decreciente por un ingreso real en baja para la mayoría de la población (ya sea por una baja del salario formal o informal, o por la baja en el rendimiento de los mismos microemprendimientos, sean cooperativos o no).

Si bien no había inflación, la estructura de precios relativos dejaba a estos emprendimientos en peores condiciones de Mercado. Porque la inflación no es un problema tan grande si por más que sea del mil por ciento, tus ingresos crecen también un mil por ciento. Salvo el engorre de cambiar de billetes y hacer previsiones contables, tu ganancia permaneces mas o menos estable. El problema es si la inflación es cien por ciento y, por las irregularidades del Mercado, tus ingresos crecen solo cincuenta por ciento. Si la inflación es 20% pero tus costos crecen 50%, por más que sea baja, vas a perder más.

Sale caro el chiste este de no tener que remarcar y festejar los números del INDEC en la televisión. De la misma manera que un equilibrio fiscal sostenido por el aumento de la deuda externa y la procastinación de inversiones, es una mentira de patas cortas. ¿Cuanto pueden durar estos emprendimientos individuales o colectivos endeudándose o comiéndose ahorros para pagar costos ordinarios, sin cambiar la chata, la compu o reduciendo sus salarios o márgenes de ganancia (que es lo único que podes reducir cuando los monopolios del libre Mercado te imponen costos excesivos a tus insumos)?

La cancha (o chancha) marcada

Claro que algún emprendedor popular se benefició por alguna apertura de importaciones o la reventa de productos chinos. O consiguió mantener sus ingresos laburando como esclavo veintiocho horas al día en alguna aplicación. Pero son los menos y la estrategia es también de patas cortas si no existe una planificación estratégica donde, por ejemplo, se abra la importación de materiales textiles pero no las prendas confeccionadas en maquilas esclavas tailandesas. O se vea como redistribuir las ingentes ganancias de las plataformas que no pagan impuestos y se llevan la parte del león de la autoexplotación emprendedora libertaria.

Hasta incluso algún emprendedor podría ilusionarse con venderle más productos a los grandes empresarios monopólicos que se estaban llenando de guita. El problema es que estos empresarios si vienen a mis pagos, no compran pizza en lo de mi vecino pizzero. Quizás si humus, yerba orgánica o cerveza casera en los locales de comercio justo.

Además son dos o tres, o diez, en una economía de millones viendo reducirse sus ingresos por las condiciones del Mercado y las políticas del Estado. Incluso los chetos progresistas del Incaa o el Conicet que se quedadaron sin laburo ya no compran ni humus en el local de comercio justo ni pizza en lo de mi vecino pizzero.

Más allá de si a mis vecinos y compañeras les gusta o no vender pizza o recoger cartón, cualquiera de las iniciativas que pudieran tomar como alternativa laboral los va a seguir situando en mercados competitivos y de bajos ingresos relativos (en el 99% de la economía Argentina). Frente a monopolios que levantan con pala el sudor de los que “agarran la pala”. Como diría Borges, estos empresarios no son malos, sino simplemente incorregibles.

El Mercado monopólico o de altos ingresos si tuvo otras oportunidades tras la brutal devaluación y su consiguiente ganancia extraordinaria. Además de resistir la época de crisis y bajón del consumo con precios relativos más altos, pudieron poner su ganancia extraordinaria o dinero a hacer más dinero a través de la bicicleta financiera del Toto Caputo. O incluso cerrar fábricas para invertir en suculentos nuevos negocios extractivistas y monopólicos en sectores como la energía (el único ganador dentro de un país que ve derrumbarse su economía productiva).

Eso sin contar que mientras para las grandes empresas y empresarios se mantenían subsidios, se reducían impuestos y se desregulaban negocios, para mis vecinos la ecuación era la contraria: desaparecían subsidios, se mantenían los impuestos y, curiosamente, comenzaron a circular rumores y agentes del ARCA bajo la consigna: hay que estar en blanco. Hasta en mis pagos se dio el colmo que en medio del bajón económico la policía caminera comenzara a pedir bolsas mortuorias según no se que ley que dictó la excelentísima Cristina Kirchner. Justo unos meses después de que un diputado e importante dirigente provincial del cordobesismo peronista, Oscar González, participara de un misterioso accidente con un auto trucho y dos víctimas fatales. Eso sin contar los bolsos de dinero que supuestamente llevaba para financiar la elección de la cooperativa de luz más cara de la provincia.

“Cuando logres que Macri o Rocca dejen de fugar guita y ponerla en paraísos fiscales, o que Marcos Galperín vuelva de Uruguay a pagar impuestos, vos me avisas y nos ponemos al día”, le aclaré a una contadora muy metódica, legalista y “ética” cuando se quejó por las maniobras contables de una cooperativa amiga para llegar a fin de mes.

En muchas organizaciones sociales se habla de “bienversación de fondos”, cuando se refiere a maniobras contables que, lejos de verse como corrupción o manejo de fondos a favor de actitudes individuales o poco éticas, simplemente se trata de adaptaciones a una ley que no nos representa ni incluye los usos y costumbres de los proyectos cooperativos, o emprendedores individuales del interior del país, u otras experiencias de desarrollo a escala humana. Una definición que desde abajo se distingue de la de “malversación de fondos” que ocurre desde arriba con grandes empresas multinacionales monopólicas (el Mercado) o funcionarios de Estado que tienen, además de una contención legal y mediática favorable, la intención de favorecer aún más sus beneficios personales o ganancias extraordinarias, de manera legal o no.

Si la legalización y persecución tributaria fue en aumento para mis vecinos dizque individualistas amantes del “libre mercado” (sin saber que se trata de libre Mercado), en el caso de las cooperativas fue mucho mayor. No solo se atacaban las pequeñas economías (los libres mercados). Si era colectiva, mucho mejor. Un enemigo, “las organizaciones sociales”, que ya había comenzado a ser rival y factor de ajuste de un peronismo progresista que cree en el libre Mercado y el derrame industrial, invisibilizando, ignorando o marginalizando en sus políticas públicas a los libres mercados, sean emprendedores o cooperativas.

Una de las primeras iniciativas del gobierno de la Libertad Avanza fue impugnar la llegada de nuevas cooperativas populares que habían sido legalizadas durante la gestión en el INAES (Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social) del cumpa Alexander Roig, un gringo francés que hace años vive en Argentina, y además de ser un tremendo intelectual de la economía popular es parte del Movimiento Evita (el chorro de Emilio Pérsico, dicen mis vecinos que aún admiran a Galperín).

Decía el gran poeta cordobés Vicente Luy, “Antes pedimos que se vayan. Antes, pedimos justicia. Ahora pedimos que no se rían de nosotros. Después, ¿qué pediremos; piedad?Usá tu odio para el bien común. Pone tu odio al servicio del bien común”.