CRÍTICA DE CINE

La felicidad, a la vuelta de la esquina

El triunfo de Belgrano permite ser oportuno para revisar dos películas cordobesas: Belgrano: Una película pirata (2013, Dir.: Gastón Bailo y Martina Faux Marambio) y Alberdi: El barrio que habito ya no existe más (2019, Dir.: Andrés Grabois).

Por Lea Ross

¿Qué es la felicidad? Lo podrá contestar cualquier cordobés hincha del Club Atlético Belgrano. Todo equipo de fútbol puede ofrecer la oportunidad de obtener lo inalcanzable, sean tiempos de bonanza como de escasez. No hay nada milimétrico en precisar una sonrisa por el hecho de contemplar un gol. Ese misterio que empuja a los individuos a poder exponerse sin miedo a ser una multitud compartida ha sido indagado por el cine cordobés. Incluso desde aristas muy contrastables.

Belgrano: Una película pirata (2013), de Gastón Bailo y Martina Fauc Marambo, consiste en una oda a la pasión celeste, sin permitirse que la misma sea una elegía al desarraigo. El barrio Alberdi es expuesta con una bravura tumultuosa, realizando una gala de secuencias de distintos géneros narrativos. No es solo un documental con entrevistas, ya que lo teatral se redime: los momentos de ficción van desde una hipotética reconstrucción histórica del año 1905 hasta alcanzar por un costumbrismo contemporáneo donde tres amigos comen un asado como previa a un partido. En ambos sucesos, no hay un conflicto que propulse esas pequeñas tramas. Todo pretende quedar armonioso. Los distintos testimonios de los hinchas, al salir de la cancha, subrayan una fuerza metafísica sobre la hermandad vecinal que genera ver a su equipo jugar en su propia cancha de local. El filme destaca el ímpetu pueblerino donde busca lo comunitario, incluyendo en los propios interiores del estadio, sea desde una biblioteca hasta funciones de cine.

Pero si ese estadio es lo que permite orbitar la cámara en Belgrano, en la obra de Andrés Grabois, Alberdi: El barrio que habito ya no existe más (2019), el eje son las obras de construcción de edificios de gran altura, a costa de la pérdida del patrimonio arquitectónico. Si en Belgrano, los sonidos en off son los cantos de las hinchadas, en Alberdi lo serán los aparatosos ruidos de las herramientas a martillazos. Aquí no hay planos de muchedumbres alegres, sino figuras fantasmales, algunas de ellas en estado de ebriedad, que vagan por las calles alberdianas. Lo parco se denota, incluso cuando arriba del horizonte vemos un cielo nublado, lejos del color celeste de la película pirata. Alberdi, tanto la película como el barrio en sí, es un conflicto permanente: si una vecina ve que los departamentos top van a ser “hermosos”, una doña lo verá como una amenaza y otro invocará al avance del capitalismo. Otro, dedicado a la panadería, se largará a llorar; mientras que otra voz incluso confrontará con el entrevistador por el nombre del documental. Como si eso no bastara: también habrá testimonio de personas desalojadas. No siempre hay armonía, y la melodía se reemplaza con melancolía.

Belgrano: Una película pirata y Alberdi: El barrio que habito ya no existe más son dos miradas contrastables tanto en lo estético como en lo espiritual a la hora de hablar sobre una misma región geográfica. Pero el desenlace de ambos, que no por casualidad se invoca la efervescencia murguera, aplica su duda curiosa sobre de qué se habla cuando se habla de las pasiones humanas, algo que desencaja dentro de un casillero de Excel y que tanto uso gastado tiene la política para hallar eso que parece incansable como es la felicidad. Ambos coinciden en que bastará con encontrarlo a la vuelta de la esquina.