LITERATURA Y FILOSOFÍA

Con un libro en la mano, silbando un tango por el Sur del Conurbano

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Avellaneda profana, de Luis Gusmán, otro título de la colección Lector@s de la editorial Ampersand que rescatamos en la Sección Libros y Alpargatas de La luna con gatillo.

Por Mariano Pacheco

“Las letras de tango fueron mi primera biblioteca. Con ellas aprendí los celos, la venganza, la amistad, la vida, la muerte, la suerte (la mala y la buena), y que una boca también puede ser loca”, escribe Luis Gusmán en alguna parte de Avellaneda profana, este bello libro en el que el tango lo atraviesa todo.

Un padre que canta, un abuelo que lee, libros que nos acompañan durante toda la vida, libros que nos cambian la vida, al punto que ya no somos los mismos al terminarlos. “Libros que tienen, como nuestra cara, las señales del tiempo. Los hemos leído más de una vez y las marcas o anotaciones que encontramos nos remiten, a veces, a otro…”. Libros que pasan a estar en la lengua, porque como dicen los libreros –y Guzmán se empecina en subrayar– pasan a estar en el boca en boca cuando hablamos de ellos, los prestamos, los regalamos, los recomendamos. Libros que se leen pero que también se tocan, se acarician, se huelen: aroma que se distingue del de un perfume, una flor, un vino, el agua del mar, el cuerpo de una mujer (“no hacía falta abrir los ojos para verlos”).

Una biblioteca de la infancia que parece viva, que se mueve, que es el revés de todas las bibliotecas, con su método del “dos por uno”: comprar dos libros, leerlos y devolverlos para obtener otro. “De esa manera, en vez de aumentarse, la biblioteca se iba reduciendo… La biblioteca de mi abuelo materno siempre se renovaba de esa manera”. La imagen del abuelo que queda leyendo hasta altas horas de la madrugada y el sonido de madre y tía, sus gritos despotricando por lo caras que venían luego las boletas de luz.

La lectura como fin de la infancia: inicio del imperio del misterio y de la libertad. La lectura-llave que abre puertas. La lectura como luz en medio de la oscuridad, como esa biblioteca a la que asistía Guzmán a los dieciocho años (cuando no sabía nadar pero sabía leer y leía un libro por día aunque no estudiara ni una sola línea para las lecciones de escuela secundaria), en esos momentos en que el presente era vivido con cierta carga y el futuro se presentaba más oscuro que brillante.

La “lectura loca”: cuanto más se lee menos se parece saber. Y la que deviene escritura: “por esos años, a los dieciocho, aprendí que el derecho a escribir me lo habían dado aquello libros que había leído”. Bernal: un bibliotecario poeta y director de teatro que escribía sus textos mientras viajaba en tranvía, desde su casa en Avellaneda hasta su trabajo en Quilmes. La zona sur del conurbano, los negritos de la literatura: Jorge Asís, Enrique Medina y él.

Las amistades literarias: la convivencia con Osvaldo Lamborghini y el ingreso al mundo literario nacional de la mano de Ricardo Piglia, quien le prologó El frasquito (su primer libro, que en este 2023 cumple 50 años y ya hemos comentado en este mismo medio), ese “texto degenerado” prohibido durante la última dictadura cívico-militar, que algunos quemaron o desecharon y que su autor prefirió esconder en casa de su abuela en Avellaneda. “Era el comienzo de mi vida de escritor y de empleado público: no encajaba en ninguno de los dos lados –recuerda Guzmán–. No encajaba ni en La Paz, ni en el Politeama, ni en La Comedia, ni en Los Galgos, ni en El Paulista frente a la librería Astral, a la vuelta de donde, por un tiempo, como Ergueta, fui farmacéutico de la obra social de Hacienda”. La lectura otra vez, pero ahora entremezclada con el trabajo. Y la librería Astral como trabajo: Corrientes entre Montevideo y Rodríguez Peña.

Las propias bibliotecas y las compartidas. Los matrimonios y los divorcios. ¿Qué hacer con los libros cuando en los estantes no parece primar el criterio de la propiedad individual? Los libros por todos lados. Una vida.

Las lecturas que enseñan que en literatura siempre andamos un poco ocultos y a la deriva, con “punzón” en mano para intentar gestar un estilo, producir una herida en la trama continua de la literatura para devolverla a su estado de inestabilidad. Las lecturas que cuesta separar de la escritura. Escribir leyendo, leer escribiendo. Salir caminando pero con un libro en la mano (“yo nunca me despedí de Avellaneda, pero puedo decir que me fui leyendo”).

La combinación entre lo trágico y lo trivial de toda despedida, incluso de la de un libro.

“En El largo adiós, Marlowe le dice a Lennox: no quiero decirte adiós. Es que a veces uno no sabe cómo despedirse. Otras, no ignora que se ha despedido para siempre: lo ignora porque no es uno el que se ha despedido, sino el otro. Uno se entera después, cuando ya es tarde, cuando sólo queda el recuerdo y el repaso minucioso de cada palabra, de cada gesto tratando de explicar en qué momento sucedió lo inexplicable”.

Algo de eso podríamos decir tras la lectura de Avellaneda profana de Luis Gusmán. Es él el que se ha ido, silbando bajito, casi sin que nos demos cuenta. Y tras recorrer sus 200 páginas nos quedamos con la certera sensación de que lo vamos a extrañar.