Radiografía y radiación

Una crítica a la película cordobesa Yo no es otro, una mirada intimista sobre el arista plástico Remo Bianchedi.

Por Lea Ross

Las imágenes irradian. Serán las primeras palabras a escuchar. Y la búsqueda por concretar que esa sustancia nos conceda esa cualidad. Voluntaria o no, quizás sea esa aventura que comparten tanto el cineasta Sebastián Sein y su protagonista, el artista plástico Remo Bianchedi, en el filme Yo no es otro, título tan inquietante como esforzado a nivel fonético.

La actitud contestataria hacia la máxima lírica de Arthur Rimbaud, Je est un autre, puede resultar anacrónico, incluso cuando el personaje dice explícitamente que a lo mejor pinta solo para sí mismo, en un periodo mundial donde un ser microscópico puso en jaque nuestros límites de la libertad individual. Pero lejos de quedarse en la historia del arquetipo ermitaño avejentado, que habita en una humilde casa en medio del monte serrano, hay una necesidad de mantener esa interacción con ese otro. Desde algo simbólico, como es una redacción de cartas para personas sin existencia material, hasta un intercambio de apreciaciones crítica-estéticas con un colega que viene de visita.

Con mucha inspiración al cine de Gustavo Fontán, la película queda atornillada en el interior y alrededor de la vivienda, plagada de objetos donde todo se refiere a ese submundo de dispersión cromática, y que incluso los propios diálogos no se despegan de esa temática. Los quehaceres domésticos, como comer o limpiar, nunca se presentan. Tanto en planos detalles como en primeros planos sonoros, un pincel o un oleo pastel oprimen sobre el material donde se impregna la obra en construcción, sea una tela o una pared, bajo la desesperante decisión de interiorizarse en lo que capta aquel sesudo de setenta años a la hora de trabajar.

Los interiores acuarentenados convierten al establecimiento en un personaje aparte, que lidia con el ser de carne y hueso, casi en conflicto como pisar el charco que se forja por un goteo. La presencia entomológica resalta la mutación de la propia infraestructura. Casi como que dialoga con el habitante solitario. La decisión por pintar tres mujeres en danza, que reniegan la mirada de quien las contempla, es una resolución casi de dialéctica, y lleva a que toda la película se convierte en un impredecible dos por cuatro entre el hombre y su espacio, entre el ser y el estar.

El aprovechamiento de la luz natural ayuda a resplandecer todo lo referido a la profesión del individuo, pero a la vez lo necesario para comprender hacia donde nos encamina el relato. En una escena, Remo y su amigo analizan gozosamente el cuadro que pintó el segundo, donde la describen detalladamente; sin embargo, ese cuadro no recibe suficiente luz y por ende está casi a oscuras, lo cual dificulta al espectador seguir en línea con las palabras. Acertada decisión: la pedagogía no es una obligación para el cine. Percibir esa misteriosa fuerza natural llamada amistad quiebra la interpretación lineal del título, donde la negación es lo que atrae.