LITERATURA Y FILOSOFÍA

Memorias literarias en el arte del retrato

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Por Mariano Pacheco

Memoria irreversible. Un libro de retratos, de Laura Estrin, esta semana en la sección Libros y alpargatas de La luna con gatillo.

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“La memoria es caprichosa pero la memoria es justa: extiende la vida y el tiempo de los que ya no están”, escribe Laura Estrin en la introducción a Memoria irreversible. Un libro de retratos, el trabajo publicado en 2019 por la editorial Años luz en el que se recupera las figuras de Nicolás Rosa, Ricardo Zelarayán, Irina Bogdaschevski, Pablo Chacón, Noemí Ulla, Héctor Libertella, Liliana Guaragno, Luis Thonis y Hebe Uhart, escritoras y escritores que supieron cultivar la poesía, el ensayo, la narrativa o la crónica –según los casos– pero también las cartas –o emails–, los llamados telefónicos, las conversaciones en bares o en viajes en taxis o micros, antes o luego de compartir también un aula o salón de clases o conferencias.

Memoria de una época que, lamentablemente –consideramos unos cuantos– tiende a extinguirse, este libro de retratos deja grabado sobre el papel impreso aquello que, irreversible por el paso del tiempo y su más eficaz guadaña, tiende a caer en el olvido: ciertas experiencias y personas con las que se han compartido pasiones y razones, y ya no están en este mundo, que es sensiblemente otro al que conocieron.

Libertella, ese “solitario muy amistoso”, “única vanguardia argentina contemporánea”, que –según la autora– “vivió escribiéndola”, y el recuerdo de sus gestos, que “volvían leve” cualquier drama que se le pudiera contar; o Chacón, el que “se sabe” en su escritura, que funciona como “compensación elegida” a una vida “reventada”, “bohemia”, lejana a “las estructuras elementales de la cortesía”; o Uhart y sus jean gastados y blandos (o flojos), ella y su “disparatadamente” enseñanza de la filosofía o sus talleres en tiempos en que los escritores no salían de los talleres; o Rosa y esas “enormes escuelas de vida” que eran para Estrin las caminatas junto a él, quizás más que sus clases y seminarios, quien sabe si por alguna relación entre su oratoria y esos “pantalones marrones” que sólo le quedaban bien a él.

Como sea, estos y los otros nombres propios que aparecen en este ejercicio del arte del retrato dan cuenta de una vocación: la de sostener por la escritura la presencia de determinadas ausencias, esas que marcaron el recorrido de algunas vidas –en vida—y, quien sabe, quizás marquen algunas otras más, ahora que ya no están, si testimonios como el que deja este libro logran hacer pasar la antorcha que ilumine en las nuevas generaciones las lecturas de antiguos textos, en tiempos en donde las urgencias –que a veces no se entiende de qué ni por qué– no muchas veces habilitan a este ejercicio respecto del pasado.

Si el retrato es “el nombre del recuerdo”, una “palabra nombradora”, como subraya la autora de este libro, algo de esas memorias duras, irreversibles, que están grabadas y se llevan en el cuerpo de quien las escribe, al escribirlas, pasan a una zona que ya no sólo marca la vida singular de quien narra, sino también de quien lee, abonando así a ese eco que logra traspasar las fronteras de las propias vivencias, para transformarse en memoria colectiva.