Llegar a La Habana
Esta crónica de las primeras horas en La Habana pinta un panorama de la situación en la Isla, acosada desde hace meses por el bloqueo más brutal. Un testimonio que cuenta el viaje e invita a viajar, una forma de conocer la realidad de primera mano y también de activar la solidaridad.
Por Pablo Solana @p.fierro / Fotos: Kaloian Santos Cabrera @kaloian.santos
Para Revista Resistencias
El avión aterriza en el aeropuerto José Martí y ajusto la hora: una más que en Bogotá, desde donde partió el vuelo, y una menos que en Buenos Aires, donde esta nota se publicará. Cuba queda allí en el medio, centrada entre mis dos frecuencias circadianas. Pienso, jugando con las circunstancias, que es algo de eso lo que refuerza la sensación de bienestar al aterrizar, aunque sé que esa emoción se debe antes que nada al amor profundo que siento por la Revolución Cubana, por el pueblo que la protagonizó y que hoy resiste, una vez más.
Como en cada aeropuerto, lo primero es pasar por migraciones. El personal de control atiende en unos escritorios de madera, apuntando los datos de los viajeros a mano, aunque después hay que pasar por unas cabinas donde la verificación es más formal. Tras exponer las valijas a los scanners habituales, toca atravesar el último filtro: el de los agentes de seguridad que, más discretos, de pie cerca de la salida, cruzan la información sobre los viajeros con el criterio de selectividad visual que necesariamente aprende todo agente de seguridad. Estoy llegando en un vuelo proveniente de Colombia (un hándicap en algunos países) y, como la mayoría de los pasajeros de mi vuelo son cubanos, los visitantes somos fáciles de identificar. Con amabilidad, dos de los cinco agentes me salen al cruce, me piden la documentación y al ver el pasaporte argentino quieren saber si resido en el país de García Márquez y de Pablo Escobar. Les digo que no, que vengo de allí por la Feria del Libro de Bogotá y que vine a Cuba a visitar a la gente amiga de Casa de las Américas. Llevo una carta que justifica la cantidad desproporcionada de libros que cargo, pero no hace falta mostrarla. La combinación de acento argentino y la mención a Casa de las Américas funciona como contraseña: por favor caballero disculpe la molestia, bienvenido a Cuba, me dice solemne el que parece ser el jefe del grupo de control. Me estrecha la mano, me invita a pasar.
Al salir del edificio me encuentro con un sol tremendo, dos buses de Cubatur disponibles solo para quienes pagaron algún paquete all inclusive desde Europa o Estados Unidos a costos de turismo internacional, algunos taxis, algún que otro triciclo eléctrico (carritos que pueden llevar hasta 6 personas) y motos (eléctricas las más pequeñas y a gasolina las tradicionales). En una de estas, de las más grandes, me espera Josué. Habíamos cruzado fotos un día antes por whatsapp, así que nos reconocemos de inmediato. Pactamos el viaje hasta El Vedado en 30 dólares, algo menos de lo que cobran los taxis, casi el doble de lo que se pagaba por el mismo viaje un año atrás (contrario a mi hábito que me facilita viajar mucho con recursos ajustados, en Cuba, lo tengo decidido, no voy a regatear).
Me explica Josué que el litro de gasolina se paga, al día de hoy, entre 8 y 10 dólares, un precio inalcanzable para quienes perciben sus ingresos en pesos cubanos en la Isla; solo cobrándole a los turistas lo que después deben pagar en la gasolinera, es que esos taxis y estas motos pueden cargar el tanque y ponerse a trabajar. Resulta caro, es cierto, pero, puestos a desdramatizar, es lo mismo que se paga un taxi de Ezeiza al centro de Buenos Aires, y la distancia también es similar. Solo que en Cuba ese dinero va, en gran medida, a pagar el costo de la gasolina, mientras que en Argentina ya sabemos: la comisión de las aplicaciones, la especulación en los precios al tratarse de turistas, la plusvalía y todo lo demás.
Pasando en limpio, más allá de la anécdota: sepan que cuando aterricen en La Habana habrá, esperándoles, taxis varios, carros o motos, por lo que llegar al centro de la ciudad no implica ningún tipo de dificultad.
Josué ahora se dedica a llevar y traer viajantes en su auto o en su moto, aunque es licenciado en educación física. Trabajó como profesor en distintos colegios, pero, me dice, con cinco mil pesos cubanos que sería su sueldo, no puede mantener a la familia. Al cambio, son diez dólares mensuales. La conversión impresiona, aunque resulta algo tramposa porque aquí una familia no paga los servicios e impuestos que asfixian el salario de un trabajador en nuestras sociedades capitalistas, ni debe pagar alquiler gracias al plan de viviendas que impulsó en su momento la Revolución, ni debe pagar cobertura médica ni gastos escolares gracias a los derechos que naturalizó la Revolución, y hay una red de suministros de alimentos del Estado que brinda precios bajos, casi simbólicos (aunque también es cierto que ahora muchos productos escasean en las bodegas, como llaman a los puntos de abastecimiento, y no queda otra que comprarlos en las tiendas comerciales a precios más caros). De todos modos, los salarios en Cuba son muy poca plata. Es inviable vivir de un ingreso así de bajo, esa es la realidad. Por eso Josué optó, como muchos habaneros, por dejar su profesión y ponerse a manejar.
Josué maneja despacio, así que podemos ir conversando durante todo el viaje. Dice que Cuba está mal, que él se podría ir de la Isla como hacen otros, pero que no quiere, porque aquí está su familia, aquí tiene a sus hijos y, después de todo, dice, aquí no se vive tan mal, yo conozco cómo es en otros lados y aquí uno vive tranquilo, eso hay que valorar.
(No es la primera vez que vengo a Cuba y sé que cualquier cubano de a pie, ante una opinión como la de Josué, respondería que eso dicen los empleados del Estado y los que trabajan con el turismo, que son quienes logran cierta estabilidad económica difícil para el resto, sobre todo para quienes viven fuera de La Habana donde no hay turismo y las dificultades son aún mayores).
Josué sabe (al igual que los agentes de migraciones, pero por vías distintas) que estoy llegando a Cuba desde Colombia. Y sabe además que di con él por recomendación de un contacto militante, entonces sobreactúa el uso de una palabra de la jerga colombiana a la que parece otorgarle cierta función de complicidad: me dice que Playa es un distrito gomelo (de clase media; en Colombia sería una clase media alta, pero eso no existe acá), que si traigo donaciones mejor busque otros barrios como Marianao, donde él vive, que allí sí las escuelas necesitan apoyo y la gente no es gomela como en El Vedado. Entonces, si quieres, hermano, te averiguo para que vayas a Marianao, para que no te quedes solo en Centro Habana y puedas conocer otra realidad. Y vuelve a diferenciar las zonas gomelas de las barriadas populares más olvidadas. Me narra un mapa de toda La Habana que me será difícil recordar. Me cayó muy bien Josué, quedamos en volver a hablar.
Josué ofrece, también, cambio de dinero a un precio conveniente. No encontré aquí mayor especulación con eso: 530 pesos cubanos por dólar es el cambio “oficial” de la calle (porque el oficial-oficial es de un valor mucho menor que nadie considera). Hay quienes ofrecen cambiar a ese valor por el solo interés de poder ahorrar algunos dólares. Pero Josué aclara: mi hermano, te puedo pagar 525, porque esos 5 pesos es la ganancia, es la única ganancia, tu comprendes. Detalla la transacción como si hacer el negocio mínimo lo obligara a subrayar la transparencia, a reafirmar la honestidad.

Dar luz a la situación
Aquí, en medio de la crisis más severa, los cubanos te explican todo: que el cobro del traslado desde el aeropuerto se va en pagar la gasolina, que el cambio de dinero es el que corresponde, y que los apagones tienen tal y cual motivo. El diario Granma publica, hoy mismo, la información que se replicará en distintos medios, en redes sociales y por cadenas de whatsapp: “Se prevé para el horario de máxima demanda una disponibilidad de 1735 MW (megawatts) con una demanda máxima de 3100 MW, por lo que de mantenerse las condiciones previstas se pronostica una afectación de 1395 MW en este horario”. El informe parece demasiado técnico y su redacción en exceso burocrática, pero todos aquí comprenden con claridad: en las horas pico de consumo, Cuba está logrando un suministro eléctrico que cubre algo más del 65% del territorio nacional, nada mal en comparación con las semanas anteriores donde el panorama era más desolador.
En los barrios principales de La Habana no está habiendo cortes de suministro estos días. Tienes suerte, me había dicho Yamila antes de viajar, parece que te hubieras puesto de acuerdo con los rusos, porque el petróleo que logró llegar hace diez días acaba de ser refinado y el sistema eléctrico volvió a funcionar, al menos mientras eso alcance. Apenas llego verifico esa afortunada coincidencia: camino desde El Vedado hasta Centro Habana y La Habana Vieja durante horas, al caer la tarde, y hay luz, hay tiendas abiertas, hay electricidad.
En Cuba el gobierno explica todo, como principio de honestidad elemental hacia el pueblo. Fidelismo puro y duro, pedagogía de una revolución que sabe que sin un pueblo consciente no tendría razón de ser. Y los cubanos y cubanas, entre queja y queja, explican, a su vez, con paciencia a los visitantes: que la isla no tiene petróleo en su suelo, y que, como todo país en esa condición, debe importarlo, y para ello debe poder exportar sus materias primas y sus producciones nacionales: azúcar, tabaco, ron, miel, pescados y crustáceos. Pero Estados Unidos, también explican, se arroga la potestad imperial de bloquear esa posibilidad. Escucho lo que ya sé, dicho ahora con acento cubano, por boca de quienes padecen esa cruel e injusta realidad, y veo tan transparente el origen del problema que me resultará ofensivo, después, escuchar o leer a quienes desde fuera de la Isla ponen en cuestión esa realidad indiscutible, punto de partida para todo lo demás.
Yamila y su compañero (que es médico pero ya no ejerce, ahora también trabaja como transportista) tienen una mirada muy crítica del gobierno, no de ahora sino de años. Quiero saber, entonces, si están esperando un cambio de régimen. Tras comentar lo sucedido en Venezuela, me dice él que jamás apoyaría una intervención extranjera, viniera de quien viniera; que esto lo tenemos que resolver los cubanos, que el gobierno tiene que cambiar, pero yo soy patriota y voy a defender a Cuba. Lo dice con el rostro adusto, casi con emoción, con profunda sinceridad.

Distintas realidades
Explican todo en Cuba, aunque la crisis crónica hace que con explicar ya no alcance. Yuliet me dice que ella no sabe, que ya no escucha las noticias, que cansa eso, la verdad. Su voz se nota algo apesadumbrada, pero también sincera. Lo dice mientras explica que aquí, en El Vedado, durante estos días, no hay apagones, pero que no sucede lo mismo en el resto de la Isla, fuera de la gran ciudad. Yuliet solía trabajar en un hotel estatal como gerenta de calidad pero, al igual que le sucedió a Josué y al médico compañero de Yamila, en un momento decidió reemplazar ese magro salario por la apuesta a alguna actividad vinculada al turismo. Ahora alquila una habitación de su casa, como hacen muchos profesionales en La Habana.
El alojamiento para turistas es más barato que hace dos años, porque todo en Cuba (salvo la gasolina) es más barato ahora (para quienes llegamos con dólares, no para los cubanos que ven sus ingresos cada vez más desmejorados). El recién llegado puede almorzar en un restorán, o alojarse en un hotel o en una casa, gastando menos de la mitad de lo que pagaría en cualquier otra capital latinoamericana. En casas de familia se consiguen habitaciones sencillas o cuartos amplios con cocina y baño, con el plus de conocer la dinámica del barrio, comprar en las tiendas populares de la zona y conversar con la familia una vez que se gana confianza; una forma mucho más plena de conocer Cuba, en comparación con los más frívolos microclimas de los hoteles, que aquí son igual de insulsos que en cualquier otra ciudad.
Una vez resuelto el traslado al centro y el alojamiento, solo falta conseguirse una línea para el teléfono celular. Para un viaje de una o dos semanas lo más conveniente es alquilar una SIM que ya esté activa, un servicio que por lo general ofrecen las mismas personas que hacen los viajes al aeropuerto o rentan habitaciones. Yo pagué diez dólares por una línea con 16 gigas, lo mismo que cobran un servicio similar en cualquier aeropuerto internacional.
Ahora, en Cuba, los faltantes de alimentos o de productos de higiene en las bodegas o centros de suministro se resuelven con los negocios particulares que suplen esa falencia con productos a precios más caros, pero brindando mejor variedad. Lo que falta es, en los bolsillos de los cubanos, el dinero para comprarlos. Sí, en cambio, siguen faltando insumos hospitalarios, algunos elementos que no son fáciles de conseguir por medio de los envíos de baratijas chinas y cervezas de dudosa calidad que, aunque de manera insuficiente, por medio de cierta “importación de hormiga” van llegando a la Isla.
Explican todo aquí, pero llega un punto en que las explicaciones no convencen. Me encuentro con un grupo de estudiantes universitarios en el malecón. Solo cuando la charla gana confianza pregunto por las protestas que cada tanto se dan, y por las voces oficiales que dicen que esos pequeños conatos de revuelta son contrarrevolucionarios porque reclaman algo que, en tanto no se resuelva el bloqueo, no está en manos del gobierno solucionar. Carol, que estudia derecho, comienza diciendo que lo que dice el presidente Díaz-Canel es cierto. La justificación está a punto de decepcionarme justo cuando ella complejiza el análisis: claro, eso sería entendible si nadie tuviera electricidad, dice, pero si la gente no tiene electricidad y tú si tienes, si hablas de los faltantes pero a ti no te falta, entonces es lógico que la gente quiera fajarse, que vaya a protestar.
Así en Cuba como en el resto del universo: el problema de fondo no es tanto la carencia como la desigualdad.

Falta participación
La noche en el malecón de La Habana Vieja está ideal, pero los jóvenes no toman más de una latita de cerveza, un poco porque ahora las juventudes parecen menos entusiasmadas con el consumo de alcohol y otro poco por austeridad. Así, la charla, demasiado sobria para mi gusto, derivará en el análisis de las dificultades de un movimiento estudiantil institucionalizado, según dicen, atravesado por la falta de participación de la mayoría de sus compañeros en la facultad. Terminamos hablando de la complejidad macroeconómica y microsocial que implica el crecimiento en Cuba de las MiPymes, los emprendimientos privados que compiten o complementan la actividad estatal.
El primer día en Cuba termina ya de madrugada, con una nueva caminata hasta la casa donde me alojo. Se camina mucho en la Isla últimamente.
Mi viaje se debe a la presentación de un libro, y de paso la entrega de algunas donaciones que juntamos con mis hijos apelando al aporte solidario de parientes y amigos cercanos. Pero no hace falta tener algún motivo especial para viajar a Cuba. Aún en estos tiempos difíciles, la Isla se mantiene en condiciones para recibir turistas, y el pueblo cubano suple algunas limitaciones con una sincera generosidad.
Es seguro que en el Caribe hay destinos más confortables, pero difícilmente en Aruba o San Andrés podrán sentir la emoción de compartir vivencias y experiencias, más no sea durante unos días de paseo o de descanso, con un pueblo como el de Cuba, que ahora más que nunca merece toda nuestra solidaridad.
El Vedado, 28 de abril de 2026
Nota: Tanto en Argentina como en Colombia se pusieron en marcha campañas de solidaridad; todo aporte suma, pero lo más novedoso y tal vez efectivo sea poder concretar la donación de paneles solares para las escuelas. La Revolución Cubana liberó de analfabetismo no solo a su pueblo, sino a otros pueblos del mundo por medio de la campaña “Yo sí puedo”; en la Isla, las escuelas en todos los niveles no dejaron de estar abiertas ni siquiera durante el cruento Período Especial. Tantas veces, y durante tantos años, el pueblo de Cuba brindó su solidaridad al mundo; ahora es hora de exigirnos y activar la reciprocidad.
