La felicidad


Una crítica a Encuentro, un documental sobre los encuentros anuales de San Antonio de Arredondo.

Por Lea Ross

La búsqueda de la felicidad es una travesía. La felicidad es un estado de jubilo que emana una energía de enorme potencial, aún con la conservación de lo material. Obtener la felicidad es una consagración divina. Encuentro es la película de Juan Manuel Lupiañez y Martín Paolorossi que con una cámara buscan ese milagro que no se encuentra apostado en el cielo, sino que cae en los lugares donde apoyamos nuestros pies.

Cada año, la localidad serrana de San Antonio de Arredondo realiza en los meses de diciembre una enorme juntada para realizar talleres e intervenciones artísticas. Un ritual que alcanzó la fecha número 25. La celebración que concreta un cuarto de siglo es el momento indicado para salir a filmar.

Durante los siete días, la película explora el “detrás de escena” de ese encuentro, desde un puntilloso rastreo etnográfico, hasta un aprovechado paseo lúdico. Aquí, la participación de menores de edades se llevan sus laureles, desde su acompañamiento para salir jugar un picado, hasta el transcurrir de un clásico juego que va desde el conteo hasta el escondite.

Durante una hora, el documental esquiva todo conflicto que pueda surgir en el contenido del relato. Lo más cercano a ello será un par de breves intervenciones durante una asamblea. Eso se compensa con una cierta agudeza visual, donde se permite un aprovechamiento de los espacios abiertos, para generar unos equilibrados travellings en circuito curvo, sumado a una aprovechada iluminación natural. Sin obviar un cierto trabajo de edición de sonido, que incluso carga el peso de otorgar la presentación del propio filme.

Hay un momento en donde se emparenta una entrevista tradicional con uno de los participantes, cuyo quiebre de la cuarta pared, también fragmenta lo normativizado por la propia película, llevando a contradecirse consigo misma, al enfocar lo colectivo como único requerimiento para conseguir aquel tan deseado estado anímico. A su vez, eso conlleva todo un riesgo estético y político, a la hora de considerar lo comunitario como un programa efectivo.

Finalmente, en toda la obra, no parece haber ni un solo plano donde la naturaleza sea realmente la protagonista. Todos tienen una mínima intervención antrópica. Quizás, un criterio que le pone freno a cierto conservadurismo romantizado del ambiente como un gélido espacio estancado y ahistórico. Todo lo contrario a los momentos donde se realizan una ceremonia de contemplación ante la caída de la lluvia. La proliferación de cuerpos enteros y rostros saturadamente alegres, en particular las filmadas con gran angular, concentran quizás todas las formalidades que busca la película, y que a la vez inquietan a cualquier espectador con prejuicio cimentado por los hábitos de consumo urbano. Sin llegar a ser un proyecto temerario, Encuentro consigue certificar que la felicidad se brota en la superposición de voluntades en un mismo entorno. Nada menor, en tiempos donde esa obtención, como valor de cambio, pretende ser a costa del sufrimiento de la otredad.