Avatares de la relación entre las poetizas sociales y el poeta impopular

Algunas reflexiones sobre balances y contradicciones en la experiencia de los movimientos sociales en “pequeñas áreas” de gestión del estado. O no nos ven o no nos oyen. ¿Cómo avanzar hacia la construcción de poder popular y ese otro mundo posible dentro de un gobierno que no es compañero?

Por Tomás Astelarra

“Nos dicen que es el poder. Pero no lo es. Pueden tener todas las armas y todas las leyes y jueces racistas. Pueden controlar el dinero. Pero eso no es poder. Son imitaciones del poder. Permitimos que sea poder sometiéndonos mentalmente. Nos han desarmonizado. Han penetrado nuestras mentes y nuestros corazones y nos han programado. En la desarmonía en la que nos encontramos perdimos el poder para enfrentarlos. Nosotros y nosotras somos poder”

Jhon Trudell, líder indígena norteamericano

“Nada le hace falta al triunfo de la civilización.
Ni el terror político ni la miseria afectiva.
Ni la esterilidad universal.
El desierto no puede crecer más: está por todas partes.
Pero aún puede profundizarse.
Ante la evidencia de la catástrofe, están los que se indignan y los que actúan en consecuencia, los que denuncian y los que se organizan.
Nosotros estamos del lado de los que se organizan”.

Colectivo Tiqqun, Llamamiento

La relación entre las poetizas sociales (que así las bautizo el papa Francisco) y el poeta impopular (Jorge “Turco” Asis dixit) tiene sus tensiones. “Ahora nos oyen pero no nos ven”, dice el compañero Pérsico que le dicen las doñas de los barrios. Desde otros sectores de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP) plantean la ecuación contraria: “nos ven, pero no nos oyen”. En todo caso las definiciones marcan una relación a medias. Una relación que tiene más de conveniencia coyuntural o táctica que de una mirada común en términos de horizonte o estrategia. Más allá de los diferentes enfoques o análisis de este momento en este lugar del mundo por parte de las compañeras y compañeros de los movimientos sociales (que por razones de lo “políticamente correcto” prefirieron hablar “off the record”) hay una frase que se repite: “este no es un gobierno compañero”. En la intención de tejer la palabra de algunas voces representativas de este entramado popular que, resurgiendo de las cenizas del “proceso de reorganización nacional” cuenta hoy con unos 25 o 30 años de experiencia ininterrumpida en la construcción de poder social (y por ende político), el ambicioso objetivo de este informe es hacer memoria y balance de este proceso de acompañar un gobierno a medias, con sus pros y contras, debilidades y fortalezas. Un entramado que tiene sus raíces (o guías del tejido) en las luchas y conquistas del peronismo o la izquierda revolucionaria (también el anarquismo), pero que a la vez hoy se nutre (refuerza su guía) en las luchas de las pueblas originarias (con un hito en el movimiento zapatista), los diversos feminismos y la urgente necesidad de plantear un horizonte “ambientalmente sano”, de soberanía alimentaria y sanitaria, de economía del cuidado, en medio de una crisis civilizatoria donde el capitalismo de muerte ha reconfigurado sus estrategias hacia un “nuevo orden mundial” con estados débiles y dóciles al servicio de empresas o personas que cada vez ostentan mayores privilegios y acumulaciones frente al desierto, que como dice el Llamamiento “no puede extenderse más” pero “aún puede profundizarse”.

Pobreza estructural

Los datos de pobreza del Indec han escandalizado a la prensa hegemónica amarillista. “Chocolate por la noticia”, dicen las doñas. Antes del “proceso de reorganización nacional” la pobreza de la Argentina rondaba el 4%. En esta democracia amañada el piso es del 40%. “No es 40%, son cuarenta años (sino quinientos)”, podría decir un eslogan parecido al que levantaron el año pasado las jóvenes mapuches, feministas y anarquistas, del otro lado de la cordillera. Del otro lado de la dizque grieta sostienen que son 70 años de peronismo sin resaltar el papel del empresariado foráneo (ya sea habitantes de este país que ignoran el bienestar de su comunidad o empresas multinacionales que usan sus gobiernos y embajadas pa desparramar sobornos y hacer lobby). Querer gobernar para el pueblo es siempre remar contra corriente, tener la cancha marcada. Encima hay gente que los vota o sale a las calles a apoyarles. Cuestiones de la confusión humana en este colapso civilizatorio.

Apenas asumido el gobierno de Les Fernández el dirigente de la UTEP, Juan Grabois, advirtió que la situación social era muy acuciante. “El próximo gobierno va a tener poco margen; en los primeros 100 días tiene que haber medidas muy de fondo”, advirtió casi en tono de amenaza. Después vino la pandemia y una sensación de paréntesis con inútiles ucronías o deseos de volver a la “normalidad”. Una “normalidad” en donde solo las anteojeras del pensamiento hegemónico e individualista podían situar un refugio o estado de bienestar. Una “normalidad” a la que se aferran numeroses excluídes con voluntad de inserción en los cada vez más cerrados círculos de protección de las élites empresariales dominantes. Ojala fueran las estadísticas, pero lo cierto es que la mera realidad indica que tal como dice el dirigente indígena peruano Hugo Blanco: “el capitalismo va a terminar cuando el último beneficiario de este sistema de muerte al anteúltimo”. Un mundo donde, como dice el activista Carlos Vicente: “es mucho más utópico pensar que podemos seguir viviendo de esta manera que comenzar a generar alternativas de vida”.

El anterior gobierno de Cambiemos fue la frutilla del postre, el saqueo sobre el territorio ya saqueado, la rapiña necrófila sobre la que las organizaciones sociales, en base a lo reconstruído y construído desde la vuelta a la dizque democracia, pudieron gestar “pequeños actos de resistencia” y ganar en base a la movilización social una migajas de presupuesto para seguir reforzando su construcción autónoma y autogestiva en los territorios. Situaciones donde lo “urgente” le gana a lo “importante”. Donde es muy difícil discutir un modelo de país o mundo-planeta. La pandemia reforzó esta situación de urgencia y volvió a poner en evidencia la fortaleza de este ejército de hormigas poetas que, como dice Manfred Max Neef, combaten día a día el principal problema económico de la humanidad: “la estupidez”. Y lo hacen como sugirió el desencarnado economista chileno: como mosquitos venciendo un hipopótamo.

Ese este el devastador escenario donde asume este gobierno de Les Fernández, donde las organizaciones sociales pudieron insertarse (más por mérito propio y lucha “desde abajo” que por generosidad o apertura “desde arriba”) en “pequeñas experiencias de gestión del estado”, como dice el compañero y filósofo cabeza, Mariano Pacheco. Como nunca antes, estas organizaciones ostentan algunas secretarías de estado, media docena de bancas de diputades, unas sesentas concejalías en la provincia de Buenos Aires y alguna intendencia (como ser la de Moreno) o jefatura comunal (Villa Ciudad Parque). Con suerte alguna de estas representaciones está en manos de los verdaderos sectores populares y no de algún intelectual clase media representante de las mismas. Son las reglas de esta democracia amañada y poco participativa, que busca descabezar a través de cómodos privilegios los densos entramados populares. La pobreza no es solo la carencia de herramientas materiales, sino también de ideas superadoras para atravesar el colapso.

“Hoy es este el lugar de la correlación de fuerzas de la economía popular y la economía de mercado. No hay una comprensión de grandes sectores de este espacio político que conforma el gobierno y de la sociedad en general sobre lo que queremos hacer. No está madura la situación para tener una política fuerte de economía popular en el estado. Y por eso decidimos tomar una secretaria dentro del Ministerio de Desarrollo Social, donde hay un compañero (Daniel Arroyo) que entiende el tema y con todos los instrumentos que creímos necesarios para esta etapa de la construcción”, le aclara Pérsico a Pacheco en una entrevista para el Instituto Generosa Frattasi. A la secretaría de Economía Popular, el Evita sumo hace poco el INAES, el organismo que regula mutuales y cooperativas, donde el intelectual francés devenido choriargento Alexander Roig, planea empoderar la legalidad y formación de las miles de pequeñas cooperativas de hecho de la economía popular pese a la inconformidad del sector cooperativista más conservador. También a mitad de año, el gobierno pasó a la secretaría que dirige Pérsico la subsecretaria de Integración Socio Urbana, que dirige la villera doña Fernanda Miño. Si bien la convivencia entre las distintas organizaciones dentro de UTEP tiene sus ríspideces, en estas pequeñas unidades de gestión conquistadas al estado se ha efectuado un “loteo” de cargos públicos similar al efectuado por las distintas facciones del Frente de Todos (aunque más amigable y colaborativo, con un horizonte común más definido, y con un fuerte apoyo popular que tiene su orgánica cierta democracia participativa). Esto sucede tanto en la secretaría de Economía Popular o el ministerio de la Mujer (por dar otro ejemplo de espacio de gestión conquistado).

“Hoy quizás se imponga la tarea de repensar y reelaborar los modos de intervención política tal como las conocimos durante las décadas anteriores, sea de parte de las militancias de los “nuevos movimientos sociales” (que sacralizaban el momento por abajo) como las militancias “oficialistas” (que “bancaban” cualquier posición estatal por tratarse del propio gobierno, esencializando el momento por arriba de la construcción). Ambas dinámicas mostraron ser unilaterales, y carecer de una mirada estratégica integral, que hoy necesitamos imperiosamente construir para poder salir del atolladero en el que nos ha colocado el propio proceso de los últimos veinte años; proceso exacerbado por la pandemia”, aclaraba el propio Pacheco el año pasado en su artículo: “El Día de la Militancia en la perspectiva de los Movimientos Populares”. “De allí que postulemos el anhelo por encarar la nueva década con militancias capaces de reinventar una nueva disciplina, que asuman a través de cada integrante de la organización las distintas funciones (de educación, de organización, de difusión, de elaboración conceptual, de movilización, de producción y distribución de bienes necesarios para la reproducción de la vida y hasta de combate para defender esas vidas), no tanto como una tarea impuesta por una jerarquía acartonada que dice desde arriba lo que hay que hacer, sino como dinámica colectiva entretejida por mujeres y hombres que enfrentan cada día el modo neoliberal de estar en el mundo”, agregó.

Como perro en cancha de bochas

“Estoy más quemado que fumador de pasta base. No sé que reflexión en perspectiva pueda hacerte”, me responde un compañero que anda transitando la difícil tarea de ser funcionario del estado. A su entender, hablando brutalmente (cual fumador de pasta base), las ventajas de su designación se limitan a dos: “la chapa” y “el dinero”. Siempre bajo la perspectiva que esas dos características no sirven para “cortarse solo”, sino para “reforzar la construcción social de nuestro movimiento”. “Ninguno vino a hacer carrera en el estado, ninguno vino a enriquecerse o hacer la suya, Venimos con un mandato de los compañeros y compañeras. Un mandato que hemos transformado en una orientación política, que tiene que ver con poner las herramientas del estado al servicio de los mas castigados, y sobre todo, de nuestros compañeros y compañeras de la economía popular, sin partidocracia o quedarse en la huertita de la orgánica chiquita”. El compañeroY, por cierto, doy fe, tiene una pequeña huerta orgánica en su casa. Y sigue participando e ejerciendo importantes tareas en su organización. A cada minuto de la charla vuelve a expresar su deseo de ver las potencialidades y no los impedimentos de la función pública. Pero no tarda mucho en caer en la queja. Burocracia, verticalismo sin sentido, tener una jefe que no te entiende, pagar derecho de piso, ser bicho raro, “siempre con la espada de damócles que nos rajan por cada cosa que hacemos”. “Los hacemos igual”, aclara. Lo que antes hacía siendo un anónimo para buena parte de la sociedad y casi de manera gratuita, ahora lo hace desde un lugar legitimizado por la sociedad y el estado (otres funcionaries publiques tradicionales) y con un sueldito que le permite concentrarse más en este y otros trabajos. Sabe que es un privilegiado, puesto que son cientos o miles les compañeres que, llevando a cabo funciones públicas hace más de un año, aún no han sido designados o reciben un sueldo.

Cuando el ministro Arroyo aclara que la pobreza hubiera sido mucho mayor sin la inversión del estado en gasto social, se invisibiliza el importante capital social invertido por las compañerada de los movimientos sociales, ya sea dentro del estado o fuera de él. Al igual que muches personajes de la tele prefieren venderse y mentir por el sistema que trabajar lo que trabajan las poetizas populares por diez o veinte lucas al mes de un Potenciar Trabajo, la “chapa” o el “dinero” (si es que los hay) de les compañeres insertos en el estado es más bien una anécdota al lado de su esfuerzo por el “bien común”. Los recursos del estado (migajas del saqueo empresarial) no son un fin, sino un medio. Hablando en términos capitalistas la “productividad” o “eficiencia” de su trabajo es mucho mayor a la de los tradicionales funcionaries públiques, que ocupan su asiento más por resignación que por convicción. Cuenta el compañero anteriormente citado que al ser designado (con un grupo de empleados a cargo) dijo que era menester “salir a las calles y ver la realidades de las clases populares”. Uno de los funcionarios le respondió: “Usté por estatuto no me puede obligar a eso”. “Creemos que el derecho de piso y la autoridad no se gana chapeando o chamullando sino laburando. Y en eso ves que gentes de las más diversas corrientes políticas termina de a poco reaccionando”, aclara. Dice que es necesario cambiar la lógica de “call center”, que impuso el gobierno de Cambiemos (recordando que la falta de amor por la tarea que hacemos, es decir la productividad, no es solo menester del estado, sino también de la empresa privada).

A las dificultades de plantear nuevos horizontes estratégicos se suma el pragmatismo de entender las intrincadas formas que tiene el estado para funcionar. Como indio en novela de Kafka, les compañeres tratan de sortear esos laberintos sin por eso perderse (o incluso transformarse en el mismo laberinto). Mirada como contexto general, la oportunidad, sin embargo, parece habernos agarrado más fortalecides. Al contrario de la anterior etapa del kircherismo en el gobierno, hoy los movimientos populares tiene mayor cantidad y calidad de cuadros (personas capacitadas para estas funciones). Esto por un lado hace que no suceda, como en procesos anteriores, que la salida de une compañere rumbo al estado deje descabezada la organización. Por otro lado, es mucho mayor el poder de dirigir una organización social que un pequeño reducto del estado. Esto sumado a que el poeta impopular es realmente un león hervívoro (no como la yegua de Cristina), hace que la coyuntura sistémica proteja a les compañeres de “cortarse solo (o sola)”, tal como sucedió (o se especuló) en el pasado. Parte de esta discusión, entre muchas, fue la que terminó por partir aguas en el Movimiento Nacional Campesino Indígena (MNCI, hoy con dos expresiones organizativas, las dos por suerte dentro de UTEP).

Como hormigas invadiendo un rancho viejo

Insiste Pacheco con que esta es la primera vez desde el nacimiento de esa republiqueta llamada Argentina que a los movimientos populares se les permite una construcción de mediano plazo (30 o 35 años) sin la interrupción de guerras civiles, campañas del desierto, décadas infames o golpes militares. Rezando porque el gobierno o las empresas no terminen de poner en práctica la vieja metáfora de los servicios secretos israelíes de que la represión y el paramilitarismo son la “máquina de cortar el césped de la rebelión popular”, la construcción “social” comienza a desbordar en una construcción “política”. Primero en un clivaje de la “protesta” a la “propuesta”, de trabajadoras desocupadas a trabajadoras de la economía popular, de planes para “parar la olla” a créditos para fortalecer las numerosas experiencias cooperativas, donde ya la producción de alimentos sanos es un hecho y se comienza a pensar en la comercialización o transporte de los mismos. Al menos para un pequeño sector de la población que así lo entiende y comparte. De algunas organizaciones perdidas con intención de proyección nacional a una gran bolsa de gatos (doñas) llamada UTEP, donde se dirime lo “social”, dejando vía libre a lo “político” (puertas afuera). Como si hacer la diferencia fuera tan fácil.

Sobre la teoría de que el kirchnerismo llegó para quebrar las organizaciones sociales (llamémoslas piqueteras), Pacheco, en su libro “Desde Abajo y a la Izquierda”, esgrime otra opción. No todos los movimientos piqueteros tenían una ideología autonomista y antiestado. Sino que la coyuntura de un estado ausente y neoliberal (a pesar de ser peronista) los obligó a esa estrategia. Cuenta Pérsico que fue el propio Nestor el que lo incentivó como líder del MTD Evita a “meterse en el fango de la política”. Así nació el Movimiento Evita (que hoy lidera cuantitativamente el bloque de movimientos populares en UTEP, y por tanto, en el Estado). Como buen peronista, con vocación de “poder” y la certeza de que el estado, la sociedad, o el mundo se transforman “desde adentro” (además que “desde abajo”), el barba le hizo caso al flaco. Otros movimientos (como el Frente Popular Darío Santillán) decidieron continuar con la vía autonomista, mostrando, al entender de algunos analistas de mate fogonero o birra callejera, dos grandes límites: un mal entendimiento de la horizontalidad (y la sociedad en su conjunto, que lejos está de ser india) y una escasez de capital o trabajo (cuando, frente a la recuperación de la economía, les cumpas prefirieron volver a las changas o empleos capitalistas que mantener el fueguito de la autogestión por la mitad del sueldo). A esto, según analizaba el vocero del FPDS, Pablo Solanas (en una entrevista a 10 años del 2001) se le sumaba el factor de la represión. La masacre de Avellaneda (y el asesinato de un líder como Darío Santillan como rémora del pasado) había mostrado que participar de estas iniciativas podía tornarse peligroso. No era lo mismo enfrentar la represión para “parar la olla” (como había sucedido en la génesis del movimiento piquetero) que para sumar unos mangos pal celular o el televisor (como sucedería con la recuperación económica y de un estado de dizque bienestar con el kirchnerismo). “Quedaron apenas puchitos de estas experiencias. Nosotros replegamos nuestras aspiraciones de querer cambiarlo todo. Tuvimos que acomodarnos a lo que algunas políticas públicas nos dijeran que podíamos hacer para consolidar nuestros proyectos productivos autogestivos”, aclaraba en ese entonces Solanas.

Con el tiempo, en una “bienversación” de estos fondos públicos de emergencia, una vez parada la olla, estas organizaciones comenzaron a engendrar pequeñas experiencias productivas (pero sobre todo colectivas) con la intuición de que, como dijo el príncipe Kropotkin en “El Apoyo Mutuo”, los más aptos de la teoría darwiniana no son los “más fuertes”, sino los que “mejor se organizan”. Del fraudulento videoclub o el “todo por dos pesos”, en el que muches de estos actores sociales habían invertido la indemnización de YPF o Entel, a la cooperativa popular de vivienda o reciclado. Del individualismo al mutualismo como solución frente al colapso capitalista. Proceso que se dio en las dos partes de los movimientos sociales, tanto la peronista con vocación de “poder”, como la izquierdista autonomista o anarquista.

Con el tiempo, este tipo de organizaciones como el FPDS (que sufrieron numerosas rupturas a la hora de debatir la “ayuda” del estado o la creación de una “herramienta política”) se nuclearon con aquellas con “vocación de poder” (ya insertas marginalmente en el estado y la política institucional). El bicho de está unión fue la CTEP, luego UTEP, que en tiempos de repliegue, frente al gobierno necrófilo de Cambiemos, utilizaron la unión y movilización para “extorsionar” al estado neoliberal, que tuvo que acceder a distribuir fondos sociales y hasta incluso aprobar leyes como la de Emergencia Pública (27.200, que creó el Salario Social Complementario, ahora Potenciar Trabajo) o el Régimen de Regularización Dominial para la Integración Socio Urbana (27.453, que creo el Registro Nacional de Barrios Populares). Hoy esta “bolsa de gatos”, con el resguardo ético y moral, el cuidado, de las poetizas sociales, ocupa “pequeños espacios de gestión” en el Estado. Esta difícil tarea, sumada a la vicisitudes de la “pandemia” y la pobreza estructural (física, mental y espiritual), hacen que las tareas urgentes (parar la olla y cuidarse) le ganen a las ¿importantes? (discutir un modelo de país, pelear por la expropiación de Vicentín, impugnar la deuda externa, enfrentar a los oligopolios del alimento, descentralizar las ciudades). También es cierto, como me dijo una vez un compañero de la agricultura familiar, que si hoy nos dieran una empresa estatal de alimentos no sabríamos bien como administrarla o proveerla para consumo masivo (parecido a las dificultades que está encontrando el cumpa Nahuel Levagi para trasformar el Mercado Central). Pechar chiquito, en el mercado y en el estado, también en el gobierno y la “política”, sobre todo en la consciencia de la sociedad, sabiendo que estamos apoyados por ellas, las poetizas sociales.

Desafíos

“La gente está mal y que el gobierno se tiene que preguntar si se está haciendo todo lo que se puede y se debería hacer. Y si se está haciendo con la urgencia que amerita. Porque la situación es preocupante y por lo menos yo creo que se podrían hacer otras cosas para garantizar tanto el aumento de los puestos de trabajo como las disminución de los precios de los alimentos. Pero se requieren decisiones que tienen su costo. Y el costo es enfrentar ciertas corporaciones que tiene mucho poder en la Argentina e influyen en el gobierno y la opinión pública. Pero detrás de esas cifras hay miles de historias de padecimiento que se van profundizando y generando heridas que después es muy difícil sanar. Tamos viviendo una suerte de solapada aparición de un neoliberalismo light y sensible, pero neoliberalismo al fin. Que es pensar en calmar primero a los mercados que a la gente. Los países en los que ha estudiado nuestro ministro de Economía, y todos los genios que nos van a salvar, están lanzando planes de empleo de dos puntos del producto. Cuando nosotros planteamos algo así acá no existe la posibilidad. Eso beneficiarían a los sectores que por más que logremos crecer este año no van a salir de la situación de pobreza o indigencia. Yo creo que hay que poner el eje en los dos grands problemas que tenemos hoy que es el aumento de los precios de los alimentos y la creación de trabajo, que es el otro lado de la moneda. Y el contexto sanitario que es muy importante. Y que lo que va definir para que lado valla nuestra economía va a ser la definición sobre lo que pase con el FMI, si seguimos pagando los intereses leoninos que nos cobran por una deuda que no nos corresponde, o si tomamos la definición de tener el coraje de plantear que a nosotros los argentinos nos estafaron y no podemos negociar las misma reglas de juego como si este hubiera sido un préstamo limpio”, opinó Grabois hace poco en una entrevista radial.

“Por supuesto que es evidente y absolutamente insuficiente lo que se está haciendo. El problema es de estructura económica y el rol de los movimientos sociales queda acotado a pequeñas experiencias de economía popular. No estamos pudiendo construir un debate más amplio, sobre las causas y no las consecuencias de esta crisis. Propuestas como una empresa estatal de alimentos, nacionalizar los servicios o el sistema financiero, o el refuerzo de las políticas de cuidado y contra la violencia de género. Seguir ejerciendo nuestra práctica social pero con una visión programática más general. No quedarnos en actuar sobre las consecuencias, sino poder plantear soluciones a las causas”, me confiesa otro compañero con importantes responsabilidades en las construcción de los movimientos sociales. Y aclara: “Alberto, Cristina y Massa tienen mucho acuerdo sobre lo que es posible y lo que no. Y creo que los tres tienen en común que no desean el protagonismo de los movimientos populares. Más bien los toleran. Es cierto que este no es un gobierno compañero, pero es la posibilidad de generan un contexto para un gobierno realmente popular. Esa es la tarea, ya sea dentro o fuera del estado”.

Mientras se viene la “nueva ola” se refuerzan los cuidados, sabiendo que al gobierno no le da “la caja” ni el consenso social para volver a Fase 1 (menos antes de elecciones). De mientras la economía se está recuperando levemente, el dólar está estable (con un ingreso récord de divisas producto de la subida del precio de los commodities pero también de una mayor fiscalización), se juega a las escondidas con el FMI mientras los ex-líderes progresistas juntan fuerza para ir a bardear a la ONU y la inflación es un problemón donde el efecto derrame “desde abajo” no funciona porque, tarde o temprano, en la pirámide económica, el flujo de dinero sube a los sectores empresariales concentrados (sobre todo en el alimento) para fugarse, evadirse, presionar el dólar o pagar jueces y comunicadores que ponen más difíciles las cosas. Reforzar las políticas de control que tibiamente están apareciendo sobre el contrabando y la formación de precios. Encima, ya sea por no bardear al gobierno o quedar escrachades como “antivacunas terraplanistas”, la principal herramienta de los movimientos sociales, la “movilización”, está en compás de espera.

Además de la “emergencia”, la carrera “política” y la “distribución” de las migajas del estado, también friccionan por dentro la construcción de la UTEP dos grandes corrientes. Una mayoritaria ligada al Movimiento Evita (Barrios de Pie, CCC y otras organizaciones como el MOCASE-MNCI) que funciona como base social del “albertismo”. Y otra, minoritaria, cuyo referente sería Juan Grabois, con algunas organizaciones “satélites” de la UTEP como la UTT, La Poderosa o el MNCI Somos Tierra, dizque más ligadas a Cristina y La Campora (la mayor agencia de contratación de funcionaries del estado según Jorge Asís). Como venimos explicando, estos dos sectores también cuentan con históricas diferencias en cuanto a su entendimiento de la función e inserción en el Estado, además de ciertas lógicas de construcción social. Quizás los primeros más ligados al fin, y los segundos al medio (con el peligro de caer en posturas “progresistas” poco basadas en la realidad popular, aunque con una raíz en la radicalidad de los movimientos campesinos e indígenas dentro de los cuales parece ser mayoría). Sin embargo ante la pregunta: ¿bo decí que se parte la UTEP?, las respuestas son inequívocas: “Ni en pedo”. Además de los años de construcción, nos une el miedo de otro gobierno necrofílico. Y una perspectiva estratégica de ese otro mundo posible.

Habrá que pasar las elecciones, avanzar chiquito, seguir esgrimiendo, analizando, consensuando, horizontes estratégicos y de sentido de vida, mientras se sostiene la pala (con un chumbo en el cajón) a la espera de que es lo que nos va a deparar este “triunfo de la civilización”.