La edad de la inocencia: Un repaso en el primer año de Alberto Fernández como presidente

– I –

“Cuando hablo como hablo, ¿soy el resultado de haber leído las 20 verdades peronistas y La comunidad organizada? La respuesta es no. Hablo como hablo porque en mí pesaron muchas cosas. Va a sonar raro, pero pesó mucho la cultura hippie. No por la música solamente. También la posición que ocupó el hipismo frente a la sociedad de consumo, frente a las reglas instituidas de una sociedad dominante sobre otra”.

La auto-apreciación de Alberto Fernández, realizada durante una entrevista de Jorge Fontevecchia a mediados de abril, lleva a un salto trasgeneracional, donde ese hipismo sesentista contempló el florecer de la primavera alfonsinista, luego del polvorín setentista. Alberto recuerda las veces en que Don Raúl Alfonsín lo invitaba a su casa a comer un pejerrey frito con puré, que le servía en el plato. “Se paró frente a los poderes instituidos y renegó de ellos”, comenta el actual presidente, preguntándose cómo es posible que no lo haya votado en el ’83, y que en los cánticos juveniles lo tildaba de gorila.

– II –

El reverdecer del “Nunca Más” y el oscurecer de las leyes impunidad –continuadas por el menemismo- fueron las pinzas traslucidas que activaron la teoría de los dos demonios para apretar cualquier escapatoria que se posicione frente a esa sociedad dominante sobre otras. Si la extorsión carapintada buscaba el olvido y el perdón, necesitaba previamente que los desaparecidos tuvieran una biografía signada por el dolor: en aquel voluminoso libro, las vidas comenzaban en el momento de ser secuestrados, sin conocer todo lo anterior de sus vidas. El terror impone el miedo a hablar más allá del susto.

Por eso, el peso de Alfonsín en Alberto tiene su costo que va más allá del ofuscamiento de los peronistas de paladar negro. El alfonsinismo, como tal, instaura una perspectiva ahistórica de los hechos. No hay revisión, ni reformulación que valga. Esto se presenta en base a dos cuestiones concretas, en materia política pública, que estuvieron presentes en los discursos del kirchnerismo de la década pasada: la Ley de Medios y la Deuda Externa.

– III –

Una semana después de asumir como presidente, Alberto Fernández cenó con los popes pesados de la Asociación Empresaria Argentina (AEA). “No podemos seguir perdiendo el tiempo peleándonos entre nosotros, es una lucha que tenemos que tomar todos, los empresarios, el campo, mi Gobierno y los medios, Héctor… lo tienen que hacer todos”, comentaba desde un atril, mirando fijamente al CEO del Grupo Clarín, Héctor Magnetto. Pero que de todas maneras, todos ellos, los empresarios, el campo, los medios, Héctor, incluso “su” Gobierno, le harían oídos sordos. Pero con Héctor esperaba tener más oportunidades. Antes de asumir a la presidencia, Alberto Fernández había declarado que para él, “la comunicación es un negocio”.

Pero retornando a esa misma actividad, con una cena de por medio, el flamante presidente también anunció importantes avances en materia minera, mediante normas provinciales flexibles para Mendoza y Chubut.

Mendoza y Chubut: dos provincias que iniciaron y concluyeron el año instalando en agenda la matriz extractiva del país.

– IV –

Casi todos los gobiernos constitucionales se pelearon con Clarín. Casi todos trataron de amigarse, hasta que recibieron su puñal por la espalda. Parece que Alberto esperaba cambiar eso. Con el comienzo de la pandemia y la cuarentena, el acercamiento se mantuvo, bajo los encantos del “Quedate en casa”.

“La novedad es que hay un estado materno”, comentó Rita Segato sobre el discurso de Alberto, apegado al cuidado y a la contención frente a los peligros del virus. Paradójicamente, ese estado materno es el matricida que acabó con la madre de todas las batallas. Si durante toda la década pasada, la Ley de Medios fue la cúspide que, por derrame, instaló los modos de decodificar las problemáticas del mundo, teniendo a Clarín como el “pode real”, hoy todo eso ha sido cercenado por el albertismo. Ya no hay Ley de Medios, solo la Ley y de los medios.

– V –

Las coberturas a los banderazos, los señalamientos de legitimar la violación a la propiedad privada, sus duras editoriales contra el aporte a las riquezas y contra toda reforma judicial que beneficie a Cristina, Cristina, Cristina, Cristina, Cristina… Clarín volvió a recargar sus tintas a manchar.

Y es que la reforma judicial es quizás el lazo que une a Cristina y Alberto. Formado de manera apasionada por el derecho penal, a tal punto que mantuvo su docencia en las aulas incluso después de recibir el bastón presidencial, el presidente se convence de hasta dónde se ha oxidado aquel centro de proclama justiciera denominado Comodoro Py. Su búsqueda por descentralizarla es un anhelo diminuto en busca de calmar las aguas turbias de los expedientes más comprometidos para quienes ejercieron la función pública hace una década atrás. Pero no por eso, llega a cambiar a aquellas familias obligadas a transitar desde la periferia hasta el centro de la ciudad, para que algún pasillo de los tribunales pueda atender sus denuncias de enorme delicadeza.

– VI –

Pero su perseverancia sobre el penalismo no pudo con el aplacamiento alfonsinista. De ahí que no bastó con toneladas de discursos referidos a la pesada deuda externa que dejó el macrismo. Inédito, por lanzar los bonos a cien años por decreto. Inédito, por la rapidez de su crecimiento en relación al PBI en solo un mandato. Inédito, en cuanto al monto pedido al Fondo Monetario Internacional. Inédito, al declarar en default a su propia deuda que contrajo. Inédito, por ser utilizado para financiar la frustrada campaña electoral. Inédita, porque casi toda se fugó al exterior.

Y a pesar de eso, no hay discusión penal que valga. Más que recurrir a escribanos, se opta por contadores. Más que jurisprudencia, se opta por las planillas de Excel. El costado friendly de Martín Guzman agigantó la proeza de un acuerdo entre acreedores casi como la frustrada épica inicial contra el coronavirus. Aun cuando la propia vicepresidenta reconoce que la deuda dejada por Macri era ilegítima. El país se mantiene en la resignación de la deuda desde los inicios de la misma.

El albertismo mantuvo lo que el nestorismo había comenzado: desaparecer la proclama del “No al pago de la deuda externa”. La diferencia es que si Néstor contaba con la ayuda de un default explícito previo, con commodities a tasas chinas y con mayor amparo de sus países hermanos, Alberto lo hizo en un panorama totalmente contrario, más una economía paralizada por la pandemia.

– VII –

Titular de la Revista Barcelona: “En Olivos se preocupan por aclarar que Alberto Fernández no tiene fiebre: ‘Es tibio por naturaleza’”.

Esa comentada tibieza duró hasta fines de noviembre. En el mientras tanto, la promesa por evitar que los sectores más vapuleados no pagaran los costos fue un estirado anhelo. Prohibición de despidos que no se cumplieron. Encajonamiento del “impuesto a las riquezas”. Desmanejo de control de dólares. Y una repentina supresión de ayudas sociales, a partir de un tibio retorno de la actividad productiva, sin que llegaran las vacunas, en carrera contra del segundo rebrote.

El momento en que Alberto pretendió superar su “naturaleza” fue el anuncio de la expropiación de Vicentín. Fue el primer mandatario que hablo de “soberanía alimentaria” y no de “seguridad alimentaria”. Pero quien tenía a su lado, habló que el modelo nac&pop del nuevo Vicentín sería el modelo Vaca Muerta (o Vaca Viva). La apresurada proclama se frenó con el rechazo callejero y con una falta de perspectiva precisa y escéptica sobre el mismo. “Creí que me iban a apoyar”, comenta un inocente Alberto Fernández.

– VIII –

Según el INDEC, en el segundo trimestre del 2020, cuando se aplicaron las medidas más severas de la cuarentena, la brecha entre el sector más rico y más pobre fue la más abultada de los último cuatro años. Es decir, fue peor que en toda la gestión del macrismo. A esto se le suma la aprobación de un Presupuesto 2021 que mantiene la inexistencia del IFE y más fondos para pagar las tasas de interés de los grandes fondos de inversión especulativa. Sin mencionar, los ajustes a los ingresos jubilatorios.

Las frustradas expectativas con el gobierno se mantuvieron de manera extensiva hasta llegar a un alcance intensivo con las imágenes de la represión en el Guernica.

– IX –

Así, el primer año de Alberto fue un embudo obturado, cuyo cierre va goteando sobre el Congreso, con una llovizna de proyectos exigida por distintos sectores: cannabis medicinal, reforma a la ley contra el fuego, ley Yolanda, el aporte a las grandes fortunas (por fin) y el aborto legal.

Si éste año, la derecha se apropió de las calles, el oficialismo otorgó su contraataque, atrasado y a último momento, desde el Parlamento. Tanto por fuera como por dentro.

Por fuera, con una notable caravana de apoyo, de distintos sectores de la militancia, desde el más orgánico pejotismo hasta el crisol de las organizaciones de la Economía Popular, en su afán de quitarle las migajas a los multimillonarios, que para ellos se asemeja casi como un golpe de Estado. Situación émula, pero no igual, ocurrirá con la vigilia del pañuelazo verde.

Por dentro, si los discursos de bajo calibre durante el debate por el aporte de las riquezas dejó mucho que desear, se esperaría con mucho notoriedad con la discusión del proyecto insignia de las luchas feministas, cuyas oposiciones retornarían no solo a los argumentos del 2018, sino también a la era paleozoica.

Con esa fosilización argumentativa, el gobierno esperaría ofrecer una vitalización frente a un panorama continental, de revanchismo reaccionario, pero desorganizada. Después de todo, Espert es, por el momento, el Randazzo del macrismo.

– X –

En la película Zama, de Lucrecia Martel, el enviado de la corona española espera recibir su recompensa por haber logrado apaciguar los conflictos entre criollos e indios en la disputa por la tierra, sin derramamiento de sangre. Espera, desde la orilla del Atlántico, la llegada del mensaje del rey para ordenar su retorno a la Madre Patria para reencontrarse con su familia. La espera es lo que ha mantenido la historia latinoamericana en el afán de preservar la brecha entre capital y trabajo.

Alberto Fernández tiene la particularidad de ser no solo uno de los pocos presidentes que ni esperaba ser presidente –es decir, la espera no estuvo en sus cabales-, sino que también uno de los pocos con mayor contención social organizada, tanto dentro como por fuera del frente electoral que encabeza, con tal de evitar un retorno al ascenso de la derecha posmoderna. En ese crisol de fuerzas, hacer malabares con antorchas puede hacer sentir su calor o quemar las manos.

La osadía no es para los inocentes. Y en los períodos donde las incertidumbres virológicas llegan a escala global, se requieren más osadías que inocencias.

Si algo caracterizaron las dos medidas más osadas y efectivas–el inicio prematuro de la cuarentena para evitar el crecimiento de muertes y la protección a Evo Morales para evitar su asesinato, con todas las consecuencias geopolíticas que eso iba a traer- es que la espera no fue una variable dentro de la fórmula de la inocencia.