Hacia el fin de la brecha orgásmica


El 8 de agosto fue el Día Internacional del Orgasmo Femenino, una efeméride para conversar sobre el placer sesgado y para avanzar hacia el fin de la brecha orgásmica, creando conciencia sobre la sexualidad femenina y defendiendo el derecho al placer. 

Por Flo Straso


Portada: Yolanda Dorda, Sin título (Vogue episode 3), 2011. Gentileza del portal Elemmental

También llamado clímax o acabar, se lo conoce como el “punto culminante o de mayor satisfacción de la excitación sexual” que se logra en soledad o en compañía. Durante años, y aún hoy, el orgasmo es un misterio para muchas que no saben si tuvieron uno o no. ¿A qué se debe esta incertidumbre? Al desconocimiento, a los estereotipos y a los vacíos que habitan esta sexualidad.

Puede que lo poco que supimos vino del mundo del cine, la televisión y la pornografía hegemónica que delimitó lo que es coger y lo que es acabar. Instaló la penetración como escena irremplazable, el falo como protagonista principal y representó los orgasmos como relojes exactos, mediante caras sacadas y gritos agudos. De allí venimos, pero no es lo que somos. La realidad dista de la ficción y eso trajo consecuencias.

Desigualdad al palo

El documental Orgasmo femenino de la serie En pocas palabras, disponible en Netflix, cuenta que estudios realizados en Francia y EE.UU., aseguran que los varones heterosexuales afirmaron llegar al orgasmo el 95% de las veces, las mujeres heterosexuales el 65% y las homosexuales el 86% de las veces. El documental se pregunta ¿por qué es más difícil el orgasmo cuando hay hombres de por medio?

Esos porcentajes indican que hemos aprendido la sexualidad ligada a la genitalidad y a la penetración por la heterosexualidad obligatoria, la industria porno y la cultura excluyente de la masturbación. Se ha instalado que “algunos” saben muy bien cómo hacerlo y “otras” no tanto. Entre el 16 y el 21% de las encuestadas respondió no haber tenido un orgasmo nunca o a veces. 

El estudio continúa. Sólo el 18% de las encuestadas afirmó tener un orgasmo por penetración, en contraposición al 82% que no lo obtuvo de esa modalidad. Dato, no opinión: los orgasmos son clitorianos. El clítoris es sede de cientos de terminaciones nerviosas generadoras de placer infinito, pero se mantuvo (o mantiene) oculto: muchxs no saben qué es ni dónde queda.

Por otro lado, la encuesta afirma que las mujeres heterosexuales tienen menos orgasmos que los varones en el sexo casual. Y alerta que los varones creyeron que sus compañeras sexuales tuvieron más del doble de los orgasmos que ellas dijeron haber tenido. El documental prosigue mostrando que, en las parejas heterosexuales estables, los porcentajes se tornan más parejos por el factor comunicación y que en las relaciones homosexuales, el orgasmo es más fácil de obtener debido a que las prácticas sexuales se inscriben, desde el vamos, fuera de “lo normal”, instancia que habilita prácticas más espontáneas orientadas al placer.

Descolonizame ésta

En Coño Potens, un ensayo de Diana J. Torres sobre la eyaculación femenina, se echa luz sobre el silenciamiento y el vacío que la ciencia y sus señores le dieron a la sexualidad femenina. Una historia conocida, ligada al ocultamiento, la manipulación y el disciplinamiento puesto que lo que se sale de la norma/normal se categoriza como patológico o anormal, constituye una amenaza y se lleva las miradas.

Diana J. Torres reflexiona sobre las partes de nuestros cuerpos que llevan el nombre de varones que nos “descubrieron” (cual Colón a América), como es el caso del famoso “punto g”, instalado por el ginecólogo alemán Ernst Gräfenberg. Será cuestión de descolonizarnos y sacarnos a estos señores del coño y los ovarios.

También nos invita a hacer memoria: desde la infancia se instala ese vacío. Pareciera que la masturbación es para los niños, que, desde muy temprana edad, comienzan a inspeccionar el placer a través del pito y las manos, práctica que se mantiene hasta su adultez con total normalidad y frecuencia. En cambio, a las niñas no se nos habló sobre el roce y el goce; nos hemos tocado a escondidas y, recién de grandes, asumimos masturbarnos, tocarnos con la mano u otros elementos para darnos placer.

Es que, por ese entonces, mientras los niños se hacían la paja solos o en grupo, a nosotras se nos aprontaba para el acontecimiento más clave de nuestra existencia: la menstruación, mal llamada indisposición, ligada a los horrores de los lienzos manchados. Se nos prepara desde muy temprano para el destino de mujer, el ser madres, y sobre la menstruación también hay vacíos: naturalizamos el dolor, el aislamiento, lo tabú, en vez de integrarlo a la vida cotidiana como una fase cíclica y fisiológica más. Indisponerse es un bajón; menstruar es político.

Más turbación

Las palabras están llenas de violencia, por eso, debemos modificarlas. La etimología de masturbación viene del latín masturbari que proviene de “manu turbare”: turbar con la mano. La definición de turbar no es muy buena que digamos, “alterar el estado o el curso normal de una cosa” o “el ánimo de una persona confundiéndola o aturdiéndola hasta dejarla sin saber qué hacer ni qué decir”. En el siglo pasado, masturbarse era sinónimo de estar enfermo. Lo mismo sucede con el vibrador, mal llamado “consolador”, claro, quienes utilizamos estos juguetes lo hacemos para “consolarnos” de lo que nos falta.

Hágalo Ud. misma

Nuestros cuerpos son el primer territorio y tienen historia… Pero hoy decidimos transformar los vacíos en espacios en blanco que piden ser reescritos. Nos subimos al auto placer, al auto conocimiento de nuestras zonas erógenas, eróticas, sexuales y contra sexuales para redescubrirnos.