El nudo del Whatsapp


Una crítica a la película En el nombre del litio, sobre la resistencia indígena frente a la extracción del “oro blanco”.

Por Lea Ross

El litio es una de las quimeras materiales del nuevo siglo. Su obtención no garantiza solo riquezas para un puñado de privilegiados, sino que además permite poner en marcha una dinámica global, en tiempos de floja estabilidad. De ahí que tanto la fetichización, como la alienación, se ponen nuevamente en marcha.

En el nombre del litio, el documental de Tian Cartier y Martin Longo, es un filme que se pone frente a lo que desencadena éstas actividades extractivas, cuando los dichosos recursos se encuentran en tierras ancestrales. Por esta razón, nos encontramos ante un largometraje con saltos estéticos. Por un lado, se repliegan secuencias convencionales en otros trabajos audiovisuales sobre conflictos indígenas. Pero por el otro, aparecen bombardeos con registros, tanto de las cadenas de televisión como en los ámbitos bursátiles, hablando exclusivamente del oro blanco.

Desde la tierra firme, o desde el suave paneo de un drone en los aires, la comunidad de El Moreno y los salares del norte jujeño son los territorios a explorar, bajo el protagonismo de Clemente Flores, cuya voz en off encamina el relato, mientras todo queda bajo la exposición de la cámara, desde la ausencia de agua en las canillas hasta una ceremonia habitual, sin renegar las impresionantes vistas panorámicas de los imponentes paisajes cubiertas de sal, como así tampoco se escapa el uso habitual de los teléfonos celulares de los habitantes.

Las transiciones entre el estilo de “cámara registro” con los momentos de uso de materiales de youtube y entrevistas a especialistas son notables por su tempestividad. Los giros estéticos permiten agravar más la brecha cultural entre las costumbres andinas y las dinámicas de consumo global. Con esto no se pretende que se alcance un manejo calibrado en cuanto a la información brindada, ya que la duración de los testimonios son cortos, la ironía se torna reiterada y la ambigüedad con algunas figuras como Greta Thunberg son confusos. Donald Trump, Xi Jinping, Mauricio Macri y Vladimir Putin son varias figuras que se barajan, sin una fineza de lectura en cuanto a las coyunturas geopolíticas. Hay más “didactismo” que pedagogía. El único momento con mayor claridad es el subrayado de lo que pierde el sur, a costa de garantizarle la transición energética solo al norte.

Más allá de todo, es innegable que la dupla Cartier-Longo tienen una fineza audiovisual a la hora de exponer su ánimo escéptico más allá de su agudeza paisajística. Notables ejemplos son la presencia de su personaje en el interior del Congreso, como así también su propia presencia física en las calles porteñas, como respuesta a un funcionario que antepone la demanda de millones de habitantes frente a una sola comunidad.

En esos recargados dilemas sin resolver, En el nombre del litio se presenta como un caso testigo de las complejidades terrenales y narrativos sobre la urgencia de resolver un mundo en devastación, sin poder resolver sus diferencias previas. Una brecha tan amplia como para que no se concrete algo tan habitual como es enviar un mensaje por Whatsapp.