Pensamiento Crítico

El Evangelio según Yunga

Por Yunga

Ustedes me leen/ven así toda brava y combativa, pero la verdad es que en mi corazón hay muy poquito lugar para el odio.

Conservo, por supuesto, una llamita encendida, porque cuando hay misiles cayendo sobre escuelas y comida que viene de feedlots, no odiar esta humanidad es cuanto menos cuestionable.

Y sin embargo, quienes me conocen saben bien que mi motor es el amor.

Franciscana como pocas, veo a los Mileis y a los Trumps como perros que han sido entrenados para odiar mediante violentos disciplinamientos. Existen todavía en la Tierra fuerzas “diabólicas” (por no decir biopolíticas) que exceden a la voluntad de las 8 mil millones de personas vivas. En otras palabras: si hubiesen nacido en el mundo que busco construir, Milei sería un therian veterinario y Trump un pelado actor de películas porno.

Así que con esa imagen nos retiremos por un momento del universo de la geopolítica, la Culpa, las Grietas y hasta olvidemos por un rato a los genocidas. Veamos a los humanos con la distancia moral con la que estudiamos las hormigas y pensemos, por ejemplo, a la humanidad como un único Ser, confundido y aterrorizado porque cada día que pasa crece más y, como Alicia crecida y atrapada en una relativamente pequeña habitación, no encuentra la pastilla para volverse chiquita.

Bueno, de hecho, sí que encontró un par de pastillas: las anticonceptivas y las abortivas. Y una aún más poderosa: las nuevas xaternidades. Las familias queer, las familias inter-especies, las crianzas colectivas. Si en 1965 la población se duplica cada 30 años, hoy demoraríamos 80 años en duplicar los 8 mil millones que somos. Y de hecho, lo más probable es que antes lleguemos a un máximo de población, reduciendo también las vacas, paltas y sojas que utilizamos para vivir.

Quizás alcance con eso. Quizás incluso si no cambiamos nuestros hábitos de consumo y extractivismo, la población se reduzca tanto que hasta un sistema tan ineficiente como el capitalismo resulte suficiente para conducirnos a un futuro utópico. No voy a afirmar que sea imposible. Puede que sea esa la esperanza a la que se aferran quienes no se alarman demasiado.

Y está bien. Si algo he aprendido en mis años como miembra de la comunidad trans, es que nada lindo puede surgir sobre bases capacitistas: no podemos exigirle a una persona depresiva que no falte a las asambleas, a una persona autista que no se pierda las marchas, a una persona peronista que tire piedras, a una persona anarquista que empatice con un yuta o a une pequeñoburguese que se arriesgue a perder sus privilegios de clase… ¡Incluso si todo eso nos condujera a la mismísima destrucción del mundo!

No sé a ustedes, pero a mí cuando alguien me amenaza se me van las ganas de cooperar, incluso cuando pueda estar de acuerdo con lo que se me pide. 

Es por eso que fracasan las Campañas del Miedo. Es la difusión del miedo (por no decir el terrorismo de Estado) el que produce los Mileis y los Trumps, que se animan a salir en la tele diciendo todo eso que se supone que no se debe decir, apelando a la sana rebeldía de nuestra especie.

¡Y es por eso también, querides docentes universitaries, que a nadie le importa su lucha por el salario!

El eje de una lucha no puede estar puesto en lo que se pierde cuando una universidad desaparece o se privatiza, sino en lo que esa universidad puede aportar para resolver los problemas que condujeron a esa reducción de presupuesto en primer lugar: la relación de tamaño entre el monstruo humano y la Tierra que lo contiene.

Más concretamente: necesitamos, urgentemente, reemplazar la mitad de la soja por huertas agroecológicas.

Huertas que, al menos por ahora, necesitan manos que las cultiven.

No quiero ponerme demasiado maoísta. Pero, ¿acaso no es obvio que necesitamos una revolución cultural que nos permita re-ruralizar y reconectar con la tierra y la ancestralidad diezmada?

Cuando hablo de re-ruralizar y de abandonar las ciudades, muchas veces se me dice “Nooo, hay que proteger el poquito bosque nativo que quedaaa”. Les invito a dar un vistazo al país con la imagen satelital de Google Maps: vivimos en un océano de trigo y soja. Dar la espalda al monte y amontonarnos en las ciudades mientras comemos vacas alimentadas de soja no estaría ayudando a proteger el monte. Necesitamos, hectárea por hectárea, ir reemplazando los mares de monocultivos por huertas y casas de adobe.

“¿Y qué tengo que ver yo, universitarie, con ese ordenamiento territorial?”, dirán quizás. “Que se encarguen los políticos”. Bien, si ese es tu pensamiento, seguí con tu reclamo salarial, tu investigación académica y listo. El resto: a buscar plata. Del Estado, CONICET, la UNC o incluso une que otre docente que disponga algún terrenito para prestar a este urgente experimento.

Habitar el territorio y cultivar alimentos listos para el consumo es a mi entender la forma más rápida de sacarnos de encima a los Carrefour, los McDonalds y los Uber, para empezar a construir la soberanía soñada.

En el nombre de la Madre, la Hija y la Espíritu Santa.