De Muerte o Vida III
El gasto militar mundial alcanzó en 2024 el récord histórico de 2,7 billones de dólares, tras diez años consecutivos de aumento. Desde 2015, el crecimiento global fue del 37%. Nunca, desde el fin de la Guerra Fría, el mundo había invertido tanto en prepararse para la guerra.
Por Rodrigo Zori Comba
Foto original: Majid Saeedi/Getty Images
Volví a la Matria por unos días.
Cuánta esperanza en la supervivencia humana me da ver un pueblo tan solidario a pesar de los golpes. La cantidad de gente que la pelea todos los días para sostener la vida, la familia, la paz, la unidad, el territorio. Madres solas que siguen haciendo malabares con muy poco, no solo para alimentar sino para mantener la felicidad en el hogar, la armonía, el acompañamiento y la contención en un medio que a veces no acompaña. Pero claro, es cuestión de apagar la tele un poco, de renegar con lo cercano que, al compartirlo con otrxs, se transforma en solidaridad organizada para el sostenimiento de comunidades, de barrios, de pueblos, de capillas, de espacios cooperativos. Mini democracias participativas para organizar unidades familiares, pequeños grupos o colectivos que intentan construir un mundo mejor. Un mundo posible que ya existe. Porque el “cielo” no está allá arriba en el firmamento, sino que comienza al ras del suelo y desde allí hasta donde nos dé el cuero para construirlo y sostenerlo, cuidarlo y protegerlo.
En el poco tiempo que pasé en mi querida Córdoba serrana pude respirar la resistencia organizada, pacífica y firme, consciente del valor del oxígeno limpio, del agua, del alimento sano, de la sombra de un chañar en un día de mucho sol, del río y del arroyo fresco y claro.
Las experiencias del Refugio Libertad, de Villa Ciudad Parque y de Villa Albertina, las más cercanas y las que logré recorrer mínimamente en mi corto tiempo, son una cachetada pa’ no dormirse, para despertar, ver, copiar y pegar como se pueda, con los matices de cada lugar. La Comunidad Organizada en torno al sostenimiento de la vida de estas comunidades, como de varias otras que conozco y no logré visitar, son guía, son cómo y son porqué. Son esperanza en tiempos de incendios, como las comunidades organizadas que resisten con valentía y compromiso humano en la Comarca Andina. Son ejemplo de vida y de resistencia.

Toda esta hermosura resiste en tiempos en que “imponer la Paz a través de la Fuerza”, como dice el Documento sobre la Estrategia de Seguridad Nacional de noviembre de 2025 de los EE. UU., requerirá de un Patio Trasero entregado a tal fin, de un “hemisferio occidental asegurado”.
Esa Fuerza no es una metáfora ni un concepto encerrado en un documento oficial. Es acero, combustible, bases militares, inteligencia satelital, puertos estratégicos, cadenas logísticas blindadas, y un largo etcétera de energías y cuerpos. Es presupuesto en defensa que crece y crece.
Según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), el gasto militar mundial alcanzó en 2024 el récord histórico de 2,7 billones de dólares, tras diez años consecutivos de aumento. Desde 2015, el crecimiento global fue del 37%. Nunca, desde el fin de la Guerra Fría, el mundo había invertido tanto en prepararse para la guerra.
En el caso de EE.UU., se trata del presupuesto militar más grande del planeta, cercano al billón de dólares anuales, equivalente al gasto combinado de los ocho países que lo siguen, incluidos China y Rusia. China mantiene menos de un 2% de su PBI en defensa, pero es la segunda potencia militar en inversión: superó los 300 mil millones de dólares en 2024 y lleva más de tres décadas aumentando su gasto de manera sostenida. Rusia, impulsada por la guerra en Ucrania, duplicó su presupuesto en la última década y hoy destina más del 7 % de su PBI a defensa, uno de los porcentajes más altos del mundo.
No son hipótesis, es una carrera armamentística abierta y declarada.

Gasto militar acumulado por regiones desde 1988. Gentileza: FlyNews.
Todo este dinero significa energía y minerales críticos, territorios, rutas marítimas, corredores bioceánicos, alimentos, agua, personitas. Estos dementes (se me acaban los adjetivos y en tiempos de archivos Epstein no quisiera seguir agregando para no “desviar”) necesitan, en definitiva, nuestros ecosistemas, nuestras culturas, nuestras formas de vida y nuestros recursos naturales integrados, o totalmente subordinados, a una arquitectura estratégica de dominio global que no diseñamos.
A esto se suma Europa, donde durante décadas la exigencia a los países miembros de la OTAN parecía estable: destinar al menos el 2 % de su Producto Bruto Interno al gasto en defensa. Ese 2 % funcionaba como símbolo de compromiso compartido bajo el paraguas estadounidense. Pero el 2 % dejó de ser suficiente.
Con la administración Trump, la presión aumentó drásticamente. Europa debía “pagar más”. El nuevo reclamo fue elevar el gasto al 5 % del PBI. El mensaje era directo: la protección tiene precio (la mano negra, con guantes blancos, llenos de sangre), y ese precio debía multiplicarse. “Lo lograste, papi”, le dijo Rutte a Trump en un mensajito al lograr la firma de los países miembros de la OTAN por el 5 %. Los arrastrados son casta.
Y tampoco el 5% parece alcanzar.
En un debate europeo de enero de 2026, a raíz de la posible invasión rusa —¡perdón!— a raíz de la posible invasión/anexión de Groenlandia por parte de EE. UU. (debo reconocer que es territorio del continente americano, y que sea parte de Dinamarca todavía es bastante absurdo), el propio secretario general de la OTAN, Mark Rutte, planteó que, si Europa aspirara a garantizar su defensa sin depender de Estados Unidos, debería pensar en cifras mucho más altas: 9% o incluso 10% del PBI. Es decir, niveles de gasto propios de economías en guerra permanente.

La progresión es reveladora: del 2% al 5 %, del 5 % al 10 %, en tiempo récord. Cada salto no es solo una cifra. Es una redefinición estructural del modelo económico. Es menos inversión social y más inversión militar, algo que Rutte pidió literalmente hace ya varios meses. Es la consolidación del complejo industrial armamentístico como columna vertebral del nuevo orden, basado en nuevas reglas, el poder militar para patear cualquier tablero. Es la “Paz a través de la Fuerza”. Falta que digan “para una transición energética limpia”.
Hay documentos sobre el uso de biocombustibles (energía verde) por parte del USDoD (Departamento de Defensa de EE. UU.). No tengo certezas, pero tampoco dudas de que China y Europa andan por el mismo camino.
Y aquí aparece lo que suele omitirse.
Este rearme global no se sostiene en el vacío. Necesita litio, cobre, tierras raras, petróleo, gas, acero, alimentos, soldaditos, etc. Necesita energía y minerales para drones, satélites, misiles, inteligencia artificial militar, blindados, infraestructura digital. Necesita cadenas de suministro aseguradas lejos del teatro de guerra.
¿De dónde saldrá todo eso?
¿De Groenlandia? Quizás, pero lo más seguro es lo que ya hay: América Latina y la Mamá África.
América Latina no solo abastecerá a Estados Unidos en su competencia estratégica con China. También abastecerá a Europa en su proceso de militarización acelerada. El Acuerdo UE-Mercosur no hará más que fortalecer y acelerar ese proceso: más minería, más expansión de la frontera agrícola, más presión sobre bosques, glaciares y acuíferos, más corredores logísticos diseñados para exportar materia prima con eficiencia geopolítica.

La nueva Estrategia de Defensa de los Estados Unidos para 2026 no se trata simplemente de un documento técnico. Es una declaración política sobre cómo se concibe el mundo y cuál es el lugar asignado al hemisferio occidental y a nuestra América.
El texto redefine la defensa no como protección del territorio propio, sino como necesidad de asegurar el control estratégico sobre todo el hemisferio. El Canal de Panamá, el Golfo de México, las rutas marítimas y energéticas aparecen como piezas de una arquitectura de poder que trasciende fronteras formales. La vieja Doctrina Monroe resurge actualizada: el hemisferio occidental como área exclusiva de influencia, la doctrina Donroe (Donald Trump – Monroe).
Ese control ya no es solo discursivo. En los últimos meses, fuerzas estadounidenses han interceptado e incautado buques petroleros vinculados al comercio venezolano bajo régimen de sanciones, incluso en aguas internacionales. Para algunos es aplicación legítima de sanciones; para otros, extraterritorialidad que tensiona el derecho internacional marítimo. Han secuestrado a un presidente de un país soberano, y demás injerencias indirectas en casi cada territorio.
La comparación histórica es inevitable: en los siglos XVI al XVIII, las coronas europeas otorgaban patentes de corso (permisos para robar en altamar para la corona) para capturar barcos enemigos y tomar botines. Hoy no existen reyes que firmen permisos de corso, pero la pregunta ética persiste: ¿cuándo el uso de la fuerza sobre rutas comerciales deja de ser defensa y se convierte en imposición, es choreo clásico?

El derecho internacional ofrece mecanismos: Corte Internacional de Justicia, Corte Penal Internacional, Naciones Unidas, etc. Pero su eficacia depende de la voluntad de los Estados, de todos. Existen órdenes de captura que no se ejecutan, como la de Netanyahu, una persona con pedidos judiciales que continúan ejerciendo poder. La justicia global no es automática ni neutral: es también terreno de disputa política. Me pregunto si valdrá la pena salvaguardar esas reglas para reordenar el mundo algún día.
En este escenario emerge otro actor global con presencia creciente en América Latina y el Caribe: China.
China tiene intereses. Necesita recursos naturales, energía, mercados y ampliar la Ruta de la Seda. Pero su acercamiento a Latinoamérica, y su política declarada en su último documento: China’s Policy Paper on Latin America and the Caribbean (Documento Oficial de Política de China hacia América Latina y el Caribe), se centra en la cooperación, infraestructura, conectividad, comercio y respeto formal a la soberanía; hablan de solidaridad. China, por ahora, no despliega bases militares en la región, no bombardea, no interviene militarmente, no financia golpes de Estado ni promueve cambios de régimen por vía armada.
Eso no significa ausencia de intereses; significa otro método. Un método que, desde 1949, transformó un país enorme que vivía en la “Edad Media” en lo que es hoy: el gran “cuco” que, con las reglas de Occidente, los enfrenta y les compite.
La región se convierte así en escenario de disputa entre modelos: uno basado históricamente en la supremacía militar hemisférica; otro centrado en la expansión económica sin intervención bélica directa.

Pero cuidado: que China no “dispare” no implica que no extraiga. La presión sobre nuestros territorios puede venir por múltiples vías. La diferencia no está solo en quién compra nuestros recursos, sino en si nosotros definimos el marco en que se extraen. Aparentemente China quiere negociar; los otros quieren seguir imponiendo el Plan Cóndor.
Argentina tuvo históricamente una tradición de neutralidad relativa, de búsqueda de equilibrio, de diplomacia pragmática. No fue perfecta, no fue siempre coherente. Pero existió una noción de autonomía y soberanía estratégica.
Hoy, bajo el gobierno de Javier Milei, esa tradición se rompe explícitamente, sin disimulos. La política exterior se alinea de manera abierta y declarativa con Estados Unidos e Israel, no solo en términos diplomáticos sino ideológicos y hasta religiosos. La neutralidad es descartada como debilidad. El alineamiento se presenta como virtud.
Pero en un mundo que se militariza, alinearse sin condiciones no es inocuo. Significa integrarse a estrategias que demandarán recursos, territorios y posicionamientos. Significa quedar más expuestos a las tensiones de una disputa global que no controlamos. Y si compramos aviones de combate en vez de financiar la salud y la educación, el final puede ser trágico.
Por eso insisto, y quienes me conocen saben de este don/defecto que tengo: la reindustrialización argentina y latinoamericana, planteada sin un marco ecológico radical, es un suicidio.
Si no se construye/reindustrializa armónicamente desde el cuidado de los ecosistemas existentes y la regeneración territorial orientada a una producción de alimentos sana y diversa, no será desarrollo: será aceleración del agotamiento.
No podemos competir en la carrera imperial replicando la lógica de devastación. No tenemos el margen ecológico para hacerlo. América Latina es uno de los mayores reservorios de biodiversidad del planeta. Somos agua dulce, selvas, bosques, glaciares, suelos fértiles. Somos territorios vivos, todavía, y con relativamente poca población.
Si el siglo XXI se define por la competencia entre potencias, América Latina enfrenta una decisión histórica: militarizar economías y profundizar el extractivismo para alimentar la disputa, o convertirse en territorio de paz, o asegurar la mayor cantidad de territorios posibles para la misma.
Difícilmente podremos frenar el flujo de sangre que corre por las venas abiertas de nuestra América Latina, pero quizás podamos decidir cómo vivimos mientras tanto. Podemos resistir en la calle o en el campo, en la oficina o en la huerta, en la marcha urbana o en la asamblea del territorio a proteger. El planteo no pretende decir qué es mejor ni, mucho menos, qué es más importante. Pretende compartir el sentimiento de saber lo que es resistir desde un ecosistema vivo y diverso, lleno de naturaleza que hace bien mientras tanto. Y desde allí, quizás podamos garantizar alimento, dignidad y soberanía básica para nuestros pueblos. Eso sí, valorando, agradeciendo, apoyando y comunicándonos de la forma más fluida posible con quienes ponen el cuerpo en el Congreso, en la Plaza, en todos los espacios urbanos, industriales, sindicales, científicos, educativos, de salud, etc. Somos un país.
¿El presupuesto militar, de seguridad e inteligencia crece? Entonces no dejemos de pedir todo lo que se deba y se pueda a quienes deberían financiar la vida más que la muerte. Por lo menos intentemos tener los proyectos, necesidades y presupuestos a mano y/o presentados, ya que cuando el imperio caiga, impactará de menor forma a quienes mayor libertad real territorial y soberanía alimentaria, en el marco de una comunidad organizada posean.
Nunca será lo mismo que nos tengan hacinados, en fila, encerrados y fácilmente administrables, a que estemos dispersos, respirando aire limpio, tomando agua segura y produciendo alimentos sanos de forma organizada. La diferencia no es romántica: es política. Un territorio concentrado es más sencillo de vigilar, de disciplinar y, si hace falta, de reprimir. Un territorio vivo, con comunidades arraigadas y autonomía material, resulta mucho más difícil de someter. La pandemia lo dejó en evidencia.
No es casual que los modelos productivos más intensivos privilegien el encierro. En los sistemas de engorde a corral, las vacas confinadas pueden aumentar su peso con rapidez, pero la calidad de esa carne rara vez es comparable con la de un animal criado libremente en el campo. La diferencia no es solo de sabor: es de condiciones de vida. El modelo que maximiza rendimiento inmediato tiende a empobrecer los procesos naturales que sostienen esa producción. Lo mismo ocurre con las sociedades humanas cuando se prioriza la eficiencia del control por sobre la calidad de la existencia.
Como me dijo un gran compañero, “mirá desde donde resistimos Rodri”, pero no me lo dijo desde la nostalgia ni el aislamiento, sino desde la dignidad y la humilde felicidad de saber que no se trata de huir del mundo, sino de reconstruir bases materiales de autonomía para la supervivencia humana desde las periferias menos “contaminadas”.
Allí donde todavía es posible sembrar, regenerar suelos, sostener vínculos y producir sin devastar, se abre un margen real de soberanía.
