El entierro y la búsqueda

Una reseña al libro Impenitentes: Por nuevas orientaciones en el metal argentino, de Emiliano Scaricaciottoli.

Por Lea Ross

En una escena de El prófugo, la película de terror que estrenó Natalia Meta este año, el personaje de Daniel Hendler decide cantarle un karaoke a su amada Inés, interpretada por Erica Rivas. La canción es un clásico de Rata Blanca. La pretensión melodiosa con mal manejo de tonos es un acto de vergüenza ajena, subrayado por un personaje con peinado al costado y suéter atado al cuello. Más para Inés, que al ser tenor y doblajista, tiene mucha consideración en el manejo de las cuerdas vocales. Quizás el grupo GIIMHA (Grupo de Investigación Interdisciplinaria sobre el Heavy Metal argentino), el colectivo de investigación crítica y militante que analiza el panorama actual del rock metal local, le inspiraría esa escena para hablar sobre esa incidencia ricardoarjoniana de aquella banda, la “más comercial” dirá una autora. Y si bien las referencias cinematográficas son a gusto y piaccere, su tercer libro titulado Impenitentes: Por nuevas orientaciones en el metal argentino, persiste todavía en profundizar ésa noción del parricidio, en referencia a matar a Ricardo Iorio, enlistado en las banderas del nacionalismo derechista, en tiempos donde parece que la paternidad se expresa no tanto en las salas de karaoke, sino en los cuartos oscuros del sufragio.

Como dice el prólogo de Impenitentes, el libro “se re-crea a través de microexperiencias, localizadas en el complejo entramado de las realidades del metal argentino”. Lo de “complejo entramado” no se reduciría solo a la propia biodiversidad del género, o de su intertextualidad con otros campos de arte (en particular, el audiovisual), sino también frente a la incertidumbre de orfandad ante el parricidio comulgado. Desde el comienzo, el compilado comandado por Emiliano Scaricaciottoli refuerza su posicionamiento “nuestroamericanista”, y por lo tanto “antiimperialista”: “Las nuevas referencias son el eje vital de éste libro”, aclara el mencionado. Así, emanan un optimismo en cuanto a la “transgenericidad musical”, a la puesta en jaque del machirulaje que tanto se caracterizaba el metal y que deciden no volver, y a una nueva Poética con letra mayúscula.

Desde su primer ensayo, Impenitentes subraya los modos de construcción autogestiva de distintas bandas, frente a los circuitos regulados por las grandes compañías disqueras o quienes se regulan con la máxima de “paga para tocar”. Para Noelia Adamo y Gito Minore, no solo la relación triangular artista-productor-público se vuelve menos opaca, sino que además lleva a ensanchar más la distancia entre colectivismo y individualismo, no sin advertir de los riesgos de la autoexplotación, aunque reforzando lo novedoso de las ferias en los últimos años.

Sin embargo, Noelia Adamo advierte que esa “hermandad” en resistencia se encamina a una virilidad patriarcal, cuya rigidez normativa expulsa todo aquello que no se compenetre con lo heteromasculinizante. Plantea lo irónico que el sujeto metalero discrimina al puto, pero a la vez se apasiona por los villanos del cine y la literatura, como si no advirtiera que hay una “villanización de la homosexualidad”, teniendo al vampirismo como ejemplo más evidente. “Entonces me pregunto acaso si la estética metal no es una estética drag”, se la juega la autora.

Algo de esa “descentralización” se percata en cierta alusión a la esquizofrenia reinante, muy presente en películas como el Joker, pero también, según Manuel Bernal, en los discos y canciones de las bandas Bandera de Niebla y Banda de la muerte. Otros tantos, como Ambassador y Güacho, son ejemplos legitimados por el libro que, directamente, se alejan de ese estereotipo metalero.

Y siguiendo con la cinefilia, también se menciona la frustrada trilogía slasher de Matan SA, cuyas canciones y adaptaciones en video arman una trama sobre un asesino psicópata, con puntillas referidas a la alternancia de perspectivas, de víctima a victimario, y el uso del montaje paralelo para equiparar lo monstruoso y sanguinario con el abuso estatal e institucional. “Resistir, ¿a qué? A la consolidación de un paradigma que haga de la verdad el gesto represivo de toda forma de ficción”, reflexiona Juan Ignacio Pisano, parafraseando a Rancière.

La devoción por el cine clásico de terror se formula en la experiencia de Terror en Camino Negro, sin perder de vista que gran parte de las referencias a esas películas provienen de la industria estadounidense. Lo irónico de esto, y que no se percata el libro, es de la experiencia cinematográfica reciente en nuestra patria, que es la obra Muere monstruo muere, de Alejandro Fadel. Curiosamente, un homónimo a la canción compuesta por el propio Iorio, el padre asesinado. Como un fantasma que merodea por el interior de nuestras fronteras que nos obliga a salir de ellas.

“Lo que parece no tener fin es la violencia”, dirá Luciano Scarrone. En ese sentido, la relación patria y pija están presentes en Iorio. ¿No es acaso esa misma narrativa patriotera, que aplica su conspiración de que toda “ideología de género” es una creación imperialista para destruir nuestras tradicionales como la familia? ¿No es eso acaso eso “antiimperialismo”, que tanto brega el libro? Eso es solo un ejemplo de los tantos que podemos hallar en un sin número de banderas argentinas desplegadas en las marchas más reaccionarias de los últimos años. Queda el interrogante, dentro y fuera del metal, sobre si es posible hallar esas nuevas narrativas sobre la patria, donde el libro exponen su existencia deambulatoria y sin un rumbo definido, más que pisar los huesos del padre asesinado.