El desafío urgente de despatriarcar nuestros modos de ver

Por Marina Sánchez Rial

Estoy muy contenta de estar aquí, con todas ustedes y quiero autopresentarme porque para hacer liderazgos nosotras tenemos que nombrarnos y por eso les voy a contar quién soy.

Marcela Lagarde

Antes que nada, quisiera presentarme. El ejercicio de hacer esta “auto-presentación indispensable” -en palabras de Lagarde-, es importante para empezar a volvernos narradoras de la historia, ya no sólo partes del relato. Mi nombre es Marina Sánchez Rial; en un plano más cotidiano simplemente Mar, y en esas tres letras me muevo inmensamente más cómoda. Soy fotógrafa, videógrafa, docente, comunicadora e investigadora. No se preocupen, aquí el orden no altera el producto y, aunque eso no dice quién soy, al menos contextualiza desde qué experiencias voy a hablar sobre esta temática. Aunque también, inevitablemente, voy a escribir desde otro plano de vivencias, menos ligadas al ámbito profesional y académico, pero igualmente imprescindibles, y sobre todo, indisolubles de mi forma de comprender y habitar el mundo. Voy a hablar como mujer cis, como latinoamericana, cuyo cuerpo no se adecúa a cánones hegemónicos de belleza. Voy a escribir habiendo sufrido acosos y violencias por parte de varones cis, o en nombre de ellos, y los miedos que puedan atravesarme, siempre de una manera u otra, involucran a un hombre. Escribo, sobre todo siendo consciente, que durante gran parte de mi vida, mi construcción del mundo venía ligada a autores varones. La música que escuchaba, si no era cantada era producida por varones, los escritores que leía, las obras que me deileitaban y las fotografías que me llegaban siempre traían por detrás, una mirada de varón, cuyas experiencias de vida, eran muy distantes a las mías.

Gerda Lerner en “La creación del patriarcado” destaca dos puntos claves a la hora de pensar la historia desde un punto de vista no patriarcal.

La hegemonía masculina en el sistema de símbolos adoptó dos formas: la privación de educación a las mujeres y el monopolio masculino de las definiciones. Lo primero sucedió de forma inadvertida, más como una consecuencia de la dominación de clases y de la llegada al poder de las élites militares. (…) Pero el dominio masculino de las definiciones ha sido deliberado y generalizado, y la existencia de unas mujeres muy instruidas y creativas apenas ha dejado huella después de cuatro mil años. (Lerner, 1990 p.65)

La voz masculina (heteronormativa, blanca y con poder económico) se ha convertido en la medida desde la que se nombra el mundo, y su mirada es la que ha llegado a traducirse en la narración visual de nuestro universo simbólico. La educación visual por la que hemos atravesado está inmensamente bañada de un modo de ver, uno solo, privilegiado y limitado a la vez. En esa interpretación del mundo las mujeres, trans, travestis, lesbianas y no binaries no somos sujetos con poder de definición, sino objetos nombrados  por quienes son los sujetos de este mundo.  Laura Mulvey decía: “Ver una película de Hollywood es ver como un hombre”. Nos han mostrado tantas veces esta perspectiva, que de alguna manera ha transformado nuestro modo de ver, no solo el mundo sino a nosotres mismes. Nos hemos dispuesto a ser solo para ser miradas.

En su tradicional papel de objeto de exhibición, las mujeres son contempladas y mostradas simultáneamente con una apariencia codificada para producir un impacto visual y erótico tan fuerte, que puede decirse de ellas que connotan “para-ser-mirabilidad” (to-be-looked-at-ness) (Mulvey, 1975, p4)

¿Pero qué sucede cuando agarramos una cámara de fotos y empezamos a tomar y hacer fotografías? Bueno, suceden muchas cosas, sobre todo magia, pero también, surge mucho ruido interior. Porque verdaderamente, se vuelve un trabajo muy complejo intentar romper la barreras preconcebidas e instaladas dentro nuestro, en orden de dejar de ser objeto de “mirabilidad” en pos de convertirnos sujeta que mira, habla y define.

“¿LAS MUJERES TIENEN QUE ESTAR DESNUDAS PARA ENTRAR AL MUSEO?”

 Guerrilla Girls

En los años 80, las artistas del colectivo Guerrilla Girls lanzaron campañas de comunicación reclamando entrar en las galerías y los museos de la ciudad de New York. La ausencia de nombres de artistas mujeres en las exposiciones ha sido una problemática desde siempre y continúa hasta nuestros días, aunque la militancia y el esfuerzo de numerosas artistas y agrupaciones ha ido generando (lenta y parcialmente) la apertura de algunos espacios. En el mundo de la fotografía publicitaria, la lista de fotógrafos varones es abrumadoramente más larga que la de fotógrafas, y las disidencias prácticamente no aparecen (y digo prácticamente, porque tengo esperanza de que aunque yo no haya podido encontrarles, existan y estén trabajando en el medio). 

En el fotoperiodismo, hemos debido batallar con cuerpos masculinos parándose delante nuestro con violencia, aun en marchas como Ni una Menos o campañas por la Legalización del Aborto. Cuando hay exposiciones de artistas femeninas, muchas veces, el único punto que une las obras es el género de las autoras. En los medios más importantes las imágenes que vemos fueron, en su mayoría, realizadas por hombres y cuando estudiamos fotografía los nombres que aprendemos son los de los varones que marcaron la historia. Las mujeres son las excepciones. Las disidencias un silencio.

El mundo se define en masculino y el hombre se atribuye la representación de la humanidad entera. Eso es el androcentrismo: considerar al hombre como medida de todas las cosas. El androcentrismo ha distorsionado la realidad. (Varela, 2008, p. 45)

Esa distorsión ha afectado a todas las ramas de la ciencia, el arte, la cultura, y hasta la propia experiencia vital, ya que esta definición del mundo nos afecta en lo más íntimo, en nuestra propia manera de concebirnos y vernos. Tomar a lo masculino como el centro de referencia de nuestras “normalidades” ha implicado que múltiples aspectos de las vidas biológicas, sexuales, emocionales, sociales, educativas, etc. que no atraviesan al “varón normativo” caigan en el ámbito del tabú, de lo “anormal”, y a lo largo de la historia, hablar sobre ello ha implicado censuras y estigmatización.

La masculinidad no sólo aparece como el elemento jerarquizado del par de género binario (masculino/femenino), sino que también se ubica como representante de la totalidad de la humanidad, como lo universal que habla, mira, juzga y decide. Así, cuando habla un varón, si cumple con las características de la masculinidad normativa (varón, heterosexual, blanco, clase media/alta), pareciera que lo hace en nombre de la totalidad de los seres humanos. (Chiodi, 2019, p.14)

La fotografía no ha escapado a esta categorización, sino que ha sido estructural a lo largo de su historia. John Berger, en su celebrado libro (y programa de televisión[1]) “Modos de Ver”, comprende que la forma de narrar sobre los sujetos femeninos difiere de las maneras de hablar sobre lo masculino, no solo porque quien mira es varón, sino también, siempre se lo ha comprendido como el destinatario de todos los mensajes (Berger, 2016) Esto vuelve al hombre el emisor y el receptor ideal del cúmulo de mensajes producidos en una sociedad; y a quienes estamos fuera de ese ideal, en meros públicos secundarios, jamás emisores. Nuestras historias no son narradas, y cuando llegan a serlo, son vistas desde fuera, por un espectador privilegiado, testigo limitado de nuestro inmenso universo.

Cindy Sherman se interroga sobre la identidad femenina y su conclusión es que la mujer no es más que un montón de clichés generados por los telefilmes y la publicidad.

Joan Fontcuberta I Villà

Susan Sontag nos dice en su clásico libro “Sobre la Fotografía” que “las fotografías alteran y amplían nuestras nociones de lo que merece la pena mirar y de lo que tenemos derecho a observar” (Sontag, 2006). Cabe preguntarnos entonces, qué sucede cuando el mundo es mirado y narrado desde un lugar muy específico, desde un espectador-narrador que no acerca, ni remotamente, a la imparcialidad; y a su vez ¿qué entra y qué cae afuera de ese listado de lo que merece ser observado?

Esta manera de producir imágenes ha calado tan a fondo, que hemos crecido mirando-admirando fotógrafos varones, cuyo mensaje está en el centro de la escena fotográfica. Este aprendizaje visual conlleva a que nuestra mirada se perfile sumamente influenciada por la narrativa fotográfica hegemónica. Pero la ruptura ha comenzado. Cada ola feminista fue acompañada de mareas de fotógrafas narrando el mundo con miradas propias, y hoy más que nunca, el molde de nuestra visión se ha requebrajado. La urgencia de despatriarcar nuestras miradas es inminente y como dice la querida fotógrafa documentalista Natalia Roca: “Para despatriarcar la mirada, hay que despatriarcar la vida”.

En el Seminario “Fotografía y feminismo: Despatriarcar la mirada”,  buscamos reflexionar sobre estos ejes. No es la intención ubicarnos como una mirada anti-patriarcal, sino que, al evidenciar la mirada única provista por el sistema en el que estamos inmersas, habilitar el surgimiento de otras múltiples miradas. Perder este narrador único y omnipresente, con su único destinatario, para dar lugar a otros diálogos, otras sensibilidades; nuevos cuestionamientos y círculos de difusión. El mundo no puede ser narrado desde un centro, porque no somos periferias. El caleidoscopio que generamos es inmensamente más rico que el monólogo que hemos escuchado.