Economía, pobreza y progresismo en tiempos de Pachakuti


¿Qué está arriba? ¿Qué está abajo? ¿Pobre o ricos? ¿Izquierda o derecha? Al igual que la máxima expresión del positivismo científico occidental, la física cuántica, la cosmovisión aymara habla de complementariedad en vez de dualidad. De caminar la penumbra para hallar la luz en la oscuridad de esta crisis civilizatoria. Menos palabras, más abrazos.

Podemos decirlo de este modo: la derecha extrema ha hecho saltar por los aires la lengua de lo políticamente correcto, que consiste en no llamar por su verdadero nombre la realidad de los derrotados. Es decir, todos sabemos que las líneas de dominación del sistema producen indios, negros, palestinos, putas o migrantes, pero contamos con un eufemismo políticamente correcto para evitar la desagradable experiencia de exhibir esas relaciones de poder. La derecha extrema, al percibir amenazados sus privilegios, ha decidido hablar claro, afirmar esas relaciones de dominación, desinhibir su verbo. ¿Qué hacemos ante eso? ¿Reaccionamos como custodios de lo políticamente correcto, como policías de la lengua?”

Diego Stulwark

“Yo creo que la derecha otra vez quiere poner en agenda algo que claramente hay un montón de otras cosas con prioridades para discutir. Hoy estábamos hablando de la pobreza, de los índices de pobreza. Y yo creo que hay otras urgencias. La agenda de tierra, techo y trabajo que nosotras venimos militando desde abajo tiene que ver justamente con la falta de representación y con la agenda que te quieren imponer todo el tiempo los poderosos”

Natalia Zaracho

Mientras los grandes medios de comunicación y las redes sociales afirman que la expectativa de vida llega hasta pasados los setenta años, ese avance científico no llega a muchas pibas y muchos pibes de estas regiones. Ellos no leen los libros que escribimos, ni los diarios donde publicamos ni tampoco escuchan nuestros programas de radio, ni ven nuestros proyectos televisivos.
¿Qué hacemos nosotros ante esta realidad?
El narcotráfico es el ciclo capitalista actual de acumulación de dinero fresco e ilegal, que alimenta otras actividades legales. Y junto a las armas conforman esa manera de concentrar efectivo sin rendir cuentas a nadie. Hay muchas armas y mucha droga entre los pibes y el pueblo en general porque así se mantiene el sistema”.

Carlos Del Frade

Por Tomás Astelarra | Ilustración: @nico_mezca y maxomatic

Cuando me piden que profundice en el término pachakuti no tengo mucho más para decir que lo poquito que aprendí de algún jipi o amawta andino (o las dos cosas a la vez, como mi amigo Xuan Pablo González). En principio que habla de un cambio de era. Que no es un fin del mundo (como sería la definición occidental cristiana del apocalípsis). Sino de un cambio de mundo. Otro mundo posible. Porque vamos a ser sinceros, según la realidad que vivimos, ni capitalismo ni comunismo han funcionado. Por ende sus variantes endulcoradas (como el progresismo o el desarrollo sustentable) tampoco están teniendo mucho resultado. El anarquismo es una teoría cuya práctica ha sido aniquilada y hoy es sinónimo de rebeldía adolescente casi punk e improducente a nivel social (siempre con gloriosas y venerables excepciones, como todo). El peronismo y el marxismo (como cualquier ismo que surge de un nombre propio) tienen tantas interpretaciones como devaneos intelectuales de sus líderes (ya hace rato tierra fértil o viaje de estrellas). Después está el zapatismo o el indigenismo en su variante más arcaica. Ambas cuentan con una gran problema práctico: ni nosotres ni les mismes indies somos como los indios antiguos, o como esos valientes focos de resistencia autónomos que dios sabe como sobreviven a tanto desprecio y masacre paramilitar. Estaríamos más cerca de encontrar alguna tipo de solución a esta hidra capitalista en ese mundo cheje que analiza Silvia Rivera. O como la permacultura, algo que mezcle lo mejor de la modernidad y la antigüedad. Porque la mejor metáfora de qué carajos es un pachakuti me la dio el viejo Don Tomás en su huerta de la isla del Sol: “es como arar la tierra, un gran caos, todo se da vuelta, se mezcla, lo arriba para abajo, lo de la izquierda para la derecha. Es la mejor forma que crezcan nuevas semillas”. Creer o reventar. Nunca entender.

¿Izquierda o derecha? ¿Liberalismo?

Quizá ahora que pasó el tiempo sea un momento adecuado pa explicar (según io y varies intelectuales crudamente criticades en ese momento) las fuerzas sociales que confluyeron en el golpe de estado boliviano de hace un par de años. Porque no solo se trató de una avanzada criminal de la extrema derecha camba y la CIA y la OEA. Si ese hubiera sido el único factor de choque, el golpe ciertamente se hubiera producido mucho antes (básicamente desde la asunción de Evo).

Además de estos grupos minoritarios (que ya habían sido derrotados en 2008 luego de un crudo enfrentamiento), en 2019 se sumaron dos sectores sociales. En primer lugar pueblas originarias y movimientos socioambientales que desde hace años venían denunciado el exacerbado extractivismo del proyecto económico del MAS y su consecuente efecto en la criminalización y represión de estas mismas pueblas y movimientos (parte fundante del “Pacto de Unidad”, que no sólo permitió la llegada del Evo al poder, sino también sostener su gobierno en la casi guerra civil del 2008). Estas pueblas y movimientos simplemente no hicieron nada ante el golpe de estado. Aunque si fueron fundamentales para tumbar al nuevo gobierno de facto a través de densas movilizaciones encabezadas por el malku Felipe Quispe (cuyas declaraciones sobre Evo Morales o Álvaro García Linera harían sonrojar a más de un progresista argento y hacen que las diatribas del derechoso Luis Fernando Camacho suenen a piropos de Alfredo Leuco al gato Mauricio Macri). Fue este proceso de revueltas, que como espiral resurgieron de las cenizas de las guerras del Agua o del Gas (brillantemente descriptas en el libro Los Ritmos del Pachakuti por Raquel Gutiérrez Aguilar), el que volvió a situar en el poder al MAS y permitió reconfigurar la correlación de fuerzas entre estos sectores empresarios tradicionales de derecha moderada (con los que el MAS y la nueva burguesía cocalera o minera tejió una potente alianza económica) y las pueblas originarias y “pachamamistas” (que tienen puesta en el nuevo vicepresidente, David Choquehuanca, su garantía de un proceso más sano y respetuoso con la Madre Tierra). Ya sé que toda esta visión mía (y la de otres intelectuales sudakamericanos) de la realidad boliviana es prácticamente escandalosa para el progresismo argentino. Progresismo, que al igual que io, no tiene la más pálida idea de que es lo que sucede en este momento en Bolivia.

Economía en tiempos de Pachakuti

Pero el grupo sobre el que más me interesaba hablar era el de esa tercera vía o posición entre un gobierno desarrollista positivista (aplaudido por el FMI y el Banco Mundial) que terminó aliándose con el empresariado cruceño para sembrar soja transgénica y talar bosques (entre otros pecados ecológicos y antipachamescos como la megaminería) y las pueblas o movimientos más radicalmente pachamamistas (que están en contra de cualquier modelo “capitalista”).

En medio de la debacle neoliberal del Consenso de Washington, implementada en los ochentas en Bolivia por el ex líder popular (Perón de los Andes) Víctor Paz Estenssoro, junto al economista gringo Jeffrey Sachs y el futuro presidente Gonzálo “Goñi” Sánchez de Losada, un grupo de indígenas migraron del campo aquejado por la sequía y el cierre o privatización de las minas para comenzar indómitos, mugrosos e informales negocios comerciales en las periferias de La Paz. Esas cholitas que vendían celulares de contrabando traídos de Iquique en un paño mugrosos de calles de tierra periférica, son hoy dueñas de importantes negocios de informática que no sólo han impedido el ingreso de las multinacionales al mercado boliviano, sino que hasta han conseguido que la banca internacional les preste dinero de “palabra” (pueden encontrar decenas de maravillosas historias acerca de este capitalismo andino cheje en mi libro “La Bolivia de Evo”). Para cuando las multinacionales vieron en Bolivia un negocio en el crecimiento del consumo popular producto de la distribución de las rentas extractivas (el famoso efecto derrame desde abajo en una relación de “socios y no patrones”, como aclaró el Evo más de una vez), las cholitas ya le habían ganado de mano gracias a una pazciente red de relaciones comunitarias y ancestrales con exportadores chinos o empresarios textiles andinos instalados en Buenos Aires o Sao Pablo.

Sin embargo la relación entre el MAS y estos nuevos sectores empresarios aymaras no necesariamente fue amable. En su pragmatismo desarrollista y modernizador (según las tradiciones capitalistas europeas), el nuevo gobierno (dizque indígena) intentó cobrar impuestos o prohibir el contrabando. Del otro lado la justificación fue coherente: ¿Por qué estos sectores iban a pagar impuestos sobre un asfalto o tendido de luz que había surgido de forma cooperativa y con sistemas de créditos informales y comunitarios y no a través de la inversión del estado? Les hijes de estas nuevas clases comerciales andinas, de esta modernización plebeya (Jorge Viaña dixit), de una cultura cheje (mezcla de modernidad y tradición, como expresa la socióloga Silvia Rivera Cusicanqui) podrían tener una posición política parecida a las juventudes “liberales” que hoy en Argentina votan por Javier Milei. Sólo que se trata de un liberalismo plebeyo, andino, desde abajo. Estos jóvenes universitarios o emprendedores familiares, fueron parte de las revueltas sobre las que la derecha boliviana (traicionando su alianza con el gobierno del MAS) se montaron para pergeniar el golpe de estado de 2019. Es el mismo liberalismo comunitario con el que afrontaron la ausencia del estado durante los ochentas neoliberales. La nueva economía popular aymara puso en evidencia falacias del capitalismo global como la competencia perfecta, el efecto derrame, o el emprendeurismo, que según su ancestral visión, es imposible llevar adelante sin redes comunitarias. Una pata del milagro boliviano del que quizás deban aprender los expertos economistas progresistas a la hora de impulsar un efecto derrame desde abajo con una industria alimentaria oligopolizada y hace rato imposibilitada de dar trabajo a la mayor parte de la población (que luego de haberse inventado el trabajo hoy se definen como trabajadoras de la economía popular y hasta tiene un sindicato, la UTEP).

“Hay un tema de mucha flexibilidad con respecto a las lógicas de acumulación. Son lógicas no tan piramidales, más familiares. No se construyen grandes tiendas sino mas bien dos o tres, siempre intentando no tener muchos huevos en una canasta. No arman grandes empresas que crecen y quieren más tasa de retorno, prefieren una inversión menos eficiente pero con articulación de redes. Se crean colchones de diversificación tanto financiera como productiva y comercial. Son formas que no logran cuajar con las lógicas modernas, como explica Weber en La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo. Redes muy expandidas y eficientes que, claro, cuestan un esfuerzo enorme en términos de trabajo. Y siempre se han desarrollado al margen de la banca oficial, de los permisos estatales, de las normas de higiene y seguridad. Nunca ha funcionado eso en Bolivia”, explica el sociólogo Jorge Viaña. Este capitalismo andino (que también puede observarse en la Argentina, por ejemplo, en el mercado frutihorticola) fue uno de los grandes responsable del “milagro económico” de la Bolivia de Evo, con importantes relaciones comerciales y políticas con China. Su dinámica explica mucho más el crecimiento económico y la prosperidad del vecino país en las décadas pasadas que el tibio y corrupto proceso de industrialización encarado por el gobierno.

Física Cuántica

Nieto de polleras (cholitas), el filósofo Javier Medina estudió en la Universidad Mayor de San Andrés, pero se especializó en Holanda. Sus estudios comparativos demuestran que la física cuántica (el máximo logró de la ciencia positivista gringa) aplicado a la economía, o el derecho, o la política, da como resultado la misma lógica que el ayllu (la forma ancestral de organización comunitaria aymara). “Los indígenas por diseño siempre van a aceptar e incluir al otro como parte de su complejidad. Pocos recuerdan que la primera multinacional fue boliviana, del zar del estaño, Simón Patiño. Pero la ilusión del occidental es que si el ve que ha agarrado algunas cosas se ha convertido a su modelo. Es una ilusión, porque tu no puedes hacerlo por diseño, por lógica. Excluyes porque no está dentro de tu modelo. Los indígenas han aceptado al dios cristiano, pero el output de esa incorporación no es ortodoxo en el sentido vaticano. Los teólogos siempre han estado perplejos y al final han conciliado y hablan de un cristianismo aymara. Ellos aceptan el estado, el mercado, son parte de la república, pero eso no implica que renuncien a su otra forma, el ayllu, sino que se da un reequilibrio simbólico donde la data occidental es parte de su configuración. Nosotros pensamos que si se visten a la occidental y usan celular son occidentales. Tenemos una visión muy ingenua de la interculturalidad, somos reduccionistas, el método científico se basa en la reducción. La cultura occidental excluye las contradicciones. Lo alternativo aparece como un concepto interesante pero siempre en la disyuntiva. Lo alternativo es lo opuesto. Que surja significa que lo otro se minimize. Pero eso es ilusión. Lo indígena busca la complementariedad. Estamos en una sociedad capitalista, propiedad privada, ingresos, dinero, tu no puede borrarlo de un plumazo. Si vives en el campo es obvio que esa complementariedad va a ser más natural. Ahí lo occidental, el teléfono, la radio, el dinero, la cuenta bancaria, no es que van a desaparecer, pero se van a minimizar. Pero si vives en una gran urbe, tienes que ser millonario para ponerte en una función ecologista, porque nada va a ayudar a eso. Pero sí puedes aspirar a construir pequeñas redes de consumo consciente”, explica Medina. “En Bolivia la pobreza es muy extendida pero diferente a la de sectores más típicamente proletarios como las favelas de Brasil o las villas en Argentina. Porque acá vale un peso, un décimo de dólar, el desayuno. Eso ocurre porque hay una caserita que le llega el maní o la papa barata del campo. No te mueres de hambre. En cambio en la favela estás cagado, tenés que volverte sicario. Calculás: mejor morirme a los 15 por un tiro que a los 12 por hambre. No hay vínculos con la tierra, no hay redes de parentezco. Lo que te queda es volverte mafioso o vivir del estado, si podés”, aporta el sociólogo Jorge Viaña.

No me voy a cansar de citar a Humberto Eco cuando decía que la estadística es esa maravillosa ciencia según la cual si una mujer murió de hambre y un hombre empachado con un pollo los dos comieron medio pollo. O a la ecofeminista Yayo Herrera que se pregunta por qué el PBI incluye la fabricación de armas y no el cuidado de les niñes. En ese sentido es curioso hablar de pobreza desde una territorio (Traslasierra) donde buena parte de su población es estadísticamente “pobre” y hasta incluso “indigente”. Pero como describe Viaña para Bolivia, nunca falta el pan, ni el techo, ni las redes comunitarias de contención o salud. Y como describe Medina, no son tantas las necesidades que se deben cubrir para tener un Buen Vivir. El buen vivir de estas tierras (que incluye “jipis” y “paisas”) solo puede ser nublado por las noticias o migajas de un desarrollo urbano y civilizatorio fallido del que muches hemos huido por cuestiones “éticas” (más allá de todos nuestros privilegios) o “prácticas” (precisamente por falta de privilegios). Como dice mi amiga periodista, activista, caminante y militante italiana, Sara Masteralto: “el problema de la humanidad no es de clase, sino de aspiración de clase”. El problema es que no han dicho que la economía es la ciencia que “administra recursos escasos para necesidades infinitas”. El que dijo eso es un boludo que nunca vio los frutos de un árbol o puso una semilla de zapallo. O un hijo de puta que quiere hacer dinero a costa de otros a través de la publicidad o la obsolescencia programada. Después está esa importante parte de esa población (boludos o hijos de puta) que todavía cree en el camino civilizatorio es el de ese pequeño, cada vez más pequeño, pequeñísimo, porcentaje de la población, que cada vez tiene más, mucho más, muchísimo más, mientras el resto cada vez tiene menos. “Lean, lean, que cuando lean van a estar de esta lado”, le decían las mamitas del cauca colombiano a los policías que intentaban reprimirlas. “Fijate bien hijo, porque si no haces las cosas para estar entre esos poquitos que cada vez tienen más plata, un día vas a estar en esta cola”, le dijo una doña de una olla popular del conurbano bonaerense a un periodista trajeado de un medio hegemónico. Incluso muches padres y madres de ese 1% de población dueñas de la economía mundial, cada vez ven con más asombro como sus hijes renuncian a sus privilegios para seguir los caminos de esas indias zaparrastrosas e ignorantes que adoran la Pachamama.

Por mi condición de privilegio de nacimiento aún mantengo contacto con importantes empresarios nacionales. Luego de años de charlas, cada vez admiran más mi opción de vida y me piden contactos para colaborar con los movimientos sociales de la economía popular. Tienen una visión ecologista y saben que el sistema capitalista tiene certificado de defunción. Por supuesto que votan por Cambiemos y cuando avanza la discusión me salen con la boludez esta de los setenta años de gobierno peronista. Sin embargo, apenas asumió el gobierno de Cambiemos, hablando del nuevo Secretario de Industria, uno me dijo: “extraño a Moreno, era terrible mafioso, pero te solucionaba los problemas y sabía todo de nuestro mercado”. La frase se vuelve a repetir cuando le pido referencias del buenazo de Matías Kulfas. Bastante más tino que los progresistas que se indignan porque Manzur es un machirulo o Aníbal Fernández un narcorepresor. Cómo si viviéramos en un mundo que no estuviera infectado por el patriarcado, el narcotráfico y la represión (actividades o negocios de los que mucho uso hacen, tal como describe Del Frade, los sectores empresarios sin que a nadie se les mueva un pelo). Cómo si realmente no viviéramos en un mundo con semejante grado de degradación como para andar ofendiéndose porque un periodista se puso una vacuna de favor o el presi festejó el cumple de su pareja en una pequeña fiesta sin barbijo. Fueron numerosas las voces desde Tucumán (incluso de cumpas feministas) que aclararon que, tomando como contexto la composición social de la provincia que eligió a un cantante de moda y un ex represor como gobernadores, Manzur es un paladín de las políticas de género. Y si a Aníbal hay que escracharlo por ser responsable político de una represión, bueno, que también se haga justicia con Evo Morales o Fidel Castro. Lo curioso es por qué la Jefa pudo perdonar a Massa, Solá o Manzur y no al barba Pérsico. O que quizá tengan mejor onda con los movimientos de la economía popular los empresarios o el peronismo de derecha (hasta la divina de Carolina Stanley o el massista Daniel Arroyo) que les pibes de la Cámpora. Les importa más poner un cuadro en el ministerio del Interior que en el de Desarrollo Social. Apuestan por un empresariado que hace rato nos viene cagando o por una industria que aún con crecimiento a tasas chinas no produjo pleno empleo, que en las doñas (poetizas sociales) que les salvaron la pandemia y el hambre, y que según su opinión (de escritorio de Puerto Madero) “no trabajan”. Si se lo ve así de crudamente, entre el progresismo peronista y el recalcitrante dueño de un campo clase media, hay una gran coincidencia ideológica (las doñas no trabajan porque reciben una migaja del estado). La única diferencia es entre campo o industria, dos viejas recetas oxidadas de algún bienestar pasado en la Argentina.

“La izquierda pierde su historicidad específica cuando se fascina con el modo en que piensa, percibe y vive la derecha. Y esto es válido tanto para la guerra como para la economía o la comunicación. Cada vez que las izquierdas asumen las formas racionales y sensibles de la derecha no tenemos más que una izquierda de derecha. Es preciso tener en cuenta las premisas críticas más elementales según la cuales la comunicación, tal y como se practica en la sociedad del espectáculo, parte de captar la vida sólo como mercancía y los individuos en el mercado se comunican como personas privadas, dispersas, incapaces de resistir colectivamente, de hacer experiencias a partir de sus malestares. Desde ahí no es posible hacer ninguna política de izquierdas. El espectáculo impone su gramática sean cuales sean los contenidos. Una política transformadora parte de otro tipo de conexiones, de resistencias, de malestares, de luchas, de otros modos de sentir, de otra lengua. Entiendo que muchas personas experimenten un vértigo extraordinario al llegar a los medios y ver aumentada sus audiencias, pero no me parece que se trate sólo de ampliar audiencia. Hay problemas más serios”, sostiene el sociólogo experto en movimientos sociales, Diego Stulwark.

Recetas nuevas, recetas propias, ¿recetas peronistas?

“El gorilismo es antiliberal. Matar opositores políticos es antiliberal. Decir que tiene que gobernar una casta militar un país es antiliberal. Los desastres que se hicieron en nombre del antiperonismo son muchos peores que todos los errores del peronismo juntos. Es tonto el gorilismo, no aplica a la situación política actual. El daño es básicamente económico. A nivel de daño económico, el gobierno que más daño causó a la Argentina es el proceso de reorganización nacional y el plan económico de Martínez de Hoz. Yo soy recontra liberal y te comento esto. Ese gobierno causó más daño que cualquier gobierno peronista. Y el segundo es el gobierno de Mauricio Macrí, que reeditó cuarenta años después ese plan”, afirma Carlos Maslaton, abogado, experto en bitcoins e inversiones bursátiles, en el Método Rebord. Sólo basta ver el salto en estadísticas como pobreza, desempleo, deuda externa o distribución del ingreso entre 1974 y 1983 para comprobar el nido o huevo de la serpiente del desastre argentino. El tema es como desenrollar esa serpiente en tiempos de pachakuti (donde según las tradiciones andinas las amarus serpientes creadoras del universo vuelven a danzas para remover la tierra y crear nuevas semillas de ese otro mundo posible).

Desconociendo el modelo de especulación financiera impuesto por Martínez de Hoz, Pablo Gerchunoff y Roy Hora (investigadores del Conicet y profesores en grandes universidades) escribieron el libro “La Moneda al Aire”, donde plantean que la economía argentina se debate entre la economía de la generación de los 80 (el modelo agroexportador) y el del peronismo de los 50as (el modelo industrial). “Hay un experimento natural que es la propia Cristina, que en su segundo mandato intento regresar a la sustitución de importaciones, a la industrialización protegida, y no pudo. Miró un pasado que se volvió anacrónico, es irrepetible. Pensá en Perón levantándose de la tumba ¿Qué preguntaría?: ¿Dónde están los trabajadores?”, explica Gerchunoff en un programa de un reconocido operador político en el canal que dicen que es propiedad del ex presidente nieto económico de Martínez de Hoz. “La novedad de la Argentina es la pobreza en movimiento. Y se nutre de un recurso argentino que se va transmitiéndose de generación en generación, que es la capacidad organizativa. Y hoy en día han logrado algo extraordinario: que el ministerio de Trabajo le de un sello de reconocimiento. Crearon una CGT de los trabajadores que no tiene patrón. Entonces la política social no es un atributo de los gobiernos sino un fruto de la negociación con estos actores organizados por sus salarios para financiar su mano de obra y créditos para comprar sus herramientas. De aquí ha surgido esta idea de la economía popular. Es una economía en paralelo que tiene un virtud, que es la de dar empleo. La Argentina no produce empleo, y el camino para producir empleo viene por este lado. Si queremos una Argentina sin desocupados tenemos que empezar a convivir con este fenómeno”, declara semanas después en el mismo programa Juan Carlos Torre, sociólogo de prestigiosas universidades donde estudian les hijes de les empresaries argentines.

“Las villas están mal interpretadas. La gente de la ciudad que no es de la villa no entiende lo que está pasando ahí. Está surgiendo una nueva sociedad, una sociedad libre. Gente pobre que tuvo que ir a vivir a la villa. Hay crimen, hay droga, si, pero también hay gente común, la mayoría, que trabaja y va progresando, y va acumulando capital, y en la informalidad de esa actividad económica se está generando un desarrollo capitalista primitivo similar al que se dio en los albores del capitalismo hace 230 años”, agrega Maslatón. “La economía popular es un tercio de la gente que está organizada en distintos productivos o cooperativas. Después hay gente que trabaja por su cuenta, que también son parte de la economía popular, pero no están organizadas. El vendedor que vende choripán, que se invento su trabajo para subsistir. Hay muchas experiencias: trabajadoras de los polos textiles, que son compañeras que antes cosían en su casa y ahora están organizadas en una cooperativa; cuidadoras que se encargan de los merenderos, las ollas populares o las guarderías comunitarias; compañeras que trabajan en la tierra, que piensan como nos dan de comer de una manera más sana y pensando en un bien común que es la tierra; y nosotras, que nos organizamos en la rama cartonera y pensamos en una problemática socioambiental. Porque cada crisis económica, sanitaria o ambiental, las primeras afectadas somos los sectores populares. Hoy estamos peleando para que no solamente la sociedad sino parte de la política también entienda que llegamos para quedarnos, que el estado tiene que acompañar con políticas claras en cada productivo, generando herramientas, maquinarias, más puestos de trabajo. Y no lo pensamos con una perspectiva de lo propio. Cuando nosotras pensamos lo productivo, pensamos también en el bien común”, explica Natalia Saracho, pobre, cartonera, integrante de la Unión de Trabajadoras de la Economía Popular (UTEP) y el Frente Patria Grande, por el cual es candidata a diputada. Seguramente recibe un plan Potenciar de medio salario mínimo devaluado, de esos planes que el nuevo ministro de Desarrollo, el camporista Larroque, y hasta el mismísimo presidente Tío Alberto, dijo que hay que “transformar en trabajo”. ¿Será que entiende más de economía popular un financista liberal o un empresario del 1% o un académico de élite que el progresismo peronista? ¿Será que hay que leer menos libros de Linera y más de este señor Torre, radical de la Universidad Di Tella? ¿Será que hay que tener más la pobreza de Bolivia que la de Alemania? ¿O un poco mas de villeras y menos universitarios en las listas del Frente de Todes?

“El gran aporte del peronismo no fue económico, pero si fue social y político. Le hizo sentir al común de las personas que contaban, que eran importantes. El país no es solo la clase alta. Y no porque la clase baja fuera tan baja, era más alta que la que es ahora”, sigue tirando piropos al peronismo el financista liberal Maslaton. Cuando el Gato Silvestre le pregunta a Lorenzo Pepe que diría hoy el general, el viejo sindicalista peronista responde: “Perón hablaría hoy del peligro que corre el planeta frente a la agresión enorme que el ser humano, aquí, en Tailandia, o en China o en Rusia o en América ha hecho contra el planeta. Si no, no hay explicación para este desborde de inundaciones, de incendios…Esto ha cambiado el sistema”. Si Perón hablaría, muchos peronistas, evidentemente, no lo escucharían.

“Lo que vemos es hoy en día es que la posibilidad de transformación física del ser humano en el mundo a nivel logística es cada vez mayor. Pero esta transformación no esta siendo llevada adelante por criterios necesariamente ecológicos o ambientales, sino que sigue habiendo una preeminencia del comercio o la ganancia. Aquí hay una crisis que vuelve necesario poner en el centro del debate cual es la relación del ser humano con la naturaleza, no sólo en términos materiales. Sobre todo en Sudamérica, donde el valor de los recursos naturales tiene una dimensión cultural estratégica, según nuestras cosmovisiones originarias. Básicamente vemos que hay una descripción del mundo entre dos bloques (capitalismo y comunismo) centrados en una visión materialista del ser humano. De alguna manera el capitalismo ve al ser humano solo como un consumidor y el comunismo solo como un productor. Lo que se propone la comunidad organizada es dar un equilibrio entre la visión material y espiritual del ser humano. La edad del materialismo práctico, que generó un gran progreso económico, ha reducido las perspectiva intimas del hombre. El poderío estruendoso de la máquina, del gran desarrollo, del progresos científico tecnológico ha generado una modificación en la vida moderna donde realmente se ve necesario equilibrar al hombre conmovido, dice Perón textualmente, en la violenta transición al espíritu colectivo. Esto da una nueva forma de concebir los recursos naturales como bienes comunes, restableciendo la relación con la naturaleza desde una concepción latinoamericana, no sólo como bienes materiales que pueden ser beneficiosos para las economías. La tercera posición es una posición superadora de la crisis materialista de la humanidad. Esto es pertinente porque estamos en una situación de crisis profunda del paradigma de los valores humanos que se verifican en la pandemia. Se dan vuelta los valores del rol de la naturaleza y la importancia de la salud. Este cambio de paradigma tenemos que ponerlo por encima de las disputas de los modelos económicos. Hay una necesidad de replantearse hasta que punto el desarrollo tecnológico puede llegar a modificar la realidad del hombre”, explica el ecoperonista Gustavo Koening en una charla para la La Universidad de la Defensa Nacional (UNDEF)citando una conferencia del pocho Perón en 1949, en la clausura del Congreso Nacional de Filosofía em Mendoza. Texto que se conoce como la Comunidad Organizada. Lo que básicamente sería un ayllu. La más suprema forma organizativa según los más desarrollado de la ciencia positivista, la física cuántica. Creer o reventar. Peronismo indio. Tiempos de Pachakuti.