LITERATURA Y FILOSOFÍA

La máquina-González

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Esta semana en la sección #LibrosYAlpargatas de La luna con gatillo, no rescatamos un texto particular sino una obra: la de Horacio González. Estas palabras fueron leídas en una actividad en su homenaje realizada el pasado jueves 27 de abril de 2023 en el marco de la inauguración de una sala con su nombre en la 47º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Por Mariano Pacheco

El impulso arrollador de este heterodoxo profesor, este raro intelectual, que luego fue un extraño hombre de Estado (“funcionario libertario”, le gustaba caracterizarse, con este oxímoron que coloca la tradición anarquista junto con la nacional-popular) puede rastrearse en una lista de libros, artículos en revistas y charlas que se cuentan por decenas y que suman cientos de intervenciones, temas múltiples en los que sin embargo podemos rastrear algunas preocupaciones persistentes: el entrelazamiento entre tiempos, geografías y temáticas a la vez lejanas y cercanas, contiguas y contrapuestas. Así, en González, lo más singular de la patria se codea con lo más universal de la humanidad, cuestión que nos lega una incomodidad: cómo hacer para revisar/revisitar/analizar/recuperar su obra quebrando la tendencia hegemónica actual al trabajo intelectual individual, disciplinario y en los marcos de una franja etaria determinada.

Algo del gesto gonzaliano, sostenido a lo largo de una vida, interpela en términos de desafío: recuperar su obra implicará una labor colectiva, intergeneracional, que no puede sino ser a su vez un programa de estudio transdisciplinario que haga honor al modo rizomático con el que Horacio sostuvo esa tarea que tantas y tantos ya habían emprendido antes: la de soldar con el ejercicio de una crítica política de la cultura aquellos elementos de la vida social que la lógica liberal tiende a disociar.

Y allí el ensayo, esa forma de la escritura tan afín a la conversación. Es que González es nuestro Horacio: el que llevó el ensayo a las cumbres del lenguaje, como el poeta.

Y siendo argentino, en un ensayista de su talla, no podían sino estar presentes los emblemas fundamentales del enigma nacional: fundamentalmente Perón y Evita, claro, aunque una Eva y un General atravesados por el rayo gonzaliano, enhebrados por las agujas que entretejen los hilos de la metamorfosis y de la dialéctica, del latinoamericanismo y la gran tradición occidental, lo propio de las luchas de este suelo y la lejanía del exilio (del país, a fines de los años setenta, y un poco del peronismo también, desde los ochenta en adelante).

Y no sólo, porque también hay otros enigmas, nacionales y universales que no dejaron de inquietarlo. Tal vez por eso González escribió y habló las mil y una noches… y tardes; y vaya a saber uno cuantas mañanas también. Se metió con la tradición de las izquierdas y de los movimientos nacional-populares; con la filosofía y con el lenguaje; con la narrativa y también con la sociología, desde su modo específico de entenderla. También su modo peculiar de leer el periodismo aún da que hablar; un periodismo lejano a las enseñanzas de comunicación social, pero también, de las escuelas de periodismo, donde la serie nacional entra en co-relación con la internacional y la latinoamericana, en un entrecruce permanente entre narrativas y pensamientos que pujan por asumir que es preciso develar la trama de poder, problematizar la realidad, asumir esas complejidades como parte de nuestras desdichas nacionales.

Y todo esto, el gran profesor Horacio González lo hizo con una humildad poco frecuente en la república de las letras nacionales.

Por eso estando aquí, en esta Feria Internacional del Libro de Buenos Aires que en su edición anterior fue inaugurada por Guillermo Saccomanno, no puedo dejar de pensar en Antonio, ese libro que el autor de La lengua del malón escribió sobre el gran Dal Masetto, en el que puede leerse: “En vos lo austero provenía de la dignidad de los humildes”. La frase es perfectamente aplicable a Horacio, el rizomático González, el que gestó esa máquina intelectual que hoy homenajeamos asumiendo que, como supo afirmar Walter Benjamin, “un secreto compromiso de encuentro se entreteje entre las generaciones del pasado, y la nuestra”.