LITERATURA Y FILOSOFÍA

A propósito de Contramarcha, de María Moreno

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Por Mariano Pacheco – Foto Telám

“A veces pienso que mi deseo de escribir nace de la novela de mi abuelo y de ese alocado discurso oral barroco y por tanto proliferante de mi abuela”, escribe María Moreno en Contramarcha, otro título de esa bella Colección Lector@s de Ampersand, donde un conjunto de escritores y escritoras de Argentina dan cuenta de sus lecturas, de lo que la lectura implicó e implica en sus vidas; libro que esta semana rescatamos en la sección Libros y Alpargatas de La luna con gatillo.

Se cambia de nombre para huir de la ley”

“Cristina Forero” recupera anécdotas infantiles, la figura de su madre y de su abuela, pero también de su abuelo y una supuesta amante, para desde allí comenzar a entrelazar los sentidos de un relato en el que vemos –sentimos con la lectura— como María Cristina Forero se transforma en María Moreno, la escritora. En primer lugar, porque hay algo de la sustracción de la ley que está presente en ese gesto de cambiarse el nombre. A la ley y a los mandatos, incluso aquellos mandatos que impugnan lo dado. “Huir, sí, pero en el camino tomar un arma”, le comenta Gilles Deleuze a Clarise Parnet en una de sus conversaciones publicadas bajo el nombre Diálogos. Algo de eso parece haber hecho la joven Moreno. Devenir otra. Así, María Cristina Forero suprime su segundo nombre y adopta para sí (expropia) el apellido de su marido. No será Forero “De” Moreno –como se acostumbraba a decir antes– sino que el Moreno, hecho propio, le servirá para oficiar un desplazamiento existencial. Para entonces Cristina ya firma como María algunos textos en el diario La opinión y, sobre todo –según relata— el nombre contaba con una ventaja: “sonaba bien y era fácil de recordar”.

Pronto leer significó jugar”

Una abuela materna encargada del conventillo en el barrio porteño de Once; el reparto de la correspondencia como juego y ese ir casa por casa, sobre en mano, como forma de aprender a leer. Un abuelo paterno fotógrafo (el Nicolás Forero que inmortalizó una imagen emblemática del staff de la revista Sur) al que luego Moreno descubre interesado por la escritura, más allá de sus dificultades (“descubrí entre los papeles de mi padre el manuscrito de Vida de un artista, una novela que había completado y abandonado a los 19 años… Mi abuelo… carecía de vocabulario suficiente como para describir las riquezas de los vestuarios, de los salones y de la bijouterieque imaginaba, o que quizás había leído descripto en traducciones populares de novelas de Zola, Dumas y Sue…”). Y una madre severa, con la que se podría complementar el cuadro de personajes de la “novela familiar del neurótico”, o de la fóbica, como la autora misma se describe (“no hay que subestimar la intrepidez de los fóbicos”).

María Moreno reconoce cierto dejo de injusticia respecto de lo que escribe de su madre. Quizás por eso en un momento sentencia: “su sacrificio construyó mi libertad”. Cuenta que por mucho tiempo sintió su cuerpo tironeado por hilos, como si fuese una marioneta (“yo habría realizado su sueño más inconfesado: escribir”). Fue su madre, de hecho, la que le enseñó a leer, incluso antes de ingresar a la escuela. Fue ella quien de algún modo, siendo niña, la transformó en una “máquina materna” que obtenía diez estudiando de memoria (“única medida para iniciar un destino torcido respecto del origen proletario ya desviado por mi madre al obtener el título de doctora en Química”). Una suerte de mandato que, en el triunfo escolar de la niña, pudiera redimir el origen cultural familiar. Pero ya lo hemos dicho. Esta es una historia de traiciones y de huidas.

¡Le deben todo!”

En cierta medida, todo Contramarcha podría ser pensado como un homenaje cifrado a Simone de Beauvoir, por más que la autora diga en algún tramo que luego haya realizado un desplazamiento hacia un psicoanálisis crítico del existencialismo.

La huida, incluso antes que la traición (o en un movimiento de deserción –escolar– que produjo la traición –del mandato materno–), llevó a la joven Forero a dejar el secundario (tras sentir que, producto de algunas fobias, dejaba de ser la “niña diez” para convertirse en la “niña retrasada”). Luego ingresó en un “Nocturno”, sitio en el que –con sus 16 años– pasó a ser la menor, dentro de un tugurio en el que hizo “un didáctico de Lolita”, puesto que entre sus compañeros había “un estafador que acababa de salir de la cárcel por falsificar firmas, un director de cine porno, un policía”. También entre sus compañeros estaba Marcelo, quien le prestó Memorias de una joven formal, primer tomo de las extensas memorias de Simone de Beauvoir.

Los nombres de Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre encerrados en un corazón dibujados con tiza sobre la pared de una habitación situada al interior de un departamento del barrio porteño de Balvanera, en el que la joven Moreno vive, en un momento en el que el gusto antiburgués por la oscuridad y los locales sin ventanas, el uso de boina y la pose de alcohol funcionan como superficie de ingreso a las profundidades de un mundo filosófico y literario que la industria cultural se apresuró en llamar existencialista, en épocas atravesadas por “convulsiones políticas, fervor de las causas y triángulos amorosos con agenda” (como viajar fuera de la ciudad con el tercero de turno, sea bajo la forma del amante, la hija adoptiva o la albacea espiritual, figuras que –subraya Moreno— a menudo coincidían en la misma persona, y que parecían convertir a París en el “sagrado lecho conyugal”).

Épocas en las que en Buenos Aires un jovencísimo Germán García ponía a “doña Simona” en boca de Mirta, uno de los personajes de su novela Nanina, y que María Moreno va a rescatar en un sentido periférico: “El Segundo sexo no aparecía como panfleto importado que hay que adoptar o traducir a la realidad nacional, sino como pasaporte de una joven provinciana para abordar la gran ciudad”.

Claro que los años del fervor juvenil, pero no solo. Moreno cuenta que incluso después, una vez que ya “se sabía el abc del estructuralismo”, sin embargo –en un acto de creencia– siguiendo las reflexiones de Octave Mannini (“Ya lo sé… pero aun así”), comenta, “aun así leía cara a cara con Simone de Beauvoir y casi alusinando esa voz que me hacía compañía”.

El gesto parece durar toda la vida. Años más tarde escribe para editorial Sudamericana el prólogo a una nueva edición de El Segundo sexo, y cuenta al respecto: “El conformismo solapado del feminsimo de la diferencia, su mala fe para leer las obras de Simone de Beauvoir fuera de contexto, la expropiación de su legado al mismo tiempo que se la denostaba, volvieron a encresparme en su favor”. Y más adelante agrega: “los feminismos a menudo oponen el amor a la obra. Sin embargo, Simone de Beauvoir escribió El Segundo sexo al compas de un amor casi siempre anual en sus realizaciones, con las ojeras de la ausencia y la obsesión por las cartas que se extravían, la calentura de que, mientras se tiene cabeza para interrogar la guerra de Argelia, se quiere estar cogiendo bajo una manta india en un callejón donde se descarga la basura, del otro lado del océano”.

Marx decía, en el inicio de El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, que la historia, de repetirse, lo hacía a menudo bajo el modo de la farsa y ya no de la tragedia. Pero sabemos –al menos desde la vuelta de tuerca que Walter Benjamin le dio a la cuestión de la historia con sus tesis mítico-filosóficas— que más que para repetirse la historia está allí para ser cepillada a contrapelo, para funcionar como inspiración de quienes vienen después. Algo de eso parece plantear María Moreno en este libro, en otro registro y con otros lenguajes, respecto de Simone de Beauvoir, cuando explicita que El Segundo sexoseguiría siendo una subversión a pesar de todo, y que por eso se volvería best seller entre los libros del Ni Una Menos. No es menor entonces que la autora recuerde hacia el final de su libro el año 1986, el momento preciso en que el cuerpo de Simone de Beauvoir es llevado al cementerio y, entre diez mil personas, la historiadora Élisabeth Badiner grite entre sollozos: “¡Le deben todo!”.

El fin de una vida es como el punto final de una frase, supo escribir alguna vez el escritor japonés Yukio Mishima. Por eso el final de un comentario a un libro no puede sino referirse al final del libro comentado, al final de una vida. ¿Qué relación podemos establecer entre el fin de nuestras vidas y el fin de las lecturas? Estoy tentado de citar el párrafo final de Contramarcha, por su potencia, por su belleza. Pero no lo voy a hacer, en la búsqueda de que ustedes vayan y lean el libro completo, para llegar a su final y puedan atravesar ese momento en que escritura y lectura logran fugazmente darle un sentido a nuestra existencia.