La Física Cuántica Boliviana
Anticipo del Abrase un Valle-Episodio XX. Un cuento de Tomás Astelarra sobre el mercado 16 de Julio de El Alto.
El día que descubrí la física cuántica boliviana
Por Tomás Astelarra
Corría el año 2008 o 2009, aunque por secuencia narrativas voy a dar por hecho que algo que ocurrió en 2012 o 2013 sucedió ese mismo año. O mes. Creo que era octubre. Estoy casi seguro que sucedió en La Paz, Bolivia. Aunque en realidad, el verdadero hecho al que me refiero, ocurrió en junio o julio del 2002.
Ya era la tercera o cuarta vez que visitaba la ciudad. Además de mis salidas a recorrer restaurantes con una guitarra y una gorra, me había avocado a dos encargos periodísticos de la revista Rolling Stone: Entrevistar al presidente Evo Morales y hacer una crónica sobre el rock boliviano. Cómo necesitaba una fotógrafa, mi amigo Sergio Medina me presentó a la Dani Cajías, que estaba de vacaciones pero iba a disfrutar el ofrecimiento. La Dani era estudiante de cine de la Escuela de los Baños en Cuba. La de Coppolla y García Márquez. Se prendió a mi idea de retratar la nota más que con fotos de jóvenes rockeros bolivianos de ayer y hoy, con las doñas que vendían guitarras eléctricas en la feria de El Alto. Bajo el concepto que el verdadero rock boliviano era el de las mamitas artífices de la Guerra del Agua, el Gas o simplemente las tremendas manifestaciones y bloqueos cuando aumentaba la harina o la gasolina. No sin una cuota de violencia, por supuesto. Y con mucha organización comunitaria.
Las mamitas bolivianas cumplían aquella doctrina originaria del rock que alguna vez expresó Pete Townshend de The Who: “Si grita pidiendo verdad en lugar de auxilio, si se compromete con un coraje que no está seguro de poseer, si se pone de pie para señalar algo que está mal pero no pide sangre para remediarlo, entonces es rock and roll”. El verdadero rock boliviano era el rock de las mamitas.
Claro que quien conozca la feria de El Alto, sabe que el aleph de Borges no era ficción, y que para encontrar lo que uno busca en medio de ese denso entramado de experiencias comerciales y místicas, debe recordar aquello que decía Cortazar de andar sin buscarlo sabiendo que uno anda para encontrarlo. O buscándolo sin pretender encontrarlo. O viceversa.
Así que hacia allá fuimos con la Dani. Primero un jueves, luego un domingo, luego otro domingo, y finalmente otro jueves. Siguiendo las instrucciones de nuestros amigos rockeros que nos indicaban que las mamitas que vendían guitarras eléctricas estaban en una diagonal que salía de alguna calle que desembocaba en el desfiladero, un poco más allá de los paños que venden pedazos de muñecas viejas, o más bien piezas de ordenadores averiados. Justo antes de los puestos de silpancho o pique macho. Ninguna descripción coincidía. Pero hacia allá fuimos.
Deambulábamos fascinados por ese aleph místico comercial de la feria 16 de Julio de El Alto, Bolivia. A veces Dani sacaba fotos fotos. A veces simplemente deambulábamos contando historias de nuestras vidas. A veces nos desplazábamos en silencio, observando y disfrutando el bareto que nos fumábamos en la calle de los emprendimientos canábicos donde un amigo suyo tenía un puesto de semillas. Cuando nos dába hambre o bajón, no dirigíamos al rancho de una casera peruana que hacía ceviche y que por alguna razón escogimos como ritual al final de esas recorridas por los mercados. Con cerveza negra. O maltín.
Cierta vez, en la plataforma que está sobre el desfiladero, pasando un don que vendía fetos de cabra, palo santo y otros brujerías, señalo un pedazo de tierra arcillosa con algunos plásticos tirados.
-En esa esquina me cambió la vida-afirmó.
La historia que recuerdo contaba que Dani volvió a la Paz de Sucre, Yotalla, de la casona del Teatro de los Andes, donde vivía con su novio actor, del cual se separó. Como ella no sabía que era, en principio volvió a la casa de sus padres en La Paz, zona sur (no recuerdo si era Achumani, Irpavi o Chasquipampa). Triste, aburrida y sin rumbo, una amiga la rescató para invitarla a comprar frascos para mermeladas en la feria de El Alto.
La Dani tenía cien bolivianos. En aquella esquina encontró un viejito que vendía cds de músicas del mundo. Sin tapa de plástico. Solo el sobre y el cd envueltos en un con papel film. Salían 10 bolivianos cada uno. Era un oportunidad fantástica. Sintió un momento de inspiración. Momento Aha. Eligió cuidadosamente diez. Los puso en su walkman. Pasó días caminando por las montañas cercanas a su casa. Así, sin rumbo, pero escuchando una música inspiradora. Un día al volver de esas caminatas decidió estudiar cine. Preguntó donde. Le dijeron en Cuba. Aplicó para una beca. La consiguió.
Ese día en esa esquina de la Feria 16 de julio de El Alto, a Dani le cambió la vida.
-¿Y cuando fue eso?-pregunté curioso, ya esperando dos ceviches con un vaso de cerveza.
-En 2002. Julio de 2002. Van a ser cinco años.
-¿Y te acordás de los cds, las músicas?
-Claro. Los tengo en casa. El concierto de Kolhn de Keith Jarret. Niafunke de Ali Farka Tour. Ese curiosamente estaba firmado. Igual que uno de Enrique Morente. Omega, una obra espectacular de flamenco con música heavy metal y homenaje poética a Leonard Cohen y Federico García Lorca.
Ya para ese entonces sabía de lo que estaba hablando. Pero la dejé seguir.
-Había dos discos simples pero que me transportaron: Golosinas de Pedro Guerra y Cuerpo y Alma de Pedro Aznar. Ciruelo del Mono Fontana, Memorias, crónicas y declaraciones de amor de Marisa Monte, Painted from memory de Burt Bacarach y Elvis Costello, Artaud de Spinetta y una banda que no conocía, ni conocí a nadie que conociera, medio punky, poética, creo que argentina. Se llama Dios.
Estaba emocionada. Respiró un momento y afirmó con el espíritu de una lágrima en sus ojos.
-Solo Dios pudo dejarme ahí esos cds tan baratos. Para mi la banda esa es un invento de él para confirmar su milagro. Lo único que siempre me pregunté es a que inocente gringo se los habrán robado. Porque eran evidentemente robados. Algún productor o músico argentino. Porque el de Morente estaba firmado “con cariño y amistad para este argentino loco y con duende”.
Mientras la caserita peruana traía su ceviche, después de rociarlo con limón y una yajua picante, sonreí y le confesé:
-Yo conozco a ese gringo.
Y le conté mi historia. De cuando con un grupo de amigos, tres economistas y un abogado, decidimos lanzarnos al camino sudakamericano con una camioneta trafic a la que bautizamos La Guacha y remodelamos con camas, estantes y cajones para albergar amplificadores, micrófonos, un teclado, un bajo, una guitarra y una batería. Le instalamos un reproductor de música de máxima calidad. Para optimizar el espacio llevamos carpetas negras de folios donde introdujimos una buena cantidad de cds y sus respectivos folletos. Éramos tipos con buen pasar. Cada uno tenía cuatro o cinco de esas carpetas negras. Las usábamos para viajar borrachos y perdidos por las rutas de Argentina, Chile y Bolivia, mientras presentábamos espectáculos de rock eligiendo un nombre diferente para cada pueblo. En mi caso, la colección de cds contaba con delicias inacunables producto de mis épocas de melómano y buscador de experiencias de acomodado redactor de un periódico económico. Pero también de mis épocas de redactor cultural en El Ideal de Granada, España. Aquellas épocas en que trabe amistad con Morente y fui uno de los pocos invitados al concierto de gala que dio Ali Farka Toure en la casa de Federico García Lorca. La dedicatoria de Morente era real y sincera. La de Ali Farka alguna impresión que hizo la discográfica para el evento. O alguna secretaria que falsificó la firma de Ali Farka. O quizás alguién le dio a firmar a Ali Farka ciento veinte cds para gente a la no conocía ni iba a conocer.
También afirmé que Dios era una excelente banda, que bien podría haber sido un milagro, porque apenas recorrió algunas salas under de Buenos Aires y de pedo grabó ese cd poco antes que Tomás, su bajista, renunciara al periódico de economía donde trabajaba como corrector y se lanzara a la aventura para tratar de vivir de la música en Francia o Alemania. Si no recuerdo mal no habría más de cincuenta o cien copias de ese cd.
En el invierno del 2002, desbandada la banda con un nombre para cada pueblo, yo decidí quedarme a vivir en La Paz y tuve el curioso ofrecimiento, a través del abogado y presidente del Mariscal Braum, último en la tabla de la primera de fútbol boliviano, de administrar un bar temático de, precisamente, fútbol. En Sopocachi. A media cuadra de la plaza Avaroa.
Era la época en que con el Guille fundamos la agrupación de arte itinerante la Domingo Quispe Ensamble.
Así que no fue casualidad, ni causalidad, que de a poco ese bar con mamparas de pelotas de fútbol como iluminación y once canchas de metegol o tacataca, se fue transformando en una experiencia piscodélica under surrealista en manos de jipis caminantes sudakamericanos, con malabares de fuego, paños de artesanías, febriles improvisaciones musicales, monólogos de clown, gringos intelectuales excéntricos y una importante dosis de alcohol y drogas.
El bar tenía unos cuartos al fondo de la casona donde nos hospedábamos los integrantes de la Domingo Quispe Ensamble. A la noche administrábamos el bar y de día salíamos al semáforo, o a los restaurantes del centro, o con el mangueador de pulseritas de macramé a recorrer las plazas pa hacer unos pesos pa los gastos diarios. No pagábamos hotel y comida había un montón consecuencia del bar.
La puerta del establecimiento estaba siempre abierta. Se entraba por una larga y antigua escalera de madera con un codo de noventa grados a la derecha justo veinte escalones antes del salón. Una de esas tardes desoladas algún jipi que estaba durmiendo siesta escuchó un ruido extraño. Se acerco a mirar al salón. Solo pudo observar una sombra que se desvanecía por el codo de la escalera. Se asomó al balcón pero no vio a nadie salir de ese pasillo que desembocaba en la calle Belisario Salinas. Revisó la caja registradora, la barra, la cocina, los metegoles y la escalera. No registró que faltara nada. Un par de horas después, entrando en la febril tarde anterior a la organización de la actividad nocturna. Con un porro y un cuaderno en la mano, alguién quiso poner música y se dio cuenta que faltaban aquellas carpetas negras de cds que yo había rescatado de La Guacha y aquella formación musical de profesionales rockeros.
Cuando alguien me avisó que las carpetas de música habían misteriosamente desparecido, yo más bien lo tomé como un milagro. Al menos que habían sido misteriosamente choreadas por un espíritu particular. A mi en realidad me dio un poco de pena. Sobre todos los cds firmados por Morente. Y el de Dios. Inacunables varios. Pero mi vida estaba cambiando. Sin la chata comenzaba el viaje a pie, camión o colectivo. No me iba a ser posible o al menos molesto, cargar con tantos cd o libros.
Lo tomé como parte del desprendimiento o desapego al que el camino me estaba invitando. “¿Quierés ser un príncipe? Pues entonces comienza por domesticar el cuerpo y las pertenencias”, adoctrinaba a Oreste en el camino el Príncipe Patagón en Mascaró, el cazador americano, de Haroldo Conti. Uno de los pocos libros que conservé como oráculo a lo largo de mis años de vagabundaje sudakamericano.
-¿Los querés ver?¿Querés que te los devuelva?-me preguntó la Dani.
Volví de mis recuerdos al presente, varios años y países después.
-No tranca-le respondí tomando otro trago de cerveza y revolviendo en mi bolsillo las monedas pa la doña-Eso es cosa de otro tiempo. De otra historia. Hasta quizás de otro espacio.
-Aunque pensándolo bien-me arrepentí-creo que me gustaría verlos.
Pagamos a la doña, compramos unos cuñapes y nos fuimos a tomar el té a la casa de la madre de Dani. En el minibus de vuelta le conté a Dani de mi otro reportaje, el del Evo Morales. Me dijo que tenía que entrevistar al padre del Sergio Medina, el Javier. Que tenía unas curiosas teorías sobre la nueva constitución boliviana y el parecido entre las visiones ancestrales indígenas de Bolivia y la teoría de la física cuántica.
Mientras tanto aprendía, como alguna vez le dijo Neils Bord a Eistein, que no hay que decirle a Dios como jugar a los dados.
Aquella entrevista Javier me dijo un montón de cosas que me descontracturaron la vida y le dieron sentido a este devenir en alerta siendo la naturaleza teniendo una experiencia humana.
