Horror sin honor

Una crítica a la película bélica boliviana Chaco, de Diego Monca.

Por Lea Ross

La guerra es el motor de la Historia, diría una mirada que podríamos llamar vagamente como la ortodoxia. La épica de lo bélico cimienta el honor desde el horror. Vaya relación funcional en donde a medida que avanza el tiempo, mientras más se defenestra esa carnicería entre pueblos, mayor alcance geográfico tiene sus impactos, al ritmo de la globalización. Lo que sucede hoy en día en suelo ucraniano nos recuerda que todo conflicto belicista es ante todo político y, por ende, económico. A pesar de que esto último siempre ha sido el fuera de campo dentro de la historia del cine bélico.

Por eso resulta curioso un estreno como el de Chaco (2020), el primer largometraje ficcional del cineasta boliviano Diego Mondaca, sobre una posible reconstrucción de uno de los momentos de la guerra entre Bolivia y Paraguay, desencadenada oficialmente por razones limítrofes, ocurrida hace casi un siglo. En una escena de la película, los soldados clavan un enorme tronco que funciona como asta, para levantar la bandera de Bolivia. La posición de los cuerpos rememora la emblemática fotografía de las tropas estadounidenses poniendo a la fuerza su propia bandera en la isla de Iwo Jima. Eso sería una posible picardía en la puesta de escena de esta película, donde no hay imperialismo que frene la repartición igualitaria del sufrimiento.

En la película, un regimiento del bando boliviano bajo el mando del comandante Hans Kundt, interpretado por el argentino Fabián Arenillas, avanza a pié, lentamente, con el objetivo de descabezar cualquier foco ofensivo de las tropas paraguayas. La presencia arbórea y arbustiva es interminable. El calor emana más desde la epidermis de los personajes que del ambiente. El castellano es frenado por el aymara y el quechua, como también la tonada germana del empecinado superior militar, dispuesto a concretar su misión. El peligro de un ataque del bando rival siempre es persistente, mientras las armas de los soldados que acompaña la cámara permanecen frías.

Los momentos de martirio, desde un castigo por traición, la bronca de los pares frente a la indulgencia de uno de los propios con el alemán, o incluso la insoportable situación de hambre y sed, exponen en Chaco una guerra donde por el momento no se ofrece ni honor ni horror. O que funcionan como variables que no se concatenan. La verdadera ficción se construye por el capricho de los limites territoriales en disputa. En ese devenir plurinacional, la inquietud se manifiesta por la falta de comunicación entre los rasos con el encuentro de una pareja nativa, donde la oralidad no logra ser descifrada.

En el cierre, un giro estético se deslumbra desde lo sonoro, cuando la locura penetra la hoja de una cuchilla en el interior de la carne. En un corte directo, se quiebra con el rasgado de cuerdas como música extradiegética, como si se extirpada de una película de terror. El horror llega, de manera ligera, y luego suavizado por la intervención competitiva de aerófonos andinos, frenando así el honor que tanto sentido tendría lo que un dirigente llamó la política por otra vía.

El Cineclub Municipal Hugo del Carril proyectará Chaco hasta el miércoles 20 de julio, y contará con una charla abierta con el director Diego Monca el lunes 18 de julio a las 19hs.