El dilema de la frazada corta y la mano larga

Algunas reflexiones sobre la cosmovisión socioambiental del Frente de Todes y la multiplicidad de grietas que se abren ante el terremoto o crisis civilizatoria o pachakuti.

“Asegúresele un 10 por ciento, y acudirá donde sea; un 20 por ciento, y se sentirá ya animado; con un 50 por ciento será positivamente temerario; al 100 por ciento es capaz de saltar todas las leyes humanas; el 300 por ciento, y no hay crimen a que no se arriesgue. En Colombia las ganancias superaban al 300 por ciento”

Walter Broderick, El Cura Guerrillero

“Muchos dicen que los planteos de los grupos ecologistas, indígenas y campesinos son una utopía. Pero en realidad lo que deberíamos darnos cuenta es que la utopía es pensar que el mundo siga funcionando como está funcionando”.

Carlos Vicente

Por Tomás Astelarra Ilustración: @nico_mezca Fotos: Sub Coop

Las últimas declaraciones de Cristina Fernández de Kirchner (con la implicancia que sus palabras siempre tienen como principal referente desde arriba del campo popular) parecieron abrir varias grietas dentro del Frente de Todes. Lo que en la superficie parece decir: Alberto, Cristina, Massa, gobernadores, la Cámpora, Pérsico, el Evita, CGT, CTA… por debajo dice: progresistas clase media, gorilas clase media a ser coptados por el voto k, indescifrable clase media a secas, empresarios progres, trabajadores de buen pasar clase media, trabajadores precarizados, trabajadores hiperprecarizados, pobres en general y al último lugar de la fila: pobres organizadas.Desde los lugares más íntimos de la construcción de la economía popular el enojo fue acentuado. “Otra vez ni nos ven ni nos oyen”, dicen las poetizas populares. Se sabe que la pelea es “por arriba”, “por la caja”, “las elecciones en provincia de Buenos Aires”, la dichosa “correlación de fuerzas”, incluso el “miedo a ir presa!, pero las palabras de Cristina incentivaron una ola neoliberal individualista estigmatizadora new age del sálvese quien pueda que ahora no solo viene de la derecha recalcitrante, del gorilaje promedio clase media, de algunos funcionaries de primer y segundo nivel, sino también de nuestra auténtica “líder” y un montón de seguidores progremoralistas de escritorio que piensan que se puede hacer política sin algún grado de corrupción (incluso bienversación de fondos) y que los dirigentes sociales son monstruos machirulos que se aprovechan de ignorantes doñas que van a una marcha por un chori de medio salario mínimo.

Y mientras tanto, crecen las denuncias a las persecuciones a dirigentes y militantes de los movimientos populares (la famosa criminalización de la protesta social) en varios puntos del país. Un hecho que quizá pasó inadvertido para muches, pero que es una lógica históricamente intrínseca al capitalismo extractivista y de acumulación final, donde, aún en los escenarios más progresistas y populares (como por ejemplo el gobierno de Evo Morales), las pueblas organizadas (u originarias) fueron avasalladas ante el avance del “desarrollo” o “crecimiento económico”.

¿El fin de la historia?

Es que hay una grieta que se hace invisible en medio de un pensamiento hegemónico y bipolar, donde parecería que el debate es entre un sistema capitalista neoanarcoliberal e hiperfinnanciarizado y un capitalismo con fuerza en el estado que pretende distribuir ingresos y achicar la creciente desigualdad social manteniendo el status quo empresarial y apostando por la añeja utopía del pleno empleo industrial con base extractivista. Pero habemos muchas que cremos que el capitalismo es un modelo acabado y desde abajo pulsamos otras formas de vivir, producir y consumir. Formas de otra economía posible que se ajusten a la ancestral definición etimológica de la dichosa palabrita. Economía: El cuidado de la Casa Común. Una tarea colectiva y del común.

En sus últimos discursos Cristina Kirchner suele arrancar diciendo que el capitalismo se ha demostrado como el sistema más eficiente de producción. Que la disputa es entre un capitalismo de estado y un capitalismo de mercado liberal. Una tesis que sería contradictoria no solo con el ecofeminismo, las pueblas ancestrales y cientos de corrientes de pensamiento moderno, sino también con la mismísima tercera vía de Juan Domingo Perón, expresada en la Comunidad Organizada, donde el general de raíces indias llegaba a la conclusión que tanto el comunismo (con un estado centralizado) como el capitalismo (con libre mercado) dejan de lado la dimensión espiritual del trabajo (el disfrute o la conexión con la comunidad y el ertorno). Una crítica a la tecnificación o deshumanización de la economía moderna que Perón profundizaría en la Carta Ambiental a los Pueblos del Mundo (de la que hace poco se cumplieron 50 años) alertando por la disputa mundial por los recursos naturales (advertencia que no estaría muy presente en la actual conducción del peronismo).

La tesis de Cristina sobre la hegemonía capitalista, sin embargo, podría acercarse más al “fin de la historia” expresada en los noventas, pleno Consenso de Washington, caída del muro de Berlín, por el filósofo gringojaponés Francis Fukuyama. Tesis que claramente fue refutada, además de por los levantamientos populares, que en toda América Latina sucedieron al grito zapatista, por un devenir histórico que ve, bajo el sistema capitalista, un profundo deterioro de las condiciones de vida de la mayoría de la población mundial, con extendidas hambrunas, incendios y desertificación de zonas cultivables, pandemias, migraciones masivas, guerras que afectan especulativamente los precios de los alimentos, dentro del marco de lo que el pensador uruguayo Raúl Zibechi definió como una “crisis civilizatoria”. La misma de la que habla el Papa Francisco, que aboga por una solución “socioambiental” en manos de los movimientos populares de abajo (las poetizas populares).

Las posturas económicas de Cristina y buena parte de los referentes del Frente de Todes apuestan por la añeja utopía del “pleno empleo”, desconociendo  no solo el famoso “ejército industrial de reserva” que parió Marx pero hoy utilizan descaradamente los economistas neoliberales, sino la pauperización del empleo en estos tiempos que corren. Las estadísticas nacionales son elocuentes. Y solo hablan de dinero. No estaría mal que desde el gobierno o el Instituto Patria se acerquen a las compañeras dizque explotadas por la dirigencia de los movimientos sociales pa certificar si es su voluntad dejar sus trabajos en cooperativas textiles, huerteras, de cuidados o reciclado, por un empleo tendiendo camas para un patrón hotelero, gastronómico o un intendente (seguramente también hombre) que las mande a barrer calles o parquizar plazas. O incluso certificar cuál es el ingreso que redondean esas compañeras cooperativas (que evidentemente no subsisten gracias al medio salario mínimo de un Plan Potenciar, si es que son beneficiarias del mismo) para compararlo con el sueldo en blanco de muchas trabajadoras explotadas en las empresas oligopólicas que la misma Cristina denuncia. Trabajadoras explotadas que encima, en general, quedan fuera de las decisiones, engordan las cuentas de los empresarios que boicotean este gobierno, producen venenos o consumos superfluos, además de numerosas externalidades que están destruyendo el planeta. Y no pueden ir a trabajar con sus niñes.

Claro que hay excepciones y aquí es bien interesante separar el concepto de “economía popular” de los “planes”. Puede que los “planes” en manos de buenos intendentes generen buenos proyectos de “economía popular”, como que los mismos “planes” en manos de “malos dirigentes sociales” generen clientelismo. Como puede haber grandes empresarios que se conmuevan con la crisis civilizatoria y de a poco comiencen a ver con buenos ojos la propuesta de la economía popular más allá de su rechazo a lo “planes”. La excepción siempre confirma la regla. Una regla que hace rato es difusa en tiempos de este complejo pachakuti. Pero pensar que la corrupción de fondos públicos es exclusividad de los dirigentes o movimientos sociales y no afecta también a intendentes, empresarios, dirigentes de la vieja política o ciudadanos del común, suena más a estigmatización de clase que a otra cosa. Igual que el concepto de “terciarización”. Como si los movimientos populares no fueran precisamente una expresión de eso, el “pueblo”. Como si “el pueblo” no pudiera participar del estado y sus políticas. Como si el estado y la políticas públicas fueran solo exclusividad de la “casta”. Una elite política partidaria que también, evidentemente, hace rato hace agua y nunca ha superado el estigma del “que se vallan todos”. Quizá los movimientos sociales, luego de entender que dicha amenaza no era posible, se hallan organizado para, más allá de los prejuicios, incorporarse al estado y proponer políticas públicas o funcionaries. A veces con errores, pero muchas con evidentes y demostrados aciertos. Aciertos que en conjunto con la práctica autogestiva en los territorios que la vieja política por lo general no ocupa, hoy ha generado estructuras políticas que amenazan las viejas estructuras clientelistas partidarias.  

Cuestión de prejuicios y presupuestos.

Como suele insistir Juan Grabois, la creación del Salario Básico Universal (SBU) podría generar un ingreso mínimo donde los dirigentes clientelistas no tuvieran el oportunismo de juntar gente para rodear los ministerios por una migaja o “plan”. Esa gente quedaría en mano muchas veces de intendentes clientelistas en busca de votos, favoreciendo la estructura de la vieja política. Pero aún así quedarían en las calles las compañeras que van a seguir marchando a los ministerios para exigir mucho más que las migajas. El verdadero reconocimiento a su trabajo socioambiental (desde el reciclado a la agroecología) o la economía del cuidado (desde las ollas populares, la reinserción de presos o adictos, las campañas de salud comunitaria o a la defensa contra la violencia de género en las barriadas y otras periferias). O la lucha por la visibilización de la economía popular organizada en cooperativas textiles, constructoras, comercializadoras de alimento y muchos etcéteras, que además de “planes”, necesita “subsidios”, “créditos”, “compre argentino”, y otras políticas públicas que también exigen (con otras formas de lobby) pymes y grandes empresas. ¿O es que acaso no hay créditos subsidiados para pymes a través del Banco Nación? ¿No no se construyen carreteras para la exportación de minerales, o se subsidia la compra de dólares para que Techint pueda importar materiales para el dichoso gasoducto Nestor Kirchner? Al lado del IFE, fue mucho mayor la derogación de los ATP durante la pandemia. El problema es que los pobres son como los chinos y los negros, son todos igualitos. No se distingue cuáles están produciendo y cuales necesitan una ayuda social para consumir alimentos básicos para no morir de hambre. Los medios hegemónicos ponen el grito en el cielo porque la clase media no se puede irse con un dólar barato de vacaciones a Miami o los industriales dicen que no pueden importar insumos baratos. Pero en los barrios hay hambre y las familias huerteras no tienen acceso a la tierra en la que producen (situación que ante la especulación inmobiliaria eleva drásticamente los precios de los alimentos).    

Sin dejar de ser un modelo a pequeña escala, de diversas complejidades que incluyen fracasos, errores y contradicciones, el camino que las organizaciones sociales vienen transitando desde el piquete post fracaso del “fin de la historia”, después de más de veinte años desde el último gran  estallido social en 2001, la economía popular puede dar numerosos ejemplos de construcciones territoriales, comunitarias, ecofeministas y horizontales de trabajo digno, que asumen la responsabilidad no solo de su propia exclusión del mercado laboral, sino también de las externalidades negativas que desconoce el sistema capitalista. “Nos inventamos nuestro propio trabajo”, dicen las poetizas populares que pasaron de ser  trabajadoras “excluidas” o “desocupadas” a trabajadoras de la “economía popular” dentro de alguna cooperativa que lucha por la legalidad, el reconocimiento y también el financiamiento por parte del estado. Reconocimiento y financiamiento que parece nunca llegar, por eso siguen luchando, piqueteando. Y es esa movilización, saben, la verdadera causa de que crezcan los planes o el incipiente reconocimiento legal por parte del estado a través de su sindicalización en la UTEP. O la ocupación, gracias a la construcción de poder “político” y con una pequeña ayuda de sus dirigentes, de “pequeños espacios de gestión en el estado” (donde resulta que ahora son “terceros” y no pueden hacer “política”).  Más allá de las internas, este sector (aglutinado en la UTEP) cuenta con una importante unidad de concepción que atraviesa desde abajo las diferentes elecciones dentro del cuadro partidario de arriba (como se vio en la respuesta unánime a las palabras de Cristina desde sectores a ambos lados de la grieta del Frente de Todes, incluyendo a Milagros Sala, muestra viviente que el lawfare es también cuestión de clase).

Es desde esta construcción “política” que los movimientos populares han podido ocupar secretarías a intendencias o bancas de diputados. Para muchas ha sido “a pesar” y no “gracias” a la vieja política (que suele desconocerlas a la hora de agarrar la “lapicera” para hacer las listas). Si bien ha habido decepciones varias, en muchos casos, la articulación entre las organizaciones y sus funcionaries en el estado no han hecho más que fortalecer el tejido social y la construcción de otra economía posible. Como puede ser el caso del trabajo de las recicladoras nucleadas en la Federación Argentina de Cartoneros, Carreros y Recicladores, que cuentan con una diputada (Natalia Zaracho), una directora nacional de Economía Popular (María Castillo) o una subsecretaria de Residuos Sólidos Urbanos y Economía Circular de la provincia de Buenos Aires (Jackie Flores). Todas mujeres. Todas pobres. Todas con una excelente gestión en el estado.

Desde otra perspectiva, algo parecido sucede en Córdoba con la gestión como jefe comunal de Pablo Riveros (parte de la Corriente Nacional Martín Fierro dentro de la UTEP) que comienza a ser un ejemplo de gobernanza ecológica y comunitaria para muchos movimientos populares. Para muchas, son estas experiencias las que han permitido sostener la paz social en medio de un continente en permanente revuelta social. Haciendo equilibrio entre lo táctico y lo estratégico, entre los importante y lo urgente, entre la pala y el bombo, el comedor y la cooperativa, la base y la dirigencia, la nueva política en los territorios y las viejas estructuras políticas dentro de un estado aún neoliberal. Aún durante el gobierno explícitamente neoliberal de Cambiemos, donde no solo se aumentaron los “planes”, sino que también se aprobaron leyes importantes como la de Emergencia Social (que creó el Salario Social Complementario) o la de Regularización de Barrios Populares (que hoy lleva adelante desde el estado otra mujer, pobre, eficiente, Fernanda Miño). Y no porque sus dirigentes hayan tranzado o se hallan quedado con un vuelto (que también pudo haber pasado). Sino porque sus estructuras pudieron crecer aún en medio de la derrota, sin otra opción que la calle, y la lucha. Porque así como en la dictadura los afortunados militantes clase media pudieron exiliarse en Europa, durante el macrismo, los afortunados militantes progresistas pudieron seguir viviendo de algún puesto en el estado, algún ahorro, algún empleo privado y, por qué no, algún vuelto que se quedaron del ejercicio público. En estos tiempos de sangrante presente globalizado donde los planes y etiquetas ecológicas de Coca Cola en Argentina conviven con el asesinato de líderes sindicales y las masacres paramilitares de la empresa en Colombia, los malos manejos de algunos dirigentes de los movimientos sociales o el progresismo k se hacen insignificantes antes la milmillonaria fuga de capitales de las grandes empresas, la estafa de Vicentín, el contrabando, la especulación financiera, la evasión fiscal, la esclavitud laboral en “el campo”, el envenamiento masivo a través de agrotóxicos, el avance de la frontera agrícola a través de incendios intencionales o desalojos compulsivos de las comunidades originarias.

En estos tiempos de crisis civilizatoria o pachakuti, quizá los más funcional al poder, el “juego a la derecha”, sea pelearse por los vueltos o migajas en vez de discutir la torta. ¿O es que el Todes no incluye a las pobres o a los que creemos en el fin del capitalismo?

Una cuestión de rendimientos

Manuel Rozental es militante de los movimientos indígenas del Cauca, Colombia. Una de las zonas más militarizadas y paramilitarizadas del continente. Allí donde el Chucho Yalanda (dirigente de la comunidad de Ambaló) me dijo una vez que tuvo diez hijos porque cinco se los iban a matar. Pero cinco iban a seguir resistiendo en la tierra. Allí donde en medio de helicópteros volando escuché al experto en geopolítica Hernando Goméz explicarle a los indígenas, afrodescendientes y campesinos del sur colombiano (que hoy apoyan la presidencia de Gustavo Petro y su garante vicepresidenta Francia Márquez) que la violencia que vivían estaba directamente relacionado con la riqueza de los recursos naturales que hace milenios defendían.

Hoy exiliado en México, Manuel Rozental, que se define como un “coleccionista de fracasos”, cuenta la anécdota de una clase en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) donde una profesora dijo que la guerra colombiana estaba relacionada con el carácter violento de los habitantes de ese territorio. Manuel le aclaró, como sabe cualquier colombiano, que la guerra está directamente relacionada con el rendimiento de sus recursos, que posibilitan a las multinacionales capitalistas el excedente de ganancias necesario para financiar la estrategia paramilitar (o simplemente militar) de apropiación de territorios. Que ojalá se equivocara, pero que esa pronto iba a ser la realidad también en México. En tiempos donde el precio de los alimentos (commodities) y la energía comienzan a generar fabulosas rentas internacionales, ¿no será ese también el destino de la Argentina?

Quizá la perspectiva para los movimientos populares argentinos no solo sea solo el hambre o la carencia en las formas de vida, o la exclusión de los ámbitos político partidarios, sino también una creciente criminalización de la protesta. La cuarta guerra mundial contra las pueblas que vaticinaron hace rato las cumpas zapatistas (y que le da perspectiva popular al dichoso lawfare).

Mientras seguimos discutiendo las migajas y la posibilidad o correlación de fuerzas para seguir sosteniendo un gobierno popular que pocas respuestas a dado al pueblo, algunas se preguntan si no será la movilización popular, aún con un gobierno “amigo”, la que termine de forzar políticas que den un respiro a este panorama desolador de saqueo, hambre, guerra, pandemia, precariedad laboral y empeoramiento en la distribución del ingreso. Entre otros males.