Coralidad a la evasión

Una crítica a la película Salir de puta, de Sofía Rocha, que se acaba de estrenar en el Cine Gaumont de Buenos Aires.

Por Lea Ross

Aquí una tesis: la “ola verde” desaceleró la evasión del cine documental argentino hacia su propia coyuntura. Gran parte del documentalismo, bajo una producción cinematográfica, venía manteniendo un distanciamiento social hacia los conflictos que emergían en sus propios tiempos. Como si el rol de realizar esas representaciones estuviesen a cargo principalmente de la televisión, las plataformas audiovisuales y las redes sociales, caracterizadas por una dinámica de lo instantáneo. Confundir lo urgente con lo apresurado.

Que el pañuelo verde viene teniendo presencia en algunas películas recientes, y sin que eso genera una centralización en su reclamo específico por el aborto legal, genera un quiebre a esa tendencia naturalizada. Ya sea por el tamaño de las convocatorias, sumando a una ausencia de una autoridad que centraliza esas luchas, se viene generando de a poco un interés en la producción documental fílmico sobre aquello que las propias calles demandan y se lo demandan al cine.

Salir de puta puede resultar un nombre osado, a contrapelo de su coralidad, donde el orden tiene de pauta el equilibrio de voces femeninas (el filme las llama “protagonistas”), con una mínima experiencia sobre el ejercicio de la prostitución, para tomar de ejemplo su experiencia y, a la vez, ratificar cada una de las posturas sobre una discusión sin saldar: prohibicionismo o regulacionismo. Puede haber grises o intermedios, pero la película es consciente que, en el orden simbólico, son los dos discursos que más han centralizado en los debates de eso evasivo que llamamos el ahora.

La trata, el punitivismo y el proxenitismo son algunos tópicos que llevan a escuchar lecturas en ángulos contrapuestos. Incluso, existirá un contrapunto referido a un supuesto “mito”, donde un testimonio ratifica esa cualidad y otra la rectifica. Las breves secuencias de las marchas, que funcionan como momentos de transición al punteo de las entrevistas, generan una suerte de contraplano al seguimiento de algunas “protagonistas” acompañándolas en su recorrido por la vereda, el subte o el bondi. No todas tienen ese privilegio, e incluso tendrán un desenfoque en algunos fondos. Eso intuye una postura subyacente por parte de su realizadora Sofía Rocha: a la película, le interesa de quien habla tenga a la vez un diálogo con su propio entorno barrial, sea desde el trabajo, la rutina o el activismo.

El intento por equilibrar las miradas, sin la pretensión de caer en un timing televisivo a lo “intratable”, genera un esfuerzo mayor para el relato. La exposición de intervenciones plásticas, por parte de un artista adherida al abolicionismo, genera un desequilibrio en el relato, que dificulta el propósito mismo de la película. Eso no quita que se pueda detectar algunos cuadros cinematográficos interesantes dentro de otras posturas. Allí, se puede contemplar un gran plano general en una esquina, bajo la noche, donde se escucha el diálogo entre meretrices, mientras aparece un vehículo estacionándose en medio del cuadro.

Puede ser acusada de tibia o neutral, aunque el cine no necesariamente sea la encargada de concretar una conclusión. Porque al igual que otros filmes como Una banda de chicas, de Marilina Giménez, o Niña madre, de Andrea Testa, lo que para unx espectadorx pueda considerar como una “otredad”, esa misma forma parte de una construcción activa dentro de un relato, en lugar de ser objetivada bajo una situación pasiva (en el peor de los casos, burlada o denigrada). Pero en todos los casos, no se acepta un librecambio de miradas que conforman un armonioso equilibrio guiadas por una mano invisible. El rumbo es incierto, pero de mínima Salir de puta es consiente que exteriorizar lo interno es avanzar. No hay evasión que valga. Cuando una marcha avanza adelante, difícilmente pueda retroceder al mismo lugar.