Cine y Gaza: Pensar el horror sin monetizar
Unas ideas sobre cómo el cine de ahora trata de pensar en la Palestina arrasada por Israel.
Por Lea Ross
Cuando se “stalkea” historias de Instagram o de TikTok, puede que aparezca una imagen catastrófica sobre un conflicto bélico actual, donde incluye edificios destruidos y cuerpos desparramados en el piso, con familias llorando por sus pérdidas. Al toque, el siguiente video, es una publicidad que te ofrece adquirir un auto en cómodas cuotas.
El mundo pareciera no tener piedad a partir del 7 de octubre de 2023, donde un asalto comando de la organización Hamas ejecutó un sorpresivo ataque a las fuerzas israelíes y, con ello, la oportunidad de la gestión de Benjamin Netanhayu a extender aún más aquello que alguna vez se definió como la política por otras vías. Sea Palestina, Líbano e Irán, la carnicería humana no se había sentido tan cerca, a partir de la llegada instantánea de registros comprimidos en la palma de nuestras manos. Eso sí: solo se logra bajo el parámetro de los algoritmos nutridos por quienes alquilan sus espacios publicitarios.
Aquí nos lleva la duda: ¿cómo debe pararse el cine frente al horror, cuando al instante esas imágenes alcancen su impacto al ritmo de lo que demandan los consumidores domésticos? Pensemos que a mediados del siglo 20, las truculentas imágenes de los campos de exterminio nazi permitió dimensionar el costado más atroz de nuestra especie. En esos tiempos, el cortometraje documental-experimental Noche y niebla (1956), de Alain Resnais es considerado hasta hoy en un día como un ejemplo sobre cómo complejizar desde el arte aquel espanto que inmoviliza. Para nuestros tiempos, en donde todo es imagen y explícito, se vuelve un desafío pensar desde lo audiovisual frente a aquello que deja sin palabras a menos que sea canjeable con un comercial sobre criptomonedas.
No Other Land, la ganadora del Oscar a Mejor Documental en 2025, no transcurre en Gaza, sino en Cisjordania, el otro territorio palestino que padece el apriete de la frontera mediante el brazo armado de Occidente. El filme no puede despegarse de lo ocurrido en el 7-O, y ella misma se niega a hacerlo. Fue realizada de manera grupal por Basel Adra, Yuval Abraham, Hamdan Ballal y Rachel Szor: dos palestinos y dos israelíes, mezclados entre periodistas y habitantes que padecen los atropellos de los ejércitos de Israel. La interacción entre los mismos realizadores frente a cámara habilita el espacio sobre momentos de intimidad, a riesgo de ser acusados de generar una distracción frente a la denuncia. Lejos de eso, lo que aleja lo íntimo lo aleja es el factor de lo instantáneo instalado en las redes sociales.
Quizás eso mismo es lo que busca La voz de Hind Rajab, dirigida por la tunecina Kaouther Ben Hania. La idea consiste en aprovechar un audio que se había viralizado en las redes sociales sobre una comunicación telefónica entre una niña atrapada en un automóvil en los escombros de Gaza y el personal de un centro de atención para emergencias. El impactante material inspiró esta ficcionalización sobre la convivencia de aquel personal que estuvo interactuando con la joven. Esta supuesta extensión a aquello que quedó fuera de cuadro, tensiona sobre la riguriosidad histórica debido a su enfoque en las tensiones interpersonales de los personajes al no poder lidiar con una burocracia de por medio.
Por último, una de las últimas novedades, es la obra de la iraní-francesa Sepideh Farsi llamada Put Your Soul on Your Hand and Walk, que traducido al castellano sería Pon tu alma en tu mano y caminá. El documental consiste en un registro sobre conversaciones por videollamada entre la realizadora y la fotoperiodista palestina Fátima Hassouna, quien fue asesinada por un ataque aéreo israelí justo después que la obra quedó seleccionada para el Festival de Cannes. En esa austeridad y minimalismo que tiene la película se comprime todo aquello de lo que implica pensar en Gaza y la complejidad que implica padecer una situación. Las fallas de señal de internet se contraponen con el curioso rostro de Fátima, que emana una persistente sonrisa que expone sus dientes frente al padecimiento corporal que implica su habitar, que incluye la pérdida de familiares como la escasez de alimentos. Una mínima comunicación pareciera ser aquella que permitió darle un mínimo sentido de libertad frente de un territorio arrasado, al cual se negaba abandonar. Pensar en cuerpo y territorio es aquello que el extractivismo de datos no logra monetizar.
