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20 años no es nada

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“Estamos en el tiempo del Pachakuti, las piedras van a revelar cosas insospechadas y los ríos volverán a cantar”.

Felipe Quispe

“Únicamente señalar que en lo hecho por tal gobierno hay un amargo sabor a estafa, que el presente se parece demasiado al pasado como para ser satisfactorio y que, después de la profundidad del quiebre político y de los perseverantes esfuerzos sociales por transformar el mundo, es todavía mucho lo que queda pendiente”.

RAQUEL GUTIERREZ, LOS RITMOS DEL PACHAKUTI

“-GARDEL DICE QUE VEINTE AÑOS NO ES NADA.

-PERO ÉL LOS PASO EN PARÍS Y YO ESTOY EN LA CÁRCEL”

TANGO FEROZ

La brecha que separa estos tiempos de los de aquel estallido social, que quedó en nuestros corazones y también en nuestras prácticas, no establece precisamente un punto de análisis o comparación. Algo habrá que decir igual.

Por Tomás Astelarra | Ilustración: @nico_mezca

Hay un chiste que dice que este sería el año 2020 bis. Quizá sería útil retrasar el veinte aniversario del estallido del 19 y 20 de diciembre del 2001 para ver si se arma un poco más de tuco. Si bien la televisión se puebla de especiales, salen libros y podscasts y la reflexión se abre en algún momento de la choripaneada militante, queda esa sensación a poco en el paladar de aquelles para los cuales aquella jornada fue un antes y un después. Quizá el análisis se diluya en los devenires de sus participantes. Quizá no sean épocas para hacer análisis en torno a una fecha y un evento. No serían parámetros para analizar la realidad en tiempos de pachakuti (ese caos creador al que tanto temen las instituciones imperantes y sus fieles acólitos o radicales detractores)

La fecha

La primera dificultad para este aniversario es su falta de federalismo y contexto. Desde abajo hay muchas fechas que se pueden bucear como el inicio de la resistencia al modelo neoliberal que fue finalmente jaqueado el 19 y 20 de diciembre. Una es, precisamente, la multitudinaria marcha por el 20 aniversario del golpe. Las Madres de Plaza de Mayo fueron grandes referentes de los movimientos sociales que se agolparon en la plaza donde ellas hicieron valiente resistencia a la dictadura militar. Fue precisamente la imagen de la caballería policial reprimiéndolas la que convenció a mucha juventud de las barriadas de acercarse al centro de la ciudad a combatir. Fue la inafortunada medida de “estado de sitio” la que recordó aquellas épocas e indignó a buena parte de la población. Luego del 20 aniversario se mostró al país esa nueva forma de justicia social que fueron los escraches. Salieron a la palestra viejos y viejas militantes sobrevivientes de aquellas épocas que les jóvenes de los nuevos movimientos sociales tomaron como fuente de información histórica. Los derechos humanos y la reivindicación de los desaparecidos fueron el puente que unieron dos generaciones militantes. No es casual que halla sido uno de los emblemas del kirchnerismo como fuerza política institucional que retomó el vacío dejado por la pueblada del 19 y 20 de diciembre. Hoy ya suena añeja la reivindicación desvinculada del reclamo de los pueblos fumigados, incendiados, el gatillo fácil, el femicidio, la represión a los mapuches, movimientos socioambientales y otros males del capitalismo global paramilitar.

También puede bucearse la rebelión popular contra el Consenso de Washington en los reclamos por la educación que sentaron la Carpa Blanca frente al Congreso o el Santiagazo de 1993 en contra de la Ley Federal de Educación (volteando un gobernador). En 1997 en Cutral Co, las clases populares afectadas por el desempleo producto del modelo neoliberal exhibieron una nueva forma de protesta: el piquete. Surgía el movimiento de trabajadores desocupados que luego haría su aparición en el norte del país (Tartagal) y finalmente en las periferias del centro neurálgico del poder institucional (Buenos Aires). Si bien el estallido del 19 y 20 de diciembre de 2001 se muestra como espontáneo y desorganizado, el caldo se venía gestando hacia tiempo y muchas de las personas allí presentes eran parte de una organización, desde partidos de izquierda al sindicato de motoqueros o los movimientos de desocupados. No es menor el dato geopolítico de las múltiples puebladas que en esa época se libraron en América Latina, desde la revolución zapatista (faro de referencia de los nuevos movimientos sociales) al Caracazo o la Guerra del Agua en Bolivia.

También vale reconocer que si bien en todes les participantes quedó esa sensación triunfalista de haber tumbado un gobierno y un modelo, el neoliberalismo se venía cayendo solito hace rato y nosotres fuimos capaces de darle una pequeña zancadilla que lo hizo, como dicen en Colombia, “darse de jeta contra el planeta”. Fue la gran gesta popular la que permitió desacreditar a la clase dirigente y el “modelo” pero sobre todo permitir que el establishment económico permitiera que esa vieja clase dirigente pudiera ponerse de pie ejerciendo políticas diferentes (que de todas maneras saben a poco dada la magnitud de la protesta y el movimiento). Por dar un ejemplo, todavía no existe un verdadero reconocimiento por parte del estado de la labor de las poetizas de la economía popular, que desde aquellas ollas ya venían pergeniando pequeñas cooperativas de trabajo, y al día de hoy el gobierno dice que “no trabajan”.

Desde arriba, paradójicamente, la salida de De la Rúa en el famoso helicóptero marcaba el fin de una época peronista. Hace poco en una entrevista que le hizo Tomás Rebord, Carlos Corach (el famoso hombre de los micrófonos y la servilleta) aseguró, parafraseando a Cristina, que decir “menemismo” era bajarle la nota al “segundo” gobierno peronista de la historia. El emblemático ministro del Interior de Carlitos Saúl también aseguró, en un nuevo intento de intentar definir esta histórica e invencible corriente política argentina, que el peronismo podía entenderse por su capacidad de adaptarse al contexto geopolítico. Perón no se explica sin la segunda guerra mundial. Menem sin el Consenso de Washington. Néstor y Cristina sin la subida en el precio de la soja y las puebladas que en América Latina dejaron llenar el vacío institucional político con fuerzas llamadas “progresistas”. Dice el Pablo Solana (histórico dirigente de los movimientos de desocupados de la zona sur del gran Buenos Aires) que cuando en plena revueltas en Chile le preguntaron qué lección de aquella pueblada del 2001 podía dejar, él respondió que este tipo de revoluciones populares dejan un vacío de poder. El tema es que el vacío tarde o temprano vuelve a ocuparse. Y que si los actores de estas revueltas populares no eran capaces de ocupar este vacío, lo más seguro es que lo ocupara otro. U otra.

Los devenires

Si hay dos frases emblemáticas de aquella época que hoy carecen de absoluto sentido esas son el “que se vayan todos” (empezando porque hoy sería todes) y “piquete y cacerola la lucha es una sola”. Se sabe que si hay alguna fuerza política con la versatilidad y músculo para sortear una crisis, esa es precisamente el peronismo. Ya sea la hiperinflación y la deuda externa heredada de la dictadura, o el desempleo galopante y la deuda externa heredada del propio peronismo (en su encarnación menemista). Como sostuvimos anteriormente, muchas de las políticas innovadoras del kirchnerismo que enamoraron a les hijes del 2001 fueron posible gracias a que los poderes concentrados de la economía no querían más quilombo (tampoco que le toquen demasiado la billetera).

Dice el cumpa Mariano Pacheco (referente de los movimientos de desocupados de aquella época y actualmente parte de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular) que lejos de la teoría de que el kircherismo vino a romper la visión autonomista o antiestado de los movimientos sociales, muchas de las agrupaciones que integraban el movimiento de desocupados siempre se declararon peronistas y con vocación de intervención en el estado. El kirchnerismo simplemente le mostró una faceta más acorde tanto del peronismo como del estado. Los otros, los que seguimos sospechando por tiempo largo que no queríamos ni ese peronismo ni ese estado, tarde o temprano nos fuimos acoplando a esa dinámica y conformando la Unión de Trabajadores de la Economía Popular. Incluso organizaciones que se siguen declarando anarquistas, o autonomistas, o antiestado, y que sin embargo integran la UTEP y reciben dinero del estado.

La UTEP (y algunas organizaciones satélites) no solo han logrado ocupar “pequeños espacios de gestión en el estado” (Pacheco dixit), sino que han convertido la protesta en propuesta, generando miles de pequeñas cooperativas en rubros que van de la agricultura familiar a la pequeña industria textil, del reciclado a la economía del cuidado, o la comercialización de la economía popular, que han demostrado combatir la inflación y el desempleo de mucho mejor manera que las tibias políticas del estado. También son las principales responsables de haber superado esta bendita pandemia y que el país no estalle a la mierda a pesar de la crisis social y económica que vive. Mantienen altos grados de autonomía no sólo económica sino también intelectual, de pensamiento crítico, sabiendo que no estamos ante un gobierno compañero, ni popular, pero que “es lo que hay” (la dichosa correlación de fuerzas). A 20 años de aquella pueblada del 2001 hay grandes logros, pero cierto sabor a poco en la actual coyuntura de un gobierno del que supuestamente somos parte. Es evidente que más allá de nuestro esfuerzo, el crecimiento de nuestras iniciativas autonómicas es demasiado lento y poco posible de universalizar sin el apoyo del estado (y la sociedad en general). La lista de rosarios actuales va desde las peleas internas que hacen ineficiente nuestra pequeña participación en el estado o el tejido de redes, a la falta de movilización popular que podría haber marcado otra historia en el caso de la nacionalización de Vicentín, o la negociación de la deuda con el FMI, incluso la visibilización histórica de este aniversario. La movilización popular que durante el macrismo nos permitió expandir las migajas que nos tira el estado, aprobar las leyes de Emergencia Económica (que creo el Salario Social Complementario) o de Regularización de Barrios Populares e incluso ayudar a dar la zancadilla al gobierno para que se diera de jeta contra el planeta (durante el intento de aprobación de una reforma jubilatoria), hoy parecería no ser efectiva ni fomentada estratégicamente por nuestra dirigencia. Marchamos para el 17 de octubre, marchamos para el día de las dizque democracia y derechos humanos, pero nuestra participación solo refuerza la identidad de un nuevo gobierno dizque peronista. Nos movilizamos también el histórico día de San Cayetano, pero la marcha (al igual que nuestras propuestas de país) fue ninguneada por los medios hegemónicos tanto de “izquierda” como de “derecha”. “Parecería”, me dice un amigo militante, “que la Cristi y la Campora están aplicando la transversalidad de Néstor pero en vez de con los de abajo, con los de arriba. En vez de con los movimientos populares, con les socies del establishment”.

La correlación de fuerzas negativa no se da solo a nivel político y del estado, sino también social. No hemos podido convencer a buena parte de la sociedad argentina (en particular la clase media cacerola) de la importancia de la economía popular como proyecto de país. Las doñas, poetizas populares, que cortaban rutas para parar la olla hoy pueden exhibir una solución a los problemas económicos nacionales. Pero la gran mayoría de la población sigue pensando que solo somos las que cortamos ruta y pedimos por planes. Eso incluye buena parte de la clase media progresista expresada en el kirchnerismo. Y es que de alguna manera, aquellas cacerolas se han dividido entre un kirchnerismo acrítico y esperanzado en una revolución industrial que caducó hace tiempo (y que sigue pensando que los derechos humanos se remiten a la última dictadura militar y no a los pueblos fumigados, incinerados o víctimas del femicidio y el gatillo fácil), y la reinvención neoliberal de la política: el macrismo. Si como dice mi amigo Nacho, la sociedad y la política se divide en tercios, existe entre el pueblo heredero de aquel 2001 un tercio progresista, un tercio macrista y un tercio autonomista (la mayoría de los cuales no estaría votando). ¿Cómo generar alianzas, formación, comunicación… para modificar este panorama? Quizá ese es el desafío: convencer a las cacerolas que la lucha sigue siendo una sola y que no hay país viable dentro del actual marco de concentración de la economía tanto a nivel nacional como mundial. Quizá porque veinte años no es nada, y queda mucho trabajo por hacer, es que el aniversario no ha pegado tan fuerte. Mientras tanto la rebelión sigue latente en las puebladas socioambientales de Chubut, el trabajo diario de las poetizas populares y quien te dice, en la rebelión sanitaria que subterráneamente se cocina frente al dichoso “pase sanitario”. Como dice don Felipe Quispe, nadie puede a ciencia cierta vaticinar qué piedras rodarán o qué ríos volverán a cantar en estos inciertos tiempos de pachakuti. La cultura originaria, indígena, pachamamesca, es una gran cuenta pendiente a veinte años del 19 y 20 de diciembre del 2001.

Por supuesto que atravezando toda esta historia está, con todas sus contradicciones, el principal movimiento revolucionario de esta época: el feminismo. Desde las madres de plaza de Mayo a las poetizas populares que sacaron a sus jefes deprimidos del televisor para cortar la ruta, a las pibas que hoy llenan de esperanza las calles en cada movida socioambiental. Las pibas, las madres, las doñas, que supieron copar las calles para que se voten leyes, hacer que les creen un ministerio propio, jugar con todos los sectores sociales (incluso las indígenas y las trans) y poner su lucha en boca de todes (adherentes y detractores, medios de todas las calañas e intereses).