CRÍTICA DE CINE

La libertaria: Crítica de “La Yegua de Troya”, de Santiago Sarmiento

El documental sobre Maite Amaya, la última cuadro anarquista de Córdoba, puede ser pensado sobre los dilemas de las salidas colectivas frente a las esperanzas que vienen de arriba.

Por Lea Ross

Fue quizás la última cuadro del anarquismo en Córdoba. Falleció en el año 2017, en una época no tan lejana donde lo libertario se lo conceptualizaba para otro sentido. Piquetera, negra, trans y feminista, Maite Amaya tenía una presencia callejera difícil de esquivar para las distintas cámaras que registraban momentos de tensión. Disruptiva en su presencia, y polémica desde el habla, la libertaria se aferraba a una praxis que pretendía alejarse del desvío anarcoindividualista, advertido en el siglo pasado desde Estados Unidos por el pensador Murray Bookchin, como así también lo hizo Osvaldo Bayer al comienzo de su obra Los anarquistas expropiadores. Pero tampoco esperaba que las discusiones internas en los sectores colectivos debían estar encerrados en el interior de una asamblea. Por todo esto, requería tener su representación cinematográfica. Bajo una idea de Santiago Sarmiento y Abril Fernández Ferrez, La Yegua de Troya (Existimos, les guste o no) lidia con evitar la nostalgia de la no presencia física de su protagonista mediante un taponamiento a ese drenaje de su contenido político.

En el inicio del documental, una sucesión de planos fijos de la zona céntrica de la capital cordobesa conforman un paneo donde la arquitectura ofrece una sensación de tiempo estanco. Mediante un uso irónico de una canción de fondo, se levanta una secuencia de animación, entre lo kitsch y el collage, donde el poder político emula a un tanque de guerra. Lo belicoso y lo policial conviven con ciertas aristas panópticas reconocibles que van desde Monsanto hasta Cadena 3. Lo jocoso de esa secuencia, del cual podría ser señalado de caer en la autorreferencialidad cordobesista, invoca una manualidad inherente dentro del concepto del monstruo, como contrapelo de una identidad inmóvil e uniforme.

En el filme, las entrevistas que se realizan a distintas referentas, que tuvieron alguna cercanía con Maite, lanzan sus comentarios desprendidas del contexto en que se realizaron los reportajes. La extensión de la producción que implicó la película (de 2019 a 2025) se acomoda en un montaje que evita que las distintas coyunturas pongan piedras en la profundización de los distintos temas como son la dictadura, las internas en los feminismos, las cárceles y la brecha entre lo teórico y lo práctico. Las presencias de un Javier Milei o un Papa Francisco, o incluso un barbijo colgado, llegan a ser fugaces, aunque encajados en un punto de atracción al cuadro que le correspondan. Un mayor fuera de cuadro están las discusiones desde abajo, todavía latentes, sobre el balance de lo que fue el reconocimiento estatal a las labores comunitarias mediante una entrega de ingresos semi-remunerativos, el ex-Potenciar Trabajo, que se inició justo con el fallecimiento de la protagonista.

Como personaje, Maite es más sonora que visual. Su voz es por momentos porosa por la grabación austera, su entonación es adulterada por edición, se subraya sus risas y se reitera tramos gramaticales. Así se obtiene un mayor peso que cualquier material de archivo de ella siendo entrevistada o dando una supuesta clase universitaria. Incluso, el reiterado uso de una famosa fotografía, de cuando encaraba a la policía con una escoba, permanece desenfocada en la mitad de las veces. El sonido es el que manda y dice las cosas como son.

La Yegua de Troya es un filme que invoca, y que por momentos pretende irrumpir. En el tramo final de la película, hay un found footage sobre distintos hechos de la historia argentina, que puede ir desde el Cordobazo hasta las protestas previas a la Masacre de Avellaneda. Todo eso conforma una épica fantasmagórica pretendiendo no desencajar en los dilemas micro que parecieran no resolverse todavía. Si algo puede pensarse como aporte del tiempo presente, se puede encontrar en los registros de ella colaborando con una huerta en el espacio comunitario Caracol. Frente a las ideas de la política de arriba de amontonar aparatos para descabezar a las nuevas derechas vía elecciones, la libertaria cuestionaba que los tropiezos de la actual democracia eran las rémoras que dejó la dictadura: “¡Minga! Esto es la Democracia”, insistía, y que quizás tener a Milei como Presidente iba a ser su mejor argumento. La acción directa se valora, pero tampoco se conforma. En tiempos donde la incorrección política pareciera ser un privilegio de clase, Maite podría llegar a decir que si la salida es colectiva y lo personal es político, entonces hay que agarrar la pala.

La Yegua de Troya se proyecta el viernes 19 de junio, a las 20:30 hs., en el Cineclub Municipal Hugo Del Carril (Bv. San Juan 49, Ciudad de Córdoba).