El más sabio de los deberes

Una crítica a Lxs desobedientes, una ciencia ficción que acude al Cordobazo.

Por Lea Ross

¿Qué es la desobediencia? Es el más sabio de todos los deberes. Eso se escucha entre las voces de Lxs desobedientes, la tercera película de Nadir Medina y estrenada recientemente en el Cineclub Municipal Hugo de Carril. Es decir, carga en sí mismo una cualidad de sabiduría. Esa misma que cargaban aquellas revueltas callejeras en las calles cordobesas que, a la hora de compaginar los registros llevadas a cabo por las distintas lentes de aquella época, pareciera emular a un sueño lejano. Todo eso lo vemos desde la óptica de una Córdoba actual que pareciera desviar el eje de ese deber.

Presentada dentro del género de la ciencia ficción, el director de Instrucciones para flotar a un muerto reconstruye una ciudad de Córdoba que dice ser de un futuro poco preciso; aunque en el tan mentado “multiverso”, podría tratarse de la capital actual en una dimensión paralela. Curiosa decisión ética de poner de protagonista a una trolebusera, donde un año anterior al rodaje, dicha figura obrera tuvo un rol central dentro de un recordado y extenso paro de transporte que paralizó a la urbe, que tuvo su propio testimonio audiovisual en otro filme como es Andá a lavar los platos. Pero en este caso, en este filme futurista, la aferración de ese ahora (mucha veces evadido por el cine, para cederlo a la televisión a la redes sociales) dialoga o “recapitula” con tiempos pretéritos mediante materiales de archivo.

En la película, las noches se vuelven eternas. El ambiente sonoro tiene una fineza que tiende a lo tétrico. Los rostros que quiebran la cuarta pared, en algunos casos portando máscaras de gas, nos dicen sin palabras de una sociedad administrada por una régimen “de derecha, neoliberal, empresarial, fascista y represiva”. Ante esos claroscuros, en recónditos lugares, se planifica una gesta. Y las memorias registradas, de manera fílmica y televisiva, del Cordobazo u otros eventos de entre fines de los sesenta y principios de los setenta se mete en la trama de manera suave.

Todos los compromisos del sonido se cumplen. Desde el mencionado ambiente lúgubre, pasando por alguna sorpresa estridente, hasta la adulteración de los viejos registros otorgan una suerte de “hackeo” celestial radiofónico, donde la grabación de palabras se ahuecan y adquieren una intervención que paraliza lo establecido en todo el espectro.

La película tiene su límite al centralizar un símbolo común en la lucha, materializada por el dibujo de una rosa que, más allá de su parentesco involuntario al logo del Partido Socialista, termina homogenizando la causa común, en contrapartida a lo que implicó la revuelta de 1969, logrado mediante la confluencia de diversos lineamientos de las izquierdas revolucionarias, que partían desde Perón al Che, desde Marx hasta Mao, o incluso desde la figura de Cristo. Eso no le quita crédito de irreverencia al acudir a la más emblemática canción de Sandro.

De esta manera, la parálisis política que tiene Lxs desobedientes al no tomar esa capacidad de maduración política de esas fuerzas disimiles -en contrapartida a un cine más “comercial”, que toma al arquetipo del rebelde colectivo guiado por una figura sin chistar y sin fisuras internas- no es ajeno a gran parte del cine “político”, que muchas veces toma a la discusión de la misma como un pantano a esquivar. Meterse en ella será un verdadero acto desobediente.