¿Sueñan los glaciares con Patrimonios de la Humanidad?
Luego de la aprobación de la reforma de la ley de glaciares, una polémica sobre las propuestas para proteger los ambientes: ¿negociación o independencia de las comunidades?
Por Yunga
Anticipándose a la vergonzosa votación del pasado jueves, el fin de semana de carnaval los glaciares de Mendoza fueron sede del 5to. Encuentro de Pueblos Puente de Agua. Fue una jornada de cuatro días que agrupó a unas cincuenta personas pertenecientes a asambleas dedicadas a defender los ríos, montañas, bosques y glaciares de los estúpidos y desalmados ataques de un capitalismo convaleciente.
Con similaridad al Encuentro Plurinacional de Mujeres y LTTBINB, la jornada consistió en una serie de talleres, proyecciones, plenarias, ferias y un festival musical. Uno era muy esperado por todes debido a los fuertes debates que estaba generando en Uspallata, pueblo sede del encuentro: ¿Conviene a los pueblos declarar sus territorios como Patrimonio de la Humanidad?
Con sede en Francia, la UNESCO puede declarar un territorio “Patrimonio de la Humanidad” y eso implica, además del reconocimiento internacional, un impulso en el turismo que a primera vista puede parecer interesante. Pero como bien se desarrolló en el taller, basta ver lo que pasó con otros territorios declarados Patrimonios para entender que no todo es color de rosas parisinas.
Bajo un caluroso toldo en el patio del Centro de Jubilados de Uspallata (que junto al patio de la iglesia fueron sede de los talleres), un mexicano nos contó cómo su pueblo fue transformado en un shopping para blancos y su gente obligada a vender artesanías o a atender grandes hoteles para sobrevivir. Luego vimos un vídeo donde una rubia con tonada porteña, pero vestida como salteña cheta (mucho blanco, botas largas, etc.), promocionaba una fiesta electrónica en Tilcara; otro vídeo, en el que una chica de la Nación Diaguita contaba cómo la patrimonialización se usó para expropiarles sus tierras. Y, así, un par de ejemplos más en los que la patrimonialización salió muy mal.

En el caso de Uspallata no es la UNESCO, sino una ONG llamada Natura (que nada tiene que ver con los perfumes ni los aceites) quien, a través de una alianza con la Secretaría de Ambiente de la Provincia de Mendoza, está buscando crear un Parque Nacional. Esto es incluso más grave, porque responde a un mecanismo según el cual, con la excusa de preservar “la naturaleza”, se expulsa de ese territorio a las comunidades que ahí viven.
Ahora bien, aún cuando todo el taller giró en torno a mostrar los peligros de la patrimonialización, al abrirse el debate algunas personas todavía insistían en que era posible conseguir una “buena patrimonialización”. Y yo, dialéctica hasta la médula, adhiero a dar el debate.
Por supuesto, no podemos confiar en Natura ni en la UNESCO, pero me pregunto: ¿Existirá alguna negociación posible entre el pueblo de Uspallata y el gobierno provincial o nacional que brinde autonomía?
Flexibilizando un poco la definición de “patrimonialización”, y teniendo en cuenta que hoy los pueblos del mundo estamos en una explícita guerra contra el Capital, ¿no es la organización y la negociación nuestra única alternativa (más allá de una lucha armada que, sabemos, no estamos en condiciones de ganar)? Supongamos por ejemplo un proyecto, pensado por el mismo pueblo de Uspallata, donde se declare que sus habitantes no aceptarán que ninguna persona nacida a más de 50 kilómetros de allí pueda comprar o explotar las tierras sin autorización de una Asamblea Contituyente… ¿No se parecería eso a una Declaración de Independencia?

Doscientos años de historia nos enseñaron que no basta con declararse independientes para dejar de ser dependientes (de hecho, cabe preguntarse si es posible o hasta deseable una “independencia”). Sin embargo, todavía elegimos agradecer al más cüir de nuestros próceres por haber al menos imaginado una Nación cuyo Pater (“de monio”) no viva en un palacio en Madrid, sino que (al menos) sea alguien elegido por gente que habite el territorio en cuestión.
A lo que voy es: No se trata tanto del papel (que poco le importa al Capital), sino de las prácticas e intereses que esa declaración genera en las personas involucradas. Basta con que un pueblo se organice para declarar que producirá su alimento, libre de agrotóxicos, de mineras y de supermercados, para que esa declaración ya produzca una identidad y una responsabilidad que la mayoría de los pueblos carecen. Por supuesto que nada nos libra de que mañana pueda aparecer un Trump en helicóptero y cagarse en nuestros acuerdos (como hizo el gobierno con la Ley de Glaciares). Pero como eso es algo que de todas maneras está sucediendo, organizarse para consensuar una soberanía deseada es urgente. Y qué mejor momento para (re)pensar esos consensos que este, en el que la democracia pide a gritos una redefinición.
