Nunca más solas

El próximo 3 de junio se cumplen 6 años de la primera marcha de #NiUnaMenos, una consigna en contra de los femicidios que se transformó en el movimiento más grande de Latinoamérica y que devino ola verde después. Un artículo que repasa los impactos personales y colectivos de ese día histórico. 

“Desde las propias experiencias vitales, sabemos que debemos develar el carácter político de la violencia machista y, a la inversa, llevar la política a la vida privada”. 

Ni una menos.

Por Flo Straso

Si se me permite el sentimentalismo, escribir este artículo me emociona porque me remonta a un día histórico en lo colectivo y en lo individual. En lo colectivo, se consolidaba y masificaba un movimiento contra la violencia machista; en lo individual, el sentimiento de no sentirse más sola. Ambas se mixturaron y desde ese día el tema empezó a habitar las casas, las camas, los medios, las charlas.

Nos pongamos en contexto. Corría el año 2015 y Argentina veía las estadísticas de los femicidios producidas por los observatorios de organizaciones sociales (ante la falta de estadísticas oficiales). El año anterior, 227 mujeres habían sido asesinadas en manos de sus parejas o ex parejas; y el 2015 se mostraba con un aumento alarmante. El malestar se profundizó con el mal tratamiento de los medios que revictimizaron a las víctimas y fundamentaron, en cierto modo, esos crímenes sistemáticos. 

Como una olla a presión, algo se avecinaba. Argentina tenía, hasta ese momento, leyes muy valiosas en materia de género y derechos humanos, tales como la Ley de protección integral (2009), Educación Sexual Integral (2006), Matrimonio Igualitario (2010) e Identidad de género (2012), entre otras. En lo legislativo la vida de las mujeres valía, pero en lo práctico la desidia e indiferencia se mantenían con fuerza. 

Nuestro país tiene una historia de más de 3 décadas del movimiento de mujeres y diversidades. Somos el país de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto, de los Encuentros de Mujeres, de las Abuelas de Plaza de Mayo, de las travestis y trans organizandose. Las calles siempre estuvieron ahí. Y eso es lo que pasó: se corrió la bola de que se marchaba en contra de los femicidios y las redes sociales se viralizaron con la consigna “Ni una menos”. Y allá fuimos. 

No seas indiferente

Relata la carta orgánica oficial: “Ni una menos nació ante el hartazgo por la violencia machista, que tiene su punto más cruel en el femicidio”. Espontánea y autoconvocada “se nombró así, sencillamente, diciendo basta de un modo que a todas y todos conmovió (…) es la manera de sentenciar que es inaceptable seguir contando mujeres asesinadas por el hecho de ser mujeres o cuerpos disidentes”. 

Todas las personas estaban de acuerdo con tal noble causa y, a eso de las seis de la tarde, las calles de más de 80 ciudades de la Argentina se vieron repletas con cánticos y carteles al són del reclamo. Nadie se imaginaba que ese mismo movimiento se consolidaría de forma tal que a la brevedad estructuraría el calendario feminista latinoamericano y de exportación, que le realizó el primer paro nacional de mujeres al gobierno de Mauricio Macri tras la contracción de la deuda externa, el paro internacional de mujeres cada ocho de marzo en pos de derechos laborales, y el tres de junio como efeméride contra los femicidios, cuyas cifas, a pesar de todo, se mantienen intactas. 

Tampoco nos imaginábamos que luchar contra los femicidios iba a develar las violencias cotidianas que sufrimos por el hecho de ser mujeres. El mismo movimiento puso sobre la mesa temas encajonados como el acoso sexual y callejero, la brecha salarial, el trabajo de cuidado no remunerado, el amor romántico, la cultura patriarcal en la música, el trabajo y el desempleo, y la lista sigue… 

No nos callamos más  

Ese movimiento plural y heterogéneo que irrumpió el espacio público, se trasladó al espacio privado al sembrar, en cada una, la semilla del hartazgo hacia el machismo naturalizado. Y, como dicen las chicas en la carta antes citada, sirvió para identificar “pequeñas inequidades y violencias cotidianas como acciones que agravian las biografías y cercenan la vida en libertad: de poder decir sí o de decir no”. Reconocimos la dimensión individual de la violencia estructural.  

Sin lugar a dudas, esto permeó todas las capas de la vida: empezamos a hablar del tema con nuestras amigas y amigos, con nuestros familiares, con colegas en el trabajo y en el estudio. Se vió reflejado, también, en la percepción de la violencia: antes, era un asunto privado y mejor no te metas; ahora, metete porque esa piba corre peligro. Simultáneamente, cientos de dispositivos se desarrollaron: líneas de atención y contención, autoconvocadas y organizadas en la capital y en el interior, redes feministas, etc. Pero como si esto fuera poco, instaló el tema en la agenda pública, mediática y política. 

Transformar el duelo en potencia

Desde ese 3 de junio se inició un camino de empoderamiento que a muchas nos salvó. Al són de ¡Vivas nos queremos! reclamamos nuestras libertades y, como lo personal es político, pregnamos de política feminista nuestros ámbitos, visibilizando desidias y reclamando al Estado mayor presencia. Como relata el documento: “No vamos a dejar de señalar la complicidad judicial en la desprotección de las mujeres que denuncian, ni la del Ejecutivo cuando recorta políticas que podrían evitar las violencias. Ante cada femicidio podemos decir: el Estado es responsable”.

Además, se amplió el paradigma de la violencia física hacia los otros tipos (sexual, económica-patrimonial, psicológica y simbólica), y se visibilizaron los distintos ámbitos en donde esas violencias se ejercen (doméstico, laboral, institucional, público, político, reproductivo, obstétrico y mediático). Un verdadero cambio de paradigma. Con ello, los medios de comunicación se vieron obligados a abandonar el término que situaba a estos crímenes como “excesos de pasión” e incorporaron secciones especializadas, palabra de expertas y el uso del término femicidio que, desde el 2012, es un agravante de las penas. 

Nunca más solas

No exagero cuando digo que ese día nos cambió la vida. Nosotras, convivientes desde pequeñas con esa sensación extraña, resignificabamos nuestras existencias/experiencias y nos amigabamos/hermanabamos con nosotras mismas y con las de más. Como relata la carta: “El primer mandato del patriarcado nos enseña a desconfiar las unas de las otras. En cada uno de nuestros trayectos biográficos está el sufrimiento y las huellas del daño”. Incluso, fue una fecha reparadora que nos puso las gafas violetas y repercutió en el vínculo con las mujeres de nuestra familia, con la medicina, con la educación… con todo.

Con aciertos y con errores, seis años han pasado y mucho hemos discutido, sufrido, llorado y celebrado. Lo importante es la red, la salida que es colectiva, la conexión entre el tejido personal y político y la certeza de que “si tocan a una, tocan a todas”. Finalizo este artículo más emocionada de lo que empecé. Tanto cambió y tanto queda por cambiar. A seis años del primer ni una menos, el grito es el mismo: basta de femicidios, vivas nos queremos.

Todas las fotos son del FB de ni una menos Córdoba. https://m.facebook.com/niunamenoscordoba/