Laport en busca de la Córdoba perdida


Una crítica a la película Bandido, el comentado film presentado en el festival del BAFICI.

Por Lea Ross

“Una película populista es la que presenta el festival de cine de la capital del PRO”. Esa quizás sea la síntesis que desencadenó los comentarios sobre Bandido, el segundo filme de Luciano Castro, que dio inicio al Festival de Cine Independiente de Buenos Aires, principal distrito que, hasta ahora, ocupa territorialmente aquella fuerza política posmoderna llamada macrismo. En cierta manera, lo popular como cualidad, tanto en la política como en el arte, no tiene una definición conceptual consensuada. El escepticismo que hubo sobre aquel empresario ocupador de gerencias (y reposeras) de entrar a la Casa Rosada, tendría el mismo peso que la que puede cargar un artista con su propia trayectoria. Un galán de telenovelas como Osvaldo Laport, interpretando en este caso a un emblemático cantante melódico que deviene en un referente de una causa de lucha barrial, puede resultar de un misticismo incomprendido para aquel que tiene una posición firme de lectura política, tanto por izquierda como por derecha.

Laport logra que Roberto Benítez, el “Bandido” que protagoniza el filme, sea un personaje netamente cinematográfico. No hay líneas de dialogo que le marquen su expresión, ni una banda sonora que se encargue de subrayarlo. Los momentos de silencio, los encuentro banales con dueños de espectáculos y dirigentes pollitos, su interacción con el entorno, la vestimenta, la condición climatológica, todo cede a partir de la construcción de un ambiente definido por el director de la película. Su solemnidad basta para comprender lo que le pasa.

Cuando parecía que su carrera ya no tenía sentido, todo cambia cuando una serie de hechos fortuitos -demasiado forzados- llevará a Bandido a descubrir una tensa situación que se vive en un barrio pegado a la Circunvalación de la ciudad de Córdoba. Hay aquí una lectura de advertencia: la instalación de toda antena de telefonía celular será el desencadenante de los nuevos conflictos socioambientales. Como se expondrá un momento de tensión con una empleada municipal, la demanda de mercado lleva a disputar la posición de las ofertas.

En ese sentido, hay una paradoja cordobesista, en donde el cine cordobés nunca le fue esquivo al abuso policial, pero sí lo fue en cuanto a territorios con problemáticas ambientales. El deterioro que produce el monocultivo de soja en los suelos cordobeses fueron mejor representados por cineastas que provienen por fuera de la provincia. En cierta manera, los límites de Bandidos quizás expliquen esas causales.

Aquí, el personaje de Laport deja a un lado su vivienda de un countrie, con sus frondosos espacios verdes, para encontrarse con una comunidad dispuesta a evitar la instalación de esa infraestructura. Los tiempos son lo insuficientemente apretados como para que el protagonista atienda una olla popular, disputa una asamblea e incluso encarando a la policía.

Si todo territorio cordobés padece una injusticia que llevaría a gravar más sus condiciones materiales, a costa de mejorar para quienes viven en mejores condiciones, requiere poner en discusión el gran tema histórico del cine, como es la ausencia del pueblo. Incluso, tanto el inicio y el final, nunca se contempla al público. La falta de ese contraplano de cierre resuelve a la película como un ejercicio de autoayuda, más que de una indagación sobre la heterogeneidad de los territorios, donde tanto la periferia como el barrio cerrado nunca interactúan.

En ese sentido, el derroche de lo políticamente correcto lleva a que el actor que encarne al “pibe chorro amateur” cumpla a rajatabla con todos los rasgos antropomórficos que carga semejante estereotipo. Todo para recibir, de forma explícita, el perdón celestial del cantante.

Curiosa paradoja interna de la propia película: el único momento donde se siente la noción de pueblo es cuando no se ven a lxs vecinxs. La caminata de Laport en una calle de tierra, escuchando el ambiente sonoro de una herramienta de trabajo, mientras el viento empuja su rostro, es un momento en donde se respira un ambiente cordial, donde la soledad se vuelve la mejor compañía. Es en ese andar donde el protagonista busca esa Córdoba perdida en la pantalla grande.