La derrota electoral y la bajante del Paraná

La falta total de una agenda socioambiental demuestra también el desprecio por esa misma salud que el actual gobierno dice defender. Algunas claves de la discusión que se viene.

Por Gustavo Koening

Ilustración: Nico Mezca

Después de un cuarto de siglo de monocultivo transgénico hemos llegado a la peor crisis alimentaria, económica, social y ambiental del país. Ahora se suma la crisis política.

Ni con retenciones el modelo es exitoso. Desde 1996, año en que se aprobó el ingreso de la soja transgénica al país, no paramos de sumar hectáreas al monocultivo y pobres a las estadísticas. Todos los gobiernos, no importa su signo ideológico, quieren sembrar mas soja, ahí no hay grieta. Después de un cuarto de siglo de exportar alimentos, más de la mitad de los niños argentinos sigue con hambre.

El derrame de la copa neoliberal nunca llegó. ¿Dónde quedó el derrame del modelo extractivista?

Los números de la bancarrota económica no fueron lo suficientemente persuasivos y el límite al desastre lo tuvo que poner el río. La bajante histórica del río Paraná es la más evidente muestra del fracaso del modelo de desarrollo propuesto por el agronegocio y se lleva puesta a todas las alternativas políticas.

La soja seca al río

El avance del cultivo transgénico genera desmonte, pérdida del bosque nativo, arrasa humedales e incendia la selva tropical. La dramática pérdida de monte nativo en Argentina y los recientes incendios forestales en la Amazonía brasileña son ejemplos claros de la desertificación sojera, de la devastación de la selva tropical para ganar hectáreas y billetes en la exportación de granos transgénicos.

Toda la humedad y la retención de gotas de estos ecosistemas se pierden. Los ríos nacen de las nubes de humedad, los ríos son producto de las lluvias. El desmonte que hace disminuir las lluvias es el mismo que hace bajar el nivel del río. El desmonte es la principal causa de la bajante del río Paraná. Y con el Paraná bajo no se puede sacar la soja y hay que dragar y dragar para que puedan pasar los gigantescos barcos portacontenedores y así poder exportar el mismo cultivo que seca al río. Esta es la principal paradoja Sudamericana.

Una ideología mercantilista y materialista, ya sea de derechas o izquierdas, desesperada por el ingreso de divisas y que se desentiende de la comprensión de los ecosistemas. La linealidad del cálculo económico en busca del rápido beneficio, tanto de la economía liberal como de la keynesiana, ignora la circularidad, los necesarios ciclos de renovación de la naturaleza.  La naturaleza es circular y la racionalidad económica es lineal.

Sin soberanía sobre nuestros ríos, montañas, lagos, minerales, mares o genes, no habrán planes sociales que alcancen. El problema no es la pobreza sino la ausencia de soberanía, la incapacidad de nuestros dirigentes para defender nuestras riquezas de la extranjerización.

La Pacha devuelve su ofrenda

Dragar es mover el fondo del río, y hay que preguntarse qué es lo que hemos dado todos estos años al río Paraná. La Pacha devuelve su ofrenda. El dragado moverá la memoria del río y emergerá a la superficie lo que se ha ido acumulando en el fondo.

Como la renta marginal de la tierra obtiene su ganancia de la cercanía del cultivo a la principal vía de exportación, a todo lo largo de la “hidrovÍa” la soja es la reina del paisaje y la contaminación con agrotóxicos vertida por todos estos años, en todos esos kilómetros de soja, ha ido a parar al fondo del río. La utilización de plaguicidas se incrementó en un 900% en los últimos 20 años y hoy se escurren al Paraná 500 mil toneladas de agrotóxicos por año. Un embotellamiento de camiones cargados con agroquímicos desde Capital Federal a Capilla del Monte.

No estamos hablando de la contaminación de un río más, el Paraná es el nervio principal de toda Sudamérica, son 4000 km recorriendo Brasil, Paraguay y Argentina, países que se dedican a pleno al monocultivo de transgénicos.

La soja como minería a cielo abierto

Al río Paraná le sucede lo mismo que a los ríos contaminados por la minería a cielo abierto. Otro río víctima del extractivismo.

Como ya es de común, conocimiento la minería cianurífera utiliza químicos poderosos para separar las piedras de la montaña dinamitada del mineral puro, un proceso a base de cianuro que se llama lixiviado. Luego ese lixiviado, o sopa de químicos, es guardada en diques de cola que con el paso del tiempo se fracturan, los químicos se filtran al suelo y llegan hasta los ríos. En febrero de 2018, en la provincia de San Juan, se contaminó el río Jachal con un millón de litros de vertidos cianuríferos y metales pesados. En esos ríos tóxicos beben las familias cuyanas y abastecen su frágil economía de animales de crianza.  

La inmensa riqueza mineral de nuestras montañas se exporta y las consecuencias ambientales son nuestras. El cianuro es de nosotros y las riquezas son ajenas. Eso sí, estas empresas extranjeras no tienen permitido contaminar los ríos en su país de origen porque ahí sí existen legislaciones que protegen al medio ambiente.

Pero el proyecto minero más grande es el de la soja. Porque también son minerales los que se extraen al cosechar el poroto. Miles y miles de hectáreas de monocultivos transgénicos que extraen la rica nutrición de los suelos argentinos para subirlas a los barcos en millones de conteiners. Son los nutrientes y el agua de nuestros suelos lo que se fuga. Eso sí es fuga de capitales.

La sojización es minería a cielo abierto, una actividad extractivista que demanda grandes cantidades de agua para el riego y que vierte contaminación química en los ríos,  pero que en vez de sacar minerales de las montañas absorbe los nutrientes directamente del suelo.

El proyecto minero más grande de Latinoamérica es de Bayer-Monsanto, subsume al 80% de la superficie cultivable de la Argentina y el Paraná es el río contaminado de esta megaminera, su primera víctima.

Del cianuro al glifosato

La explotación minera del suelo no usa cianuro, usa glifosato, un químico cancerígeno que se vierte a razón de 500 millones de litros anuales. 500.000 toneladas de venenos cancerígenos entran todos los años a las entrañas del suelo argentino, asesinan toda diversidad de microorganismos, se filtran a las napas subterráneas y viajan por el mismo río por el que sale a la venta la soja.

A la vera de las costas santafecinas, entrerrianas y correntinas la bajante deja a los barcos apoyados en las riveras sobre un lecho seco, un paisaje desolador. La bajante es tal que se puede ir caminando a las islas que estaban en el medio del curso de agua. Es el punto más bajo desde hace 140 años señaló Juan Barús, Subgerente de Sistemas de Información y Alerta Hidrológica del Instituto Nacional del Agua, INA.

Las aguas bajan turbias y una sopa poderosa de pesticidas se concentra a medida que el río baja. Al haber menos lluvias la concentración de agrotóxicos en el Rio Paraná sube, los venenos están menos diluidos y el dragado removerá ese fondo de barro y químicos sumamente tóxicos a riesgo de que entren a la red de conexión de agua, se evaporen y emerjan a la superficie perjudicando seriamente la salud y el ambiente.   

1.500.000 personas viven de ese río, el cual sirve de abastecimiento de agua a barrios enteros que tuvieron la suerte o la desgracia de alojarse a la vera del toxico Paraná.

La salud es la ecología

Los peronistas del siglo XXI parecen haber olvidado el Mensaje Ambiental a los Pueblos y Gobiernos del Mundo de Juan Domingo Perón. Ni siquiera en una pandemia que pone en el centro de la escena el tema de la salud piensan salirse del modelo contaminante de la agroindustria toxica.

El modelo de desarrollo reprimarizador de exportación de materias primas no resultó viable ni económica, ni ambiental, ni políticamente. Solo concentró riqueza en un minúsculo sector de la sociedad, dándole poder de veto y otorgándole la capacidad de estrangular la economía de divisas extorsionando a todo el pueblo argentino.

25 años de soja, de aumentos en los precios de alimentos, de pérdida del monte nativo, de desaparición de humedales, de desertificación, de aumentos comprobados en los casos de cáncer en los pueblos fumigados. Ahora es un ecosistema entero la víctima del modelo. ¿Qué mas hace falta para decláralo agotado? ¿Perder elecciones?

En el marco de esta nueva época donde hipócritamente cobró centralidad la importancia de lo sanitario pareciera quedarnos ya a todos claro que la salud es más importante que la economía.

¿Pero no depende nuestra salud del medio ambiente?

¿De qué salud puede hablarse mientras se profundiza el modelo extractivista?