Gatillazos de cine (2)


Breves críticas a tres cortometrajes latinoamericanos presentados en el internacional Festival Anima en Córdoba.

Por Lea Ross

El juego (Colombia), de Jenaro González

Mediante códigos sacados del animé japonés, el corto animado de Jenaro González pretende encarar las raíces de una de las abominaciones de la humanidad como son las guerras, a partir de un simple divertimento infantil dentro de un espacio verde recreativo. La discusión sobre la ubicación de los dardos insertados en un tablero agrava el rencor previo acumulado, que se eleva en la etapa adulta con las pretensiones de ocupación territorial. La cuestión “infantiloide” se pone en tensión para parte de un público menor de edad, al tener que contemplar el ataque hacia un globo ocular de un personaje. Aún así, la crudeza de la violencia animada oriental no logra ser lo suficientemente dignificada al encerrar la trama en una moraleja que devora los propios atributos del filme. Gran tema a discutir sobre la guerra en el cine, donde los intereses económicos en disputa siempre están fuera de campo, sobretodo desde una perspectiva bienintencionada.

Carne (Brasil), de Camila Kater

A partir de cinco testimonios, Camila Kater interpreta desde lo visual, pero también desde lo sonoro, las vicisitudes de mujeres y su relación con el entorno (interno y externo), a partir de la intermediación de su costado material de la identidad como es el cuerpo. Poco importa si las declaraciones son reales o ficcionales. Aquí, la línea conceptual de la cineasta mantiene una precisión cuidadosa, aún con ideas que pueden ser discutidas, como ligar la gordura a la redondez del plato o como deposito de alimentos. La menopausia o la menstruación se presentan con esplendorosos momentos de stopmotion, donde los insumos a colorear permiten milimétricamente exponer su textura, como así también un registro de sonido que remite al paso de una brocha; todo un conjunto de elementos audiovisuales que llega a ser demasiado incisivo e incómodo para un lector masculino. Es en ese pasar de los trazos coloridos, en particular del rojo, que llevan a que la película eleve una intensidad liberadora y a la vez carnal. Siendo una contrapartida hacia a aquel criterio sistémico de privilegiar a determinados sujetos, Carne refuerza aquella máxima de Galeano que define al cuerpo como una fiesta.

Cucaracha (Córdoba, Argentina), de Agustín Touriño

Una readaptación del más famoso cuento de Franz Kafka, donde se traslada a una ciudad estancada en las normas de un período industrial, definida incluso bajo una dirección artística burtoniana, explicitada por sus diseños desalineados. Aquí, la trama gira en torno en la convivencia entre un obrero solitario y un insecto amante de las galletas, en una vivienda con un criterio de orden muy distinto a la precisión métrica del inicio y ejecución de la jornada laboral de la fábrica. Es en ese contraste donde emerge el costado misterioso de la trama que tiende a un pasaje metafísico. El pase de lo material a lo inmaterial se refuerza en este estilo stopmotion donde lo desechable se contempla en la conformación misma de la puesta en escena, desde fragmentos de cables que arman las patitas del bicho, hasta los cartones que emulan a los inmuebles. No es que eso sea subrayado, pero frente a un símbolo televisivo, que es el único momento que se contempla una figura simétrica y equilibrada, es lo que permite profundizar la intriga, como así también la lectura de esa trama; un acierto que no siempre se encuentran en éstas historias de género, y más cuando la metamorfosis de un clásico pretende adaptarse a las inquietudes de nuestra era, sin perder su base inspiradora.