FEMINISMOSPensamiento Crítico

Fútbol, hormonas y femicidios

Perdimos gran parte de la llamada “batalla cultural” contra el neoliberalismo, pues nuestros ídolos pasaron a ser pendejos blancos criados en Europa, que viven en Miami y le dan la mano a genocidas.

Por Yunga

El viernes pasado salió el libro Una Travesti en la Liga Cordobesa de Fútbol (Pimienta Rosa ediciones), en el que cuento algunas de las experiencias y discusiones que atravesamos para que me permitieran jugar fútbol femenino semi-profesional.

Quisiera aprovechar la oportunidad para compartirles algunas de las motivaciones que me llevaron a intentar jugar en la Liga Cordobesa y por lo tanto también a escribir el libro.

El eje central del libro es EL tema de nuestra generación: la violencia de los varones.

Con el femicidio de Agostina vimos clarísimo cómo la policía, el Poder Judicial, la municipalidad, el periodismo y el peronismo cordobés siguen tan atravesados por el patriarcado como hace once años.

O hasta más. Si tenemos en cuenta que los anti-feminismos están más empoderados ahora de lo que lo estaban con Macri, cuando todavía no entendían bien de dónde había salido la ola que los revolcó.

Nos toca contra-atacar y volver a “pasarnos tres pueblos”, pero me tomo el atrevimiento de advertir que esta vez hay que elegir con más cuidado hacia qué pueblo vamos a apuntar, porque otra vez estamos centrando el debate en si el Estado está o no haciendo justicia, cuando es ese mismo Estado el que produce femicidas.

Sé que estamos sensibles y nos resulta difícil cuestionar los Estados Naciones porque hoy la derecha se viste de “anarquista” y ataca contra el Estado (como si los gobiernos neoliberales no hicieran su propio Estado junto a ejércitos y millonarios), y sé también que muches estarán hartes de escuchar esta cita de Audre Lorde, poeta negra de los 70, pero una vez más he de invocar aquello de “no se desmantela la casa del amo con las herramientas del amo”.

Foto: Gabriel Martínez.

Para entender a qué me refiero voy a comentar un meme que vi mucho estas semanas y que también lo vi en carteles en la marcha del 3J:

Un varón le dice a una mujer: “¿Quién les protegería si nosotros no existiéramos?”

Ella responde “¿Protegernos de quién?”.

Obvio empatizo con la intención del meme de ir contra esos varones que dicen “las mujeres también matan”, como si no se hubieran inventado las estadísticas o como si una mujer infanticida valiera por mil femicidas, pero les propongo el siguiente experimento mental:

Mañana amanecemos todes con concha.

Cuando alguien nace, se tira una moneda:

Cara, se le cría como mujer

Cruz, se le cría como varón.

Todo en este Planeta B es igual al nuestro, salvo que los clítoris eyaculan semen.

¿Habría menos femicidios en Planeta B?

Ph: Lea Ross.

Ojo, capaz sí. Capaz algo de razón tienen las instituciones deportivas con la importancia que le dan a testosterona (después de todo, la biología también es cultural), y entonces esa doble dosis de estrógeno que tendría Planeta B quizás alcanzaría para evitar femicidios. Si es así, habría que ir sumando al carnet de vacunación inyecciones de estrógeno para las personas con pene. Sin embargo, la intención del experimento es más bien correr el eje de los cuerpos y dirigirlo hacia las instituciones (que reciben niñes con pene y les transforman en femicidas y genocidas).

No estoy diciendo nada nuevo, es el “cuerpo dócil” de Foucault, pero quería poner esa clave para pasar al segundo eje del libro: una vez que hemos decidido habitar una institución (la Liga Cordobesa de Fútbol, por ejemplo), ¿Cuántos de nuestros ideales estamos dispuestes a traicionar para pertenecer?

Que no nos engañe la forma de enunciarlo. Hacemos esto todo el tiempo, es parte de la vida. Cada vez que yo decido no tirarle una piedra a cada 4×4 que me cruzo, estoy concediendo para pertenecer. Estoy negociando estratégicamente entre mi furia y mi deseo de seguir siendo parte de una sociedad que amo casi tanto como también odio.

Volviendo al fútbol, entonces, cuando la activista futbolera Betu Ballari me contactó con la capitana de Juniors (Pau Valdiviezo, ahora DT del equipo), yo dije “listo, primero entro yo y en dos años conseguimos cupo trans y llenamos la Liga de travas”.

Contexto: Corría el año 2022 y, sobrevivientes de una pandemia y relativamente emocionades con nuesto DNI no binario y un fútbol femenino que crecía exponencialmente, éramos todas unas Esperancitas.

Y quizás si hubiera ganado Massa estaríamos discutiendo las categorías mixtas o intentando expulsar al ejército yanqui de nuestras minas de litio, pero ganó Milei, así que nos toca volver a explicar que las desigualdades económicas no sólo son injustas, sino que hacen que el fútbol sea más aburrido, ya que los clubes de barrio de donde podrían estar saliendo los Maradonas y Riquelmes, están al borde de la muerte.

En otras palabras: las selecciones masculinas le ganan a las femeninas no por hormonas, sino porque tienen más plata. Y como en el capitalismo lo único que genera plata es la plata, se crea un círculo vicioso en el que los dirigentes no quieren invertir en los barrios o el femenino porque no es “tan competitivo” y por lo tanto no genera plata.

Todo eso ya lo saben, pero quizás sea interesante rastrear una posible explosión de este principio capitalista a los 90, cuando con la excusa de ver a “los argentinos por el mundo”, pasamos a ver más fútbol europeo que fútbol de barrio.

Con la importancia que le damos al fútbol en latinoamérica, diría que ahí perdimos gran parte de la llamada “batalla cultural” contra el neoliberalismo, pues nuestros ídolos pasaron a ser pendejos blancos criados en Europa, que viven en Miami y le dan la mano a genocidas. Con el perdón de quienes todavía quieren a Messi, que después de todo es otro cuerpo dócil, así que si les da el corazón para perdonar, que Dios les bendiga (y no lo digo irónicamente).

 Foto de archivo de 2023 del partido San Lorenzo – Ferro de la liga femenina.

Mi propuesta en esa dirección es potenciar la dimensión del fútbol como espectáculo y no como demostración de capacidades físicas. Empezar a elegir a la trava, la gorda y la marrona por sobre la niña blanca que desde los cinco años va a una escuela de fútbol. Esa, creo yo, es la mejor forma de evitar que las jugadoras de las selecciones femeninas del futuro no sean unas chetas que solo abren la boca para vender hamburguesas o apuestas deportivas, como pasa hoy con los varones.

Un tercer y último eje del libro es quizás metodológico o epistemológico, pero no quería dejar de mencionarlo porque es quizás lo más importante que aprendí en la vida:

Todas las afirmaciones, incluso aquellas dichas por el más facho de los fachos, pueden ser ciertas si nos esforzamos en encontrarles un contexto en el que tengan sentido.

Y creo que este esfuerzo siempre vale la pena porque nos permite entender cómo es que esos pensamientos son producidos por las instituciones. Es lo que el marxismo llama “dialéctica materialista”, pero que en agroecología podríamos llamar biodiversidad. Y es que al asumir como cierta la afirmación de nuestro adversario en una discusión, nos permitimos pensar una dimensión ampliada del problema, donde luego podemos acomodar el ojo y buscar soluciones en ese nuevo espacio dimensional (si me permiten la terminología relativista).

El famoso: “pensar por fuera de la caja”.

Dejo para terminar dos ejemplos reduccionistas en esa dirección:

Tesis: la testosterona te hace jugar mejor al fútbol porque te da músculos y altura
Antítesis: el estrógeno te hace jugar mejor al fútbol porque te da empatía y unión de equipo
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Síntesis (o simbiosis): un equipo con diversidad hormonal se adapta mejor a las adversidades (a las plagas capitalistas, podríamos decir).

Otro:

Tesis: el sistema produce femicidas, hay que meterlos presos
Antítesis: “Mi hijito es un pan de Dios, tu denuncia es falsa, no se merece veinte años de cárcel”
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Síntesis: “Tiene razón señora, es más digno para todes amputarle la pija y expulsarlo del territorio”