Qué es la proeza: Crítica a la película cordobesa “La noche está marchándose ya”
La ópera prima de Ramiro Sonzini y Ezequiel Salinas es el primer film argentino que se posiciona contra la Argentina de Milei. Pero es mucho más que eso.
Por Lea Ross
La vida se monetiza. Hay pocos momentos en donde no tomemos decisiones que tengan que ver con el manejo del dinero. Lo doméstico se financiariza. No queda otra, porque “no hay plata” es el mantra de nuestros tiempos. El primer plano de la película cordobesa La noche está marchándose ya lo sintetiza. La cantidad de billetes con el número 1.000, siendo contados uno por uno por enigmáticas manos, nos permite deducir, a la misma velocidad que el conteo, el panorama económico de esta historia.
“Pelu” (Octavio Bertone) es el proyeccionista del Cineclub Municipal de la ciudad de Córdoba (tanto el personaje de este filme como el actor en la vida real). Ante los ajustes presupuestarios estatales, sumado a un peso argentino sobrevalorado que achican los salarios, el protagonista acepta la propuesta de cambiar de oficio como sereno del establecimiento con tal de mantener un mínimo ingreso. Encima perderá su vivienda alquilada, lo que lo llevará a vivir escondido en el propio cineclub.
A su humilde servidor, tengo que confesar que la ópera prima de Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini me generaba cierto prejuicio. Su argumento narrativo, detallado en el párrafo anterior, elucubraba otra de las tantas películas cordobesas, cuyos personajes cumplían con las mismas cualidades que sus realizadores: mismo grupo etario, género, sexo, gustos estéticos, clase social, etc. Y encima, en ámbitos hiperconocidos de la gran ciudad. Síntesis: el intimismo post-épico ante la falta de osadía hacia lo desconocido. La maldita cinefilia, tan bastardeada, queda nuevamente encerrada en su propio bucle. La única cualidad diferente era la alusión directa a la coyuntura actual, casi un tabú en el cine comechingón. ¿El resultado? Algo mucho más que ser la primera película argentina que cuestiona la Argentina de la era Milei.

Sonzini y Salinas se resisten a creer que el cine emule ser a las momias que para quedar en la inmortalidad deben quedar encerradas en sarcófagos. La persistencia por mostrar escenas de clásicos que se proyectan en la sala es un juego didáctico para quienes tienen devoción por este arte. El paralelismo entre la mala noticia laboral que recibe el Pelu con Los tallos amargos de Fernando Ayala es un humor oscurísimo para quienes conocen la trama de esa obra de los años cincuenta.
En el mientras tanto, los interiores del cineclub en plena madrugada parecen realmente a los pasillos de unas catacumbas. La extraordinaria fotografía no se limita solo a un uso ajustado de la luz que le permite irse por el thriller al surrealismo. Sino que, además, trabaja de manera simbiótica con un montaje, cuyos encadenados fundidos permiten saltar de una escena a otra de manera imperceptible, permitiendo secuencias hipnóticas que resultan imposibles no despegarse de la vista. Probablemente no haya un solo plano donde nos de una idea de la presencia de fantasmas, como se preguntará uno de los personajes secundarios. Pero ese montaje nos hace generar dudas que estemos enredados en una cárcel onírica, coadyuvado por un uso distorsionado del sonido. Son esos momentos que la hace diferenciar del filme uruguayo La vida útil, de Federico Veiroj, al que se le podría acusar de ser una mera remake.
Ese mismo labor se aplica en otra secuencia, cuando un acto voyerista permitiría contemplar una supuesta masturbación en la sala principal. Otra vez: no hay nada en primer plano que exponga la parte íntima del cuerpo humano. Y aún así, la enorme carga erótica que tiene ese momento es incuestionable.

Pasamos del miedo al placer. Mismos escenarios, mismos criterios cinematográficos. Todo en un ámbito casi doméstico para quienes transitan por el cineclub. Y es que al igual que el monte cordobés, cuando se es de noche, aún cuando se empieza a marcharse, todo lo perceptivo va mutando. Ni es tan verde el monte, ni es tan pétreo las paredes del cineclub. Y eso son cosas que el dinero no siempre se da cuenta. El cine lo demuestra.
La noche está marchándose ya se aguarda de a poco en fijar postura sobre el concepto de resistencia, bastardeada incluso en algunos ámbitos militantes que lo emparentan con la resignación o con la poca claridad programática. Y es que en lugar de la espera por el iluminismo de la razón por parte de algún dirigente, se empieza a preguntar qué comunidad nos hemos habituado y cuáles son las que se están por venir. Es decir: el reconocimiento que ese amor por el cine no fue suficiente para quebrar la conformidad de clase. De ahí que el cineclub de a poco termina cobijando a quienes están en situación de la calle, entre ellos los naranjitas.
Aquí merece un subrayado: este filme se estrena justo cuando el poder político local se aferra a las narrativas policiales de publicar y difundir registros de las cámaras de vigilancia para legitimar las aprensiones a quienes ejercen ese labor callejero. He aquí un paralelismo con otra película distópica: Lxs desobedientes, de Nadir Medina, cuya protagonista es una trolebusera, trabajadora que ha sido la chivo expiatoria luego de una fuerte paro de transporte en la ciudad cordobesa. Si le sumamos Sobre las nubes, de María Aparicio, de a poco, el cine cordobés percibe, y se sensibiliza, que el trabajo viene recibiendo su vapuleo por parte del capital.

Pero es llamativo además que la “comunidad cineclubista” no parece tener presencia en la película; de hecho, el personaje que le notifica la mala noticia al Pelu come un sandwich de miga de manera desagradable. A eso se le suma los chistes del protagonista tomando los porrones sin pagar del bar o vendiendo los libros de la biblioteca del cineclub por un afán más individualista. Incluso se suman otras inquietudes quizás más involuntarias, como la duda sobre si los naranjitas realmente se dedican a cuidar autos o se superponen con los de los limpiavidrios. Finalmente, la participación del personaje que crea contenidos para OnlyFan pareciera no tener su espacio en el desenlace de la película.
Toda catástrofe nos hace percibir aquello que creíamos que no está. YLa noche está marchándose ya se suma a saldar esas deudas que quizás las artes tenían con sus pueblos. Se hace cargo no haber percibido la llegada de las nuevas derechas al poder (con la excepción curiosa del mediometraje cordobésLa hora del lobo, de Natalia Ferreyra, según el criterio del pensador Nicolás Prividera). Pero los lamentos son insuficientes. La distopía que ofrece el final no es de resignación y puede ser acusada de ejercer una simple bajada de línea. Pero también son tiempos donde se demandan en decir lo que se tenga que decir. Sobretodo con una película que cumple con su proeza.
