Cómo una aventura se vuelve loca

Una crítica a la película A donde me lleve el viento.

Por Lea Ross

Si hay un rasgo latinoamericano en Jorge Luis Borges, que lo volvió universal, fue aquella en donde el habitar en un límite continental sureño hace brotar la curiosidad por conocer otros espacios recónditos. A donde me lleve el viento es un cortometraje, realizado por las jóvenes Laura Santipolio y Mariana Crohare, sobre las andanzas de la octogenaria Sara Vallejo, que recorre distintos puntos sudamericanos, gran parte de su trayecto mediante un motorhome, mientras realiza publicaciones en las redes sociales.

Desde un impresionante plano general al comienzo, la cámara de Santipolio-Crohare se mantiene tanto desde lo fijo como desde un paneo aéreo-drone, a veces con algo de vértigo, donde el entorno refuerza el aislamiento del vehículo, tanto parado como en movimiento. Los amplios espacios refuerzan esas brechas a recorrer que define Sara, sin siquiera acatar un cumplimiento tradicional de ir de Ushuaia hasta Alaska. Incluso, ciertos planos detalles que no remiten de manera directa a los mismos escenarios montañosos desencadenan esas misma incertidumbre borgeana.

Hay una curiosa decisión de no hacer referencias a la vida pasada de la protagonista. A lo sumo, algunas ideas sobre la adquisición de su transporte mediante la venta de sus bienes materiales, o una comunicación telefónica para pedir alguna ayuda monetaria. Allí, el relato se pone en tensión. Porque si bien se abstiene de caer en cierto “psicoanalismo” que atrae a cierto público acostumbrado a las ofertas del mercado, desviando el plano de ruta de la narración, a la vez corre el riesgo de desabarrancarse hacia una supuesta travesía posmoderna, que se abstiene de todo relato épico y caer en lo efímero, sin diferir mucho a cualquier historial de Instagram.

Incluso metiéndose en la cuestión problemática del subgénero road movie, donde por momentos lo paisajístico se confunde con una postal turística, o la alternancia de registros de archivo, tanto desde el celular como por la televisión, que no ofrecen mucho aporte. Por ese motivo, se vuelven más cruciales los momentos de cuando Sara hace su propia lectura, frente a la cámara, sobre la cuestión etaria y de género.

Pero la verdadera travesía en A donde me lleve el viento queda registrada en una secuencia, donde luego de recibir el acongojo de algunas de sus seguidores en la calle, directamente nos encontramos con la aventurera encerrada en su ámbito doméstico, cortando unos tomates y cebollas arriba de la tabla. A partir de allí, mediante cortes directos, el alimento se destina como cena tanto para ella como las realizadoras, que por primera vez las vemos las tres en cuerpo entero, donde la rutina concluye con la preparación de la cama. Es en ese registro costumbrista, donde se quiebra los tópicos clásicos de la división de roles para que el plano cinematográfico se convierta en un laberinto (otra vez Borges), para que también se convierta en una loca aventura para aquellas que están/estaban detrás de cámara.