CRÍTICA DE CINE

La pesadilla deja de ser eterna: Crítica a “El agente secreto”, de Kleber Mendonça Filho

Por Lea Ross

Salvo Argentina, al cine sudamericano le ha costado generar producciones sobre los horrores de las dictaduras militares. Sea la maduración que implica el irrefrenable paso del tiempo, o las vicisitudes que ha padecido en sus últimos años a la hora de pensar su democracia, Brasil viene teniendo curiosas perspectivas apuntadas a la violencia estatal setentista como el origen de todo mal. Se puede pensar que la emergencia de Aún estoy aquí, el filme de Walter Saller que le permitió a su país ganar por primera vez un Oscar, y ahora El agente secreto, dirigida porKleber Mendonça Filho y también con otra nominación a la Academia, se debe a cierta capacidad de marketing del país hermano para tener su lugar en el mundo, del cual nuestro país tampoco es ajeno. Pero la camada de artistas que optan por profundizar desde la imagen y el sonido sobre aquello que el Estado instaló el espanto permite una diversidad que lo eleva como cuando nuestros oídos escuchan un poema narrado en portugués.

Sin embargo, no es un filme chauvinista. El agente secreto persiste en la intertextualidad de las estéticas de distintos géneros cinematográficos, impensados para una historia delicada. Basta con ver la primera escena: nuestro protagonista estaciona su auto en una estación de servicio, en medio de una ruta con un ecosistema desértico. Se sorprende al ver que hay un cadáver tirado en la tierra. Quien lo atiende, le aclara que se trató de un asaltante, donde le perforaron la cabeza al intentar escapar. Cuando finalmente llega una oportuna patrulla de la policía, bastará con que veamos a nuestro personaje principal que tiene algo que ocultar. Y a la vez, nos brinda un contexto dado, a partir del comportamiento de esos agentes policiales al servicio del bien público. He aquí donde se invoca el cine de clase B, sea de zombies o western, como huellas de lo que se advierte en las próximas dos horas del filme. No hay dudas que es una de las introducciones más interesantes que ha logrado el cine latinoamericano en el presente siglo.

Su manera de concatenar las secuencias posteriores generan una desorientación no buscada y eso es quizás el punto más débil de la película. Requiere ser vista más de una vez para disfrutarla. Sea la falta de orden cronológico sin previo aviso, o extensos saltos hacia nuestro presente, los quiebres son poco cómodos para la lectura. Pero más que nada, va desde las periferias para luego llegar al centro de la trama, que sería el famoso interrogatorio con un grabador en el medio. Dicha escena es quizás uno de los pocos momentos donde se remite al cine de espías, que son muy pocos a pesar de su título. En realidad, el terror es el que recibe mayor bienvenida, cuyo principal guía es una pierna amputada. La misma, permite que la sangre distorsione lo normativizado, incluyendo una secuencia de locura donde ese miembro se convierte en un despiadado atacador por la noche, o por lo menos es lo que dirá la prensa amarillista. Incluso, en ella misma, aparecen planos cenitales que permiten contemplar la parte superior de esa pieza humana, otorgando un suculento color amarillento, típico de las películas gore.

Pero incluso, resulta congruente con los persistentes dilemas, incluso actuales en los “regímenes democráticos”, sobre la tensión entre lo público y lo privado, que es lo que catapulta el principal conflicto, en particular sobre la ciencia, la educación y la cultura. He aquí donde el filme toma esos fragmentos desperdigados en la historia para replantear nuestro presente. No es una cinefilia que se aferra a la nostalgia, sino un modo de revindicar la memoria, incluso recurriendo a nuestros temores de cuando eramos chicxs.

Esa sea quizás sea su decisión estética más interesante, e incluso más noble. A nivel histórico, el espanto de las dictaduras en el cine se reducían al acto de la tortura en un cuarto cerrado para cumplir con una simple moral. En la actualidad, poco se diferencia de los filmes pochocleros donde asesinos sádicos realizan métodos parecidos a sus víctimas, permitiendo democratizar el goce que tiene un torturador. En El agente secreto, lo horroroso es revindicado, aprovechando la coincidencia de la fecha de la trama, año 1977, con el estreno de Tiburón, de Steven Spielberg, y la curiosidad que generó las infancias por tamaño bicho marítimo con su capacidad de atacar. Aquí, el temor es un juego de las niñeces, que se contrasta con lo que cometieron los peores regímenes de nuestro continente al ultrajar parte de esas infancias.

Curiosa invocación al terror, en tiempos donde la elite demócrata de Hollywood contempla su paulatina agonía por la llegada de los canales de stream que forjan achicar sus industrias (sobretodo con la inminente fusión de Warner y Paramount). Pecadores, Frankenstein y El agente secreto, que son tres de las diez nominadas a Mejor Película para los Oscar, son películas donde consideran que el horror puede ser una clave para descifrar nuestros propios males en el mundo. Mejor bienvenida no podría ser, ante el advenimiento de una Tercera Guerra Mundial que pareciera dejar de ser una pesadilla eterna.