LITERATURA Y FILOSOFÍA

Una literatura del mal contra el imperio del bien

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A propósito de Gusanos, de Emiliano Scaricaciottoli, en nuestra sección #LibrosYAlpargatas.

Por Mariano Pacheco

Siete gusanos, que no son locos como los siete personajes de Roberto Arlt, pero que contienen esa misma violencia de un cross a la mandíbula que para el autor de Los lanzallamas debía expresarse en la literatura nacional. Emiliano Scaricaciottoli sale a la cancha con Fundidor, su segunda novela, recientemente publicada por Bernacle editorial.

En esta segunda novela de Emiliano Scaricaciottoli –que tiene sus vasos comunicantes con la anterior, Fundidor— son siete los personajes que estructuran los siete capítulos a través de los cuales podemos sumergirnos en la sordidez de una narrativa que va a contrapelo de la hegemónica literatura nacional actual. Es que Juan José Wolff, Quimey “Rully” André, Vicente Viloni, Maite Becker, Juan de Dios Inmaculado, Jaefferson “Granizo” Molina y Sheyla Ly Arana no son solamente los nombres de las siete estaciones de esta historia, sino también las voces a partir de la cual podemos adentrarnos en esta gran apología del mal, que recupera del fondo de la historia esa literatura menor que supo salirse tanto del liviano lugar del escapismo de las temáticas y procedimientos estandarizados en el mercado, como de la denuncia de los males del sistema en que vivimos, desde el testimonio o el punto de vista de los buenos de la película. Por eso Gusanos lleva al mal hasta su propio límite en la voz narrativa (recuerdo que una vez, en un intento de interpelación a Pier Paolo Pasolini, un periodista le pregunto por qué había “caído” en la vileza de crear un film como Saló, o los 120 días de Sodoma, y el gran poeta y cineasta se limitó a responder: “Para que los italianos vean lo que el norte hizo con el sur”). ¿Qué voz? Como se nos sugiere en la contratapa, la del “razonamiento y la actitud de una generación estafada”.

Es que esta novela reconstruye un micromundo escolar muy lejano al de las y los adorables estudiantes o el de los heroicos profes progresistas que se esfuerzas por educar en un mundo donde la educación es una ruina más entre otras ruinas (más bien es “un gran negocio” –apoyo escolar “Open 24”–). En ese (este) presente vigilante medio argentino en el que transcurre la historia, el “medio pelo” no es el enemigo denunciado desde afuera (desde abajo) ni el que ejercita una suerte de autoanálisis crítico de las bellas almas progresistas, sino el blanco descarnado de una serie de dardos que son disparados sin piedad desde sus propias filas.

La novela tiene la rara virtud de hacer sobrellevar la lectura de una incorrección política declarada con mucho humor: pasajes racistas, machistas, xenófobos, clasistas, capacitistas (y todas las adjetivaciones que se les ocurran) no dejan de provocar risas (la risa maldita del situarse más allá del bien y del mal, es decir, más allá de la moral). Es que el gran enemigo estético es el del imperio del bien, y todas sus cómodas posiciones y lugares comunes. Aquí ese imperio tiene nombre: “La hermandad”, que no son más que esas “nenas de papá y mamá con abultadas tarjetas de crédito” y “sesiones largas de terapia”.

Así, ya desde la primera página, nos encontramos con un anti-manual de corrección política y una apología de la literatura del mal: un judío que sostiene que a los judíos les gustaba que los nazis se los violaran; inmigrantes inmorales y traicioneras; profesores “gordo-cerdos”, pero también, historias tropicales, latinas, toda esa “cheguevareada de barbudos, de islas, de trenes blindados descarrilados, de ron…”, junto con efemérides y celebraciones, “a rolete”, del tipo “primavera menstrual” (con “bandas en vivo y perreo transhumanista”) o la semana “de la primera mujer en cruzar el Río de La Plata en lancha”.

Es que en el efímero mundo donde todo queda viejo al par de horas (“el poder del presente era todo. La hermandad condenaba el pasado, como los vampiros”),Gusanosnarra, ácido, no sólo el ámbito profesoral de una manga de fracasados, sino también el de un mundo adolescente donde ya no hay rock, ni tampoco “vuelta de la política” a través de la “juventud kirchnerista” (“no eran tiempos de rock, de las bandas que rajan al cielo. No. Tampoco de movilizaciones en el plano político. ¿Juventud politizada? El kirchnerismo era, al menos en el San Cipriano, un fantasma que no podía recorrer ni un metro”). Tampoco hay, en este mundo juvenil, guerras que se guerreen (sencillamente, porque esta generación, “no tiene enemigos”). No hay batallas ni confrontaciones, sino protocolos, censuras, estereotipos, cancelaciones… “Nos vinieron a meter ese panfleto de un mundo sin odio apelando al odio; sin yuta apelando a la yuta, sin democracia apelando a al democracia; sin instituciones creando más”.

Con la lengua del metal como telón de fondo, las referencias autobiográficas son embargo son nulas, aunque una cierta atmósfera en serie con el autor puede intuirse en referencias al conurbano sur como la Plaza Conesa, San Francisco Solano o La Cañada (todos sitios del Quilmes natal Scaricaciottoli, que aparecen tan difusas como la propia presencia del autor en clave de sustracción del tono personológico, como ocurre en tantas literaturas actuales).

Quizás el texto contenga desde la ficción elementos para una programática futura, y que puede sintetizarse en cinco movimientos (deliberar, discutir, intervenir, atacar, pasear), que son a su vez cinco golpes de martillo contra el democratismo libera-progresista de nuestro tiempo (votar, moderar, denunciar, defender, vigilantear).