LITERATURA Y FILOSOFÍA

¿Por qué las trincheras están llenas de cabecitas negra?

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Esta semana en que se conmemoran 41 años de la guerra de Malvinas, en la sección Libros y Alpargatas de La luna con gatillo rescatamos la emblemática novela de Fogwill Los Pichiciegos, escrita casi en simultáneo con los hechos bélicos.

Por Mariano Pacheco

I-

Los Pichiciegos es un libro polémico que no busca encajar en las narraciones típicas y políticamente correctas sobre la guerra de Malvinas. Partiendo de un imaginario que hace hincapié en la cuestión nacional, cuestiona dicha identidad, ya desde el vamos, en tanto que sus protagonistas (“Los Pichis”) no son un desprendimiento de las tropas argentinas que continúan hostigando al enemigo desde otro sitio (en una suerte de guerra de guerrillas), sino que se sustraen de la lógica misma del enfrentamiento. Tampoco es que traicionan a su propia fuerza, porque no se incorporan al ejército contrincante (y si traicionan es sólo en función de sus propios intereses, para garantizar su subsistencia). Entonces aparece en la narración una duda inquietante: ¿cuáles son sus enemigos? ¿Los británicos o los argentinos? En todo caso, tanto unos como otros, parece querer decirnos el autor. Es que enemigo de los pichis es cualquiera que se oponga a su persistencia en el tiempo, ese período en el que se prolongue la guerra.

Así, los pichis se mantienen desplazados del teatro de operaciones donde las fuerzas en pugna se enfrentan, y abren un espacio en el tiempo que dura el enfrentamiento. En ellos, por lo tanto, no hay causa nacional, porque la suya “es una guerra sin línea de batalla, sin enfrentamiento y retaguardia… sin batalla”, como han señalado Gilles Deleuze y Félix Guattari a propósito del juego del Gó: “pura estrategia…”. En este caso, los pichis se parecen bastante a los nómades que aparecen en Mil mesetas, el primer tomo de Capitalismo y esquizofrenia del dúo francés.

II-

La rareza de Los Pichiciegos se encuentra seguramente en que, si bien es un relato de guerra, la historia está contada desde los bordes de los bandos enfrentados. Cabe recordar, en este sentido, que según supo tematizar Clausewitz en su libro De la guerra, la guerra es como un “duelo ampliado” y, por lo tanto, no se puede ser neutral, porque –sigo acá al Michel Foucault de “La guerra en la filigrana de la paz”—siempre somos “el enemigo de alguien”. En este sentido, la novela de Fogwill viene a romper con la lógica binaria del enfrentamiento bélico, entre otras cosas, porque es una narración descentrada. Es decir, se habla desde “un espacio imaginario muy próximo al campo de batalla pero desplazado del centro de operaciones y de los tópicos convencionales del relato bélico”, según nos sugiere Graciela Speranza en su texto Partes de guerra, donde sugiere leer la historia de esta “colonia subterránea de desertores” como la de quien intenta sobrevivir “comerciando con el enemigo”. 

Los Pichis, entonces –protagonistas de esta historia–, son ni más ni menos que los que habitan la pichicera, ese espacio construido en dos semanas, cuando ya los muertos eran llamados “helados” y “fríos” los que habían sido heridos. Cuando algunos se habían cansado de que les dieran la comida fría (para ahorrarse carbón), y otros ya se habían vuelto medio locos. Le pusieron pichicera por los pichis, nos enteremos con la lectura, por esos bichos que viven de noche, bajo tierra, y que hacen cuevas. La pichicera es esa trinchera que está a mitad de camino. Por eso no hay batalla ni combate directo, sino tan sólo lucha por la subsistencia. Rechazados por los británicos, dados por muertos, presos del enemigo o “desaparecidos” por los argentinos, los pichis simplemente se la van rebuscando. Si vuelven, lo saben, los mandan a pelear de nuevo. O sea: los mandan al muere, derechito al matadero. 

III-

Si para la identidad nacional de los militares de carrera las lógicas jerárquicas de la forma-Estado son fundamentales, en cambio, para los pichis, la jefatura recae en un grupo de cuatro o cinco hombres a quienes denominan “Los Reyes Magos”, que no son más que sus pares en esa penumbra que les toca vivir. No son un aparato especializado de poder. Tampoco tienen, los Pichis –como sí tiene una identidad sólida– ni una historia común, ni un mito de origen. Tampoco una proyección futura. Duran lo que dure esa guerra. Y eso es todo. Por eso decía que la novela de Fogwill es una narración sobre una guerra donde aparece desrealizada la identidad nacional.

La parodia es otro de los procedimientos por los que se cuestiona en esta novela a la identidad nacional. Si hasta Gardel –símbolo por excelencia de la argentinidad– es cuestionado en este libro. Él también era un Pichi, dicen. “Un pichicatero”. Gardel: “francés, o uruguayo o argentino”. No importa. Como tampoco importa la marca de los cigarrillos. Se fuman ingleses o franceses. O argentinos, lo mismo da. De allí que Beatriz Sarlo, en su texto “No olvidar la guerra”, haya remarcado la paradoja de esta guerra, que se hizo para fortalecer una identidad sostenida en la unidad nacional, y finalmente, el accionar del Ejército Argentino no hizo más que debilitar, disolver lo nacional como identidad. Paradoja que se produce, también, porque el Ejército Argentino es una fuerza que se ha formado y se ha definido –siguiendo las reflexiones de León Rozitchner tal como aparecen en su libro Malvinas. De la guerra sucia a la guerra limpia– en los límites que el propio enemigo le proporcionó. “Si hasta las categorías de la guerra son producto del enemigo, y forman parte de su doctrina de guerra, que es de Contrainsurgencia y Seguridad Nacional, que fundamenta su plan de guerra”, argumenta León.

En este sentido, las Fuerzas Armadas Argentinas se constituyeron como fuerza de ocupación –antinacional– en el propio territorio, buscando implantar por la fuerza, en el propio país, la dominación que permitiera el despojo de sus habitantes, sobre todo de sus clases populares. ¡Y después pretendieron que esos mismos sectores pelearan en nombre de la unidad nacional! Los Pichis de Fogwill son un claro ejemplo de esa paradoja. La contracara de esa guerra. De allí que resulte sugestiva la pregunta que, en determinado momento del relato, surge en la pichicera: ¿por qué, siendo tantos los porteños, son ahí tantos los “provincianos”? ¿Por qué las trincheras están llenas de “cabecitas negras”? La respuesta salta a la vista. Porque el Ejército Argentino, desde Caseros en adelante, se convirtió en el ejército de una clase (de la oligarquía), con un discurso que pretendió elevarse al discurso de la Nación entera. Una clase que respondió desde entonces a intereses económicos que son transnacionales. Y es por eso, entre otras cuestiones, que la guerra estaba perdida antes de ser iniciada.

No eran esas Fuerzas Armadas, que perpetraron el genocidio vía terrorismo de Estado, quienes podían ganar la guerra, sino un proceso popular que se tomara en serio la defensa de la soberanía nacional en una amplia alianza latinoamericana. Pero esa hubiese sido otra historia. Y otro, seguramente, los modos en que la literatura hubiese reconfigurado sus abordajes de la realidad política.