Padres, he pecado: crónica de una científica hereje
Entre todas las locuras que me definen como persona, mi favorita es el convencimiento de que tengo una idea digna de un Nobel, pero no estoy dispuesta a atravesar toda la burocracia patriarcal que se necesita para ubicar una teoría entre las nominadas.
Por Yunga
Imagen de portada: Ilustración de un agujero negro, cortesía del Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA y de Jeremy Schnittman.
Preludio
Corría el año 2018 y estaba yo a la mitad de los cinco años de una beca CONICET, cuando descubrí que la vida de una científica era mucho más aburrida de lo que me habían prometido Hollywood, Marvel y DC.
¿La razón? “Es la economía, estúpido” El homo econoemicus, el patriarcado, o el nombre que le quieran poner al capitalismo produciendo grandes jerarquías y alienando trabajadores.
Una vez que asumí que mi futuro próximo no sería académico, decidí hacer un último salto al abismo antes de huir: me drogué.
Llevaba tantos años estudiando física como fumando marihuana, pero en toda esa década nunca había combinado ambos mundos. Era parte de la misma lógica del Trabajo y el Sufrimiento que volvieron a la Academia tan aburrida: la Ciencia es un Trabajo y el Trabajo (como su nombre lo indica) es Sufrimiento.
Un buen día en el que mi director se fue de viaje, aproveché para ir toda una semana fumada a la oficina. Agarré unas hojas en blanco y me puse a hacer algo que disfruto desde que soy niñe: dibujar. Desempolvé los conocimientos de dibujo técnico que adquirí en el Instituto Técnico de UNT (¡Hierro T! ¡Doble T! ¡Instituto es!) y pasé a 3D unos famosos diagramas 2D con la intención de visualizar mejor lo que estaba investigando.
Pasó esa semana y volvió mi director. La que no volvió fui yo.
La aprendiz de bruja
Por primera vez en mi vida, estaba creando mundos. Universos. ¡Dimensiones!
Había llegado a una conclusión digna de una travesti marihuana, que trascendía ampliamente el alcance de mi tema doctoral: la tridimensionalidad del espacio era una ficción.
O para decirlo en términos de las nuevas teorías feministas que empezaban a sonar esos años: el Tiempo y el Espacio eran performativos.
No era la primera persona en imaginar universos de ocho dimensiones. Hace décadas que les físiques que investigan la Teoría de Cuerdas intentan diseñar experimentos para demostrar que el universo tiene 11 dimensiones; sin embargo, mi conclusión no era del tipo “el universo no tiene cuatro dimensiones, tiene ocho” ni tampoco “no es una esfera, es una dona”, sino más bien: el universo tiene tantas dimensiones como cada grupo de personas quiera ver.
En perfecta consonancia con el Multinaturalismo del antropólogo Viveiros de Castro, la teoría y el experimento definen y crean, performativamente, la realidad que están buscando “descubrir”.
Empoderada con esta nueva concepción de la realidad, hice lo que cualquier maga con un nuevo libro de magia hubiera hecho: inventar nuevos mundos. Me metí de cabeza en el problema más (literalmente) grande y profundo de la Relatividad General: las singularidades. Es decir: la curvatura infinita que aparece en el (supuesto) “centro” de un espacio-tiempo ante la presencia de un Agujero Negro.
De honorable ciudadana a hereje forastera
Hasta aquí un hermoso cuento de hadas. La ruluda princesa universitaria descubre un hechizo en los libros de filosofía que en pocos meses le permiten resolver problemas de la física que llevan un siglo siendo un misterio y salva al mundo de su crisis energética. Y sin embargo, un gran poder conlleva una gran responsabilidad; y yo, al igual que Peter Parker, era (¿soy?) una pendeja de mierda.
Caprichosa, burguesa, atea, amada princesa y (para colmo) una travesti marihuana.
Ella, absurdah, esperaba que su director, al verla toda desquiciada, emocionada, sacudiendo un atado de cientos de páginas con dibujos incomprensibles, le diría “¡Qué hermosa mi alumna! Reconozco en ti todos los signos de una científica loca (y ergo, genia) así que asumamos como ciertas tus propuestas, tal como tu epistemología propone”.
El grupo de Relatividad del que yo formaba parte (95% varón) por supuesto diría también: “¡Abandonemos todas nuestras investigaciones! Aquí Mercedes nos ofrece una idea de Nobel, trabajemos todes en eso!”.
¿Derecho de piso? ¿Con qué se come? Es una legítima hija de Dios quien les habla.¡Obedézcanme, hombres de poca Fe! ¿Acaso no sienten la fuerza de mi Voluntad de Poder? ¿No ven el fuego en mis ojos? ¿La belleza de mis dibujos?
Fui, a todas luces, una hereje.
Y como hereje fui tratada.

Padres, he pecado
A pedido mío, se armó un pequeño tribunal: mi director y otros dos relativistas que me querían mucho. Ante ellos expliqué mi teoría y al menos por un rato me escucharon con atención. Sin embargo, todes les presentes sabíamos que mi sentencia estaba firmada: había enloquecido. Mezclaba argumentos matemáticos con argumentos metafísicos, feministas y pictóricos.
“Divague artístico”, dijo uno.
“Hasta que no sea matemático, no sirve”, dijo el otro.
El tercero, que ya llevaba un rato mirando el celular, se levantó, me dio una palmadita en la espalda y salió del aula.
Y yo, que era todavía una adolescente, hice lo que hacen todes les adolescentes ante una situación como esta: enfurecí.
Les acusé para mis adentros (y luego también hacia afuera) de patriarcas y cipayos, de no ser capaces de apreciar mi grandeza por no venir de uno de esos viejos y aburridos alemanes de corbata que admiran en sus congresos.
Y me radicalicé.
Nunca más fui sobria a trabajar.
Nunca más hablé con ellos sobre mi teoría, aunque seguí desarrollándola, cortando todos mis vínculos con la Academia.
Por mi culpa por mi gran culpa
Padres, he pecado. He dejado que la vanidad, el dolor y la impotencia de ver al mundo arder en las llamas del capitalismo hicieran de mí una travesti cruel y desagradecida.
Es cierto que todos los patriarcas tienen un grado de responsabilidad en el sostenimiento de esta sociedad injusta, pero, ¿No soy yo, con mi ego insoportable y mis ganas de comerme el mundo también parte de esa misma lógica, más combativa que empática?
Pero ojo, que no he venido a pedir perdón.
Siempre he sentido que en el acto de pedir perdón hay un arrepentimiento que muchas veces es injusto para con la persona que fuimos cuando cometimos el “error” de haber sido como éramos/somos. Lejos de victimizarme, ahora que soy casi una señora recuerdo con cariño a esa adolescente loca e incluso agradezco la libertad de espíritu que gané enojandome con el mundo.
Más bien vengo a hacer un ajuste de cuentas. Reconocer que así como yo no obtuve el apoyo que esperaba cuando por fin la física me apasionó; así tampoco supe yo mostrarme lo suficientemente agradecida y empática con mis padres de la física como para proponerles un proyecto común.
Lo que la Academia necesita no son vanidades revolucionarias ni corajes individuales, sino amores colectivos.
Para sacar a la Ciencia de su cueva no nos sirve de nada decirle a los científicos que sus teorías son meras sombras (o peor, mecanismos de defensa), sino proponerles salir a tomar aire y jugar un rato bajo el sol.
Para sacar a la Política de su ensimismamiento no alcanza con gritarles a los diputados que su teoría económica es irracional, sino concentrarnos más en la búsqueda de un proyecto común.
Para sacar a los Hombres de su dolor no podemos simplemente exclamar “¡traiciona a tu género, hombre cis!”, sino mejor, en cambio, prestarles una pollerita.
