CRÍTICA DE CINE

Números a digerir

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Una crítica a la serie documental Tierra sobre la mesa. De pandemias globales y cultivos locales

Por Lea Ross

Las palabras de un funcionario de alto cargo puede cambiar nuestras vidas. Hace veinte años atrás, un ministro anunciaba que solo se podía retirar 200 pesos por semana, sin dimensionar de los nuevos rumbos de la Historia que eso iba a desencadenar. Lo mismo ocurrió cuando el actual presidente anunció el inicio de la cuarentena, de la cual sus consecuencias todavía están dejándose desear. La voz de Alberto Fernández, a la escucha por parte de un limonero en el amanecer, es el principio de lo resolutivo en Tierra sobre la mesa. De pandemias globales y cultivos locales, una serie documental, producido por La tinta y con el apoyo de la Fundación Rosa Luxemburgo.

El fin de este serial consiste en conocer distintos proyectos de producción alimentaria sustentable mediante la agroecología, distribuidos en distintos puntos de la provincia de Córdoba, sin despejarse de un panorama donde el barbijo fue el objeto habitual que se antepuso al teléfono celular. Las entrevistas son ejercidas por figuras ligadas a la academia, que se sumergen en territorios que cultivan o crían por fuera de los márgenes del agrobusiness, donde la respuesta a cada pregunta es ejercida por una sola persona entrevistada. La soberanía alimentaria, los agroquímicos, la fertilidad de los suelos, los desmontes y la violencia de grandes terratenientes son temas de charlas que se presentan en éstos encuentros, donde la incidencia de la pandemia también es inevitable.

En sus dos primeros capítulos, la cría de ganado lleva a una primarización de los planos, explicado por una curiosidad recíproca entre la lente y en particular las cabras, que siempre chusmean ante la llegada de visitas. El reverso del mismo es el registro en planos generales, por lo menos en la experiencia de Río Cuarto, para contemplar la expansión de los suelos cultivables, o bajo un contraste de un campo aledaño que se rige con otras normas mercantiles.

Frente a ese agronegocio sin rostro, Córdoba entró en un pasaje del monocultivo a un duopolio, convirtiéndose en uno de los principales distritos globales de la producción de maíz, impulsado por el negocio de los biocombustibles. Un número (in)digerible en lecturas habituadas al enfoque exclusivo de la soja.

Hay un debate pendiente dentro de la expresión audiovisual sobre la representación de lo rural: no es lo mismo filmar en el campo que filmar el campo. Muchas veces, el cronómetro del montaje cede ante la demanda de una audiencia habituada a gramáticas tan ágiles como globales, que no siempre es acorde al ritmo de un modo de vida alejado del consumismo voraz. De hecho, algunas imágenes de archivo de la serie menciona al pasar luchas como las de Ituzaingó Anexo o de la campesina Agustina Tolosa, sin llegar a ser percibidos para un público desprevenido. Incluso el silencio puede tener un valor estético propio por fuera de la incidencia de una música extradiegética.

Aún así, Tierra sobre la mesa no pretende ser un buscador de subversiones latentes, proclive a ser una narrativa que se conforma estar en un suelo asfáltico a la espera de una movilización callejera. Su no premura lo lleva a tener momentos respetuosos para captar lo central de su tesis, que captar la biodiversidad perceptible desde la habituación, como es la presencia de insectos merodeando en plena entrevista. Incluso, logrando una efectividad sinestésica, ayudado con un montaje alterno, mediante el accionar de dos palas que abren dos enfoques edafológicos contrastables. A pesar de los paladines de este modelo, no hay convivencia cuando hay dialéctica.

Ver los capítulos aquí: