CRÍTICA DE CINE

La mirada de lxs otrxs

Comparte!

Una crítica a Los asesinos de la luna, la última de Martin Scorsese sobre un genocidio encubierto a una comunidad indígena, y un paralelismo a las críticas recibidas con las que recibió Argentina, 1985.

Por Lea Ross

A Martin Scorsese puede resultar prosaico sus críticas a las actuales películas de superhéroe, bajo un manto de nostalgia de viejas épocas. Pero basta con ver El lobo de Wall Street, La invención de Hugo Cabret y El irlandés, todas hechas cuando superó los 70 años de edad, para denotar una envidiable vitalidad. Ser nostálgico no implica romantizar los recuerdos. Porque siempre “recuerda” que la memoria viaja por las tangentes.

Su última película estrenada, Los asesinos de la luna, comienza con un dato histórico irrisorio a nivel geográfico: durante un tiempo, un pueblo indígena tuvo la riqueza per capita más elevada de todo el planeta. Se trata de la nación Osage, cuyas tierras habitadas en el norte de Oklahoma estuvo repleta de petróleo. La comunidad nativa aprovechaba el oro negro, a punto tal que eran los blancos quienes ejercían los trabajos asalariados y el lumpenaje. Scorsese reconstruye esos pueblos con muchos grandes planos generales, atestiguando en el aire el levantamiento de viviendas, comercios y pozos de extracción.

Desde un tren, se baja Ernest Burkhart (Leo DiCaprio), luego de servir como cocinero para la Gran Guerra, en Europa. “Siempre se requiere que los soldados tengan la panza llena”, lo avala su tío ricachón William “Rey” Hale (Roberto de Niro). Pero en las tres horas y media que dura la película, a Ernest jamás lo veremos sostener un utensilio de cocina. En lugar de eso, trabaja como chofer para Mollie (Lily Gladstone), integrante de una extensa familia osange, privilegiada por las tierras donde brota el crudo. Con impensados elipsis sutiles, los años pasarán, y los crímenes que alude el título se irán amontonando, exponiendo una siniestra red de complot mafioso.

Quien décadas atrás dirigió Taxi Driver, su última obra magnánima no pretende ser un bombardeo de secuencias abrumadoras, ni siquiera un despliegue de histrionismo actoral que caracterizan a sus fetiches Di Capio y De Niro. Como la pasividad que generar voltear las páginas de un libro didáctico, la cinematografía scorsesiana mantiene una afanada ventisca en varios tramos, donde la violencia puede presentarse imprevista y repulsiva, como así también la acumulación de enojo ante tamaña reconstrucción. La paciencia genera conveniencia, teniendo un ritmo que permite sentirse segura de tamaña exposición historiográfica. Es en ese horror, donde lo particular de estos hechos, se pueden sentir sintomáticos a la Historia que nos toca. “Yo fui quien les trajo a esos indios el siglo 20”, sostiene el personaje más siniestro de la trama.

Los asesinos de la luna no ha esquivado al cuestionamiento sobre su perspectiva, donde se hace exclusivo la del clan mafioso. El señalamiento es atendible, como también se advierte que tiene un eco al que le pasó a Argentina, 1985, al tomar la mirada del fiscal Emilio Strassera y su equipo para librar la investigación contra los genocidas, poniendo en segundo plano a quienes lucharon de manera callejera, como las Madres o al CONADEP. En ambos casos, el juzgamiento moral no percata que la definición estética logra una efectividad política. Si la película argentina permite que los géneros thriller y judicial, hasta la comedia, permitan ser ingeniosos para construir un ambiente opresivo y poder calibrar con ella el notorio avance que tuvo el país al proceder con el juicio a las juntas, en Scorsese opta por no ceder su mirada de siempre para sentirnos desgarrados de ese terror que nos hemos alienado. Su perseverancia de filmar historias sobre la construcción del poder mafioso, su violencia abusiva como medio de comunicación para fluir en sus cimientos, es lo que permite evitar en la caída de una mera culpa que se limite a quedar en un estado anestesiado, que nada se aleja con el envenenamiento que padecen algunos de sus personajes.

Sin mencionar que con ello, la presencia justa de Lily Gladstone es la que ejerce la fuerza centrífuga de su posición actoral. Basta con ver uno de sus primeros planos, cuando escucha lo que le dice Ernest. Aquí, los varones requieren ser explícitos; para ella, una mirada puede abarcar toda una bronca frente a una desgarradora mentira. La mirada de Mollie es la mirada nuestra, al escuchar a un candidato que la no agresión reinará en un país donde todo se rija por un sistema de precios libres.