CRÍTICA DE CINE

El cómic de la política

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Los límites de El reino, y otras producciones de Netflix, santa devoción de la globalización, sobre cómo entender nuestras realidades.

Por Lea Ross

El subgénero de la distopía siempre parte desde los propios escombros que encontramos en nuestras propias veredas. De allí brotan los miedos del consciente colectivo. Sea en la literatura como en el cine, incluso antes de que se pusiera de moda los multiversos, la proyección de un territorio identificado como propio, atado a un régimen totalitario en una realidad alternativa, implica un desafío en donde lo lúdico se conecta con lo programático.

El límite político de las pocas producciones que se cuentan a mano es que tiene como principal referencia a las narrativas extraídas de historietas o novelas gráficas, sin necesidad de acceder directamente a la lectura de esas páginas. Basta con contemplar ciertas adaptaciones fílmicas donde toman como principal inspiración a V de Venganza. La emergencia de una resistencia contra una dictadura, o cualquier otra forma de opresión gubernamental, surge por la fe ciega de un símbolo, que lleve a una multitud sin claridad alguna sobre el qué hacer en una resistencia, borrando de un plumazo toda experiencia previa. Es la secuela del Fin de la Historia.

Si en la primera temporada de El reino, la superproducción de Netflix, se podía encontrar un atisbo de cuidado narrativo, en base en que se comenzaba con un magnicidio político no tan bien calculado por parte del homicida, y con ello justificar un no tan equilibrado saltos temporales en los próximos capítulos; en su segunda temporada, el orden cronológico de los hechos es por un simple acatamiento mecánico. Como si sus guionistas, Claudia Piñeiro y Marcelo Piñeyro, decidieran escribir los seis episodios en un fin de semana a los ponchazos.

El malévolo presidente y pastor evangélico Emilio Väsquez Pena, interpretado por un draculiano Diego Peretti, se enfrenta con un inesperado némesis: su ex discípulo Teodoro, cuya cara de jovencito bueno se convierte en una figura de relevancia popular. Todo por el mero hecho de hacer una denuncia pública contra el abuso policial, registrado por celulares y difundida por las redes sociales. La ofrenda que le realiza una comunidad andina hacia su persona, pocas horas después de la viralización, expone una vergüenza ajena sobre la multiculturalidad de un país. La “construcción de un enemigo interno” es planificado por el monje negro que encarna Joaquín Furriel, como modo de aplacar el “hambre” que padece el pueblo argentino, fruto de las medidas de “ajuste”. Así como la serie saca lo básico de un manual de política, no lo hace en lo económico, ya que los beneficiarios de ese “ajuste” nunca son representados.

Pero así como en las dos temporadas, todo lo que es “el pueblo” no tiene voz (los mencionados habitantes jujeños, un barrio en la periferia, los propios seguidores de la iglesia de Peretti, etc.), El reino ratifica más sus problemas cuando pretende “hablarle” a la historia de su país. La conformación secreta de un grupo parapolicial remite a la Liga Patriótica o a la Triple A, pero en el momento en que adquieran su identidad con distintivos, vestimentas y condecorados remite más a versiones caricaturescas de los grupos fascistas europeos. El peor de los casos es durante una represión, donde Tadeo se sube a un vehículo y pide que “bajen las armas, que acá hay chicos”. El guiño a Pocho Lepratti termina siendo una remake del sketch de Capusotto sobre el sociodemócrata que entabla diálogo entre un piquetero y su hijo de la Federal.

El problema central de El reino es que pretende repeler aquellas figuras mesiánicas que dicen comandar “la lucha del bien contra el mal”, cuando en realidad está subsumida a esa misma lógica binaria que dice combatir. Los malos son re-malos y los buenos son re-buenos.

Es el cómic de la política. Algo de eso hay en ciertas películas europeas de la misma plataforma de la letra N en rojo, como la alemana Je suis Karl o la francesa Athena, donde en ambas advierten que las nuevas ultraderechas pueden pergeñar planes maquiavélicos que desencadenen acontecimientos importantes en sus respectivos países, capaces de empujar masivas movilizaciones con proclamas reaccionarias. Planes muy meticulosos y rebuscados, como las de Lex Luthor para destruir a Superman.

Mientras tanto, en nuestra realidad, esas mentes brillantes tienen tan poco cuidado, como gatillar torpemente el rostro de una vicepresidenta, y a la vez ufananarse de sus actos con sus amigos mediante mensajes por Whatsapp.