Pensamiento Crítico

¿Es posible una reforma agraria?

Yo creía que lo más urgente era producir alimentos agroecológicos. Sin embargo, no tuve en cuenta que los suelos también están desnutridos. Y así es que llega a mi vida: el pancito de caca.

Por Yunga

En otro inesperado giro de los acontecimientos, tras ocho años estudiando Agujeros Negros y cinco enfocándome en la Economía Política, hoy llego a la conclusión de que lo más urgente es crear un gran número de fábricas de panes de caca para alimentar los suelos.

Ojo: no estaba yo sentada bajo un árbol y el rojo radiactivo de una manzana golpeándome la cabeza me hizo pensar de repente en el hambre de la tierra, ahogada en agrotóxicos. Una serie de actoras, tan variadas como jugadoras de fútbol, anarquistas, abogadas, trabajadoras sexuales, docentes universitarias, historiadoras y sindicalistas me fueron recomendando prácticas, lecturas y grupalidades que me llevaron a asistir, el mes pasado, a la sexta edición de la Escuela de Agroecología, organizada por la Federación Rural.

La Federación Rural es un movimiento de cuatro años de edad que agrupa unos treinta mil productores agrícolas. Inspirades por el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra de Brasil (MST), la Federación lucha por una reforma agraria.

El MST, referente en luchas campesinas latinoamericanas, surgió en los 70 y sobrevivió a la dictadura brasilera, obteniendo en 1988 que se incluya en la constitución nacional de Brasil el artículo 184, que permite al Estado expropiar un inmueble rural “que no esté cumpliendo una función social”.

Pero más allá del interés que podamos tener en lo que diga una constitución nacional, la modificación da cuenta del nivel de organización del MST en Brasil… y lo lejos que estamos de un movimiento campesino con ese poder en Argentina.

La Escuela en Agroecología, que duró diez días y consistió de ocho horas de clase diarias y una buena cantidad de tareas colectivas distribuidas en cinco grupos de ocho personas, fue todo lo que yo imaginaba de adolescente cuando fantaseaba con asistir a una Escuela marxista de formación política.

No voy a entrar en la manía de compararla con las acciones políticas que los partidos de izquierdas están teniendo hoy porque no quiero revolcar más a Simone Weil en su tumba. Más bien quisiera dirigir la atención hacia este dato, obtenido en la Escuela de la Federación:

De los 22 mil millones de dólares que entraron a Argentina en 2025 por la venta de soja (un 25% del total de los dólares que entraron ese año), 3 mil millones se destinaron a la importación de fertilizantes y plaguicidas (agrotóxicos).

Para dimensionar: el presupuesto para Educación y Cultura a nivel Nación fue de 7 mil millones. El de Salud, 6,5 mil millones. El Presupuesto Universitario Nacional: 4 mil millones.

Es decir, gastamos tanto en fertilizantes y agrotóxicos como en universidades.

Hasta ese momento, yo creía que lo más urgente era producir alimentos agroecológicos. Por supuesto, el problema del hambre no es la falta de alimento (se desperdicia una enorme cantidad de alimento por culpa de las inútiles manos invisibles del Mercado: tanto lo que no se vende, como lo que se arruina gracias al desprecio de las industrias por la nutrición), pero teniendo en cuenta lo urgente es detener los grandes monocultivos (soja, trigo), pensé en reemplazar esos cultivos.

Sin embargo, no tuve en cuenta que los suelos (casi digo “nuestros suelos”, Dios me libre), también están desnutridos.

Y así es que llega a mi vida: el pancito de caca.

¿Reforma o revolución?

Cuando decimos “reforma agraria” muy probablemente se nos venga a la cabeza la imagen de un grupo de campesinos fusilando terratenientes en un paredón.

Por muchas ganas que tengamos de ver esa fantasía realizada, con el 92% de la población nacional amontonada en ciudades y demasiado preocupada por su propia supervivencia como para salir a defender a los pequeños productores (y demasiado desorganizades como para al menos organizar un boicot evitando los supermercados), lamentablemente no nos queda otra por ahora que hacer de tripas corazón y asumir que quizás la solución no sea tan épica como quisiéramos, sino que tal vez que haya que pensar problemas mucho más humildes… como meter la mano en la caca.

La receta (¿quizás la más antigua de la historia?) es muy sencilla:

250 gramos de levadura

2 kilogramos de azúcar

20 litros de agua tibia

50 kilogramos de hojas secas

y CACA, mucha caca

50 kilogramos de kk

Cualquier caca, esa, la tuya

(¡basta de cagar sobre agua potable! ¡cuánta absurda Humanidad!)

o caca de gallina, si todavía no estás liste para hacerte cargo de tu caca.

Vamos con otro “dato” (no importa tanto el número, sino dimensionar para visualizar: las famosas vacas esféricas de las ciencias “exactas”):

Por año, se utilizan 5 millones de toneladas de fertilizante por año.

Los fertilizantes sintéticos suelen tener una concentración diez veces mayor de nitrógeno, fósforo y potasio que un pancito de caca, así que vamos a suponer que necesitamos 50 millones de toneladas de pancitos.

Supongamos que “cocinamos” nuestros panes de caca en esos tachos azules de 200L que lamentablemente abundan, con lo cual necesitamos 50 millones de tachos por mes.

A grosso modo, entonces: si cada habitante de Argentina produjera un pan de tacho por mes, tendríamos cubierto gran parte del problema de la desnutrición de nuestros suelos.

¿Es posible una reforma agraria?

Por supuesto que no voy a hacer una reforma agraria haciendo cuentas con DeepSeek desde mi cama con dolor de ciático (¿Qué soy acaso, una troska?), por eso es que más allá de todo este blablá, finalmente he decidido pasar a la acción.

Conectar con otres panaderes de caca. Meter las manos en el barro.

¿Será eso suficiente para gestar una reforma agraria?

Quién sabe.

Quizás parte de nuestro aprendizaje como habitantes del siglo XXI sea renunciar al deseo de querer controlar/entender/cambiarlo todo.

Bajar un ratito la nariz (erecta hacia el cielo)

y meterla de lleno en el ano de la tierra

como un perrito buscando hacer amigos.