COLABORACIONES

Sobre la aceptación y la re-significación del discapacitado

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Por Pablo Cervigni

Si hacemos un recorrido histórico de la diversidad, nos vamos a dar cuenta que a las personas en situación de discapacidad nos han aplicado una diversidad extensa de etiquetas, que poco a poco nos han ido encasillando incluso a nivel mental. Pero primeramente, a nivel social, enmarcándonos casi definitivamente en algunos lugares que, de mínima, son complicados e incomodos para habitar.

Es que somos los raros, los fenómenos, los enfermos y en al mejor de los casos los espaciales, los diversos funcionales o los de las capacidades diferentes. Es cierto que durante estos últimos años, y más que nada desde las observaciones que se han hecho en la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, la sociedad en general y las propias personas en situación de discapacidad se han atrevido a repensar las palabras con las que nos definimos a nosotros mismos. Pero también, todos los conceptos que internamente se esconden dentro de esas definiciones y que, históricamente al menos, han sido de tintes peyorativos y con la foco puesto en lo negativo de la diferencia. Es que, durante mucho tiempo, más que al que la sociedad en general le gustaría reconocer, hemos sido una carga social y no una parte fundamental de la diversidad que aporta al avance.

La infantilización, por ejemplo, es un concepto transversal a todas las definiciones sobre la discapacidad que nos golpea de lleno en nuestro día a día. No solo en la mirada que tienen los otros sobre nosotros, cuando no es una mirada de rareza como al ver un extraterrestre en plaza San Martin, sino también que aporta a la deslegitimación en cuanto a la toma de decisiones, las opiniones, la independencia y sobre el desarrollo humano en general, creando una circularidad entre la persona con discapacidad, el resto de la sociedad y la constante asistencia al enfermo.

Es importante poder discutir estas cuestiones fríamente y de igual a igual. Porque si no, luego son los que menos conocen sobre la temática los que toman las postas. Porque como se asume que la persona con discapacidad no puede tomar decisiones coherentes y razonables sobre sus propias vidas necesitan de verdaderos profesionales y de la asistencia constante para hacerlo. Por eso mismo, es que en todas las ciudades del mundo, incluida Córdoba claramente, vemos que hay avances en cuanto a la adaptación de la ciudad en función de las personas con discapacidad, pero esos avances están en la mayor cantidad de casos mal hechos, justamente porque no se ocupan en hacer que los propios usuarios de estas adaptaciones participen de los proyectos en cuestión. Es por eso que tenemos rampas que no se pueden usar por la inclinación de las mismas, ya sea en el transporte público de pasajeros o ingresos a lugares, mostradores que no están a la altura de usuarios en silla de ruedas, lugares públicos sin braille o la disposición de gente que entienda lengua de señas o infinidad de casos en donde la sociedad intenta adaptarse, pero no lo logra por la falta de intervención de las propias personas en situación de discapacidad.

Debemos romper con los prejuicios en todas las áreas de la vida y ponernos a discutir sobre el mundo que tenemos y la estructuras que estamos validando a futuro, juntos. Porque las personas en situación de discapacidad también nos estamos haciendo preguntas que nos harán crecer a futuro y continuar insertándonos en la sociedad plenamente. La infantilización, la sobreprotección o la idea de que las personas en situación de discapacidad viven desde la limitación son parámetros vagos que siguen contribuyendo al aislamiento de lo que llamaremos, en un futuro, el colectivo de personas en situación de discapacidad. Porque somos nosotros también los que, desde adentro, debemos perderle el miedo al estigma social a las palabras, resignificar lo que antes fueron insultos y formas de denigrarnos pero que ahora se han vuelto parte de nuestra identidad, del mismo modo en que ha sucedido en el colectivo por la diversidad o los feminismos en donde palabras, concepciones o diversas cuestiones que empezaron siendo herramientas del enemigo en cierto momento se transformaron en aliados llenos de significados propios, nuestra historia y nuestros objetivos a futuro. Eso es lo que debemos hacer con la discapacidad en todas sus áreas.

Algunas de las preguntas que podríamos hacernos para avanzar sobre estas cuestiones tendrían que tener que ver con: “¿Cómo se promueve, desde acciones sociales que nos incluyan, la autoestima en personas con alguna forma de discapacidad en función de la participación?”; o “¿Cómo se favorece el respeto y el orgullo de sí mismas cuando la sociedad prima la velocidad, la productividad, la autosuficiencia, la eficacia y las habilidades para comunicarse?”.

Porque es cierto, no se trata simplemente de un nombre o de cómo nos auto-percibimos nosotros mismos. Va mucho más allá. Es la forma en realidad en la que nos ve el resto del mundo contra lo que debemos luchar y esa, al final, va a ser la bandera que levantara el colectivo que luche por los derechos de las personas con discapacidad, cuando se abandone el individualismo a la que la sobreprotección social y, en primer lugar, familiar nos ha expuesto. Porque somos elementos para la transformación social y debemos hacernos cargo de eso. El título en realidad es lo de menos, lo sabemos perfectamente. Pero hemos hecho ya ciertos avances a nivel de la accesibilidad física que nos han permitido salir a la sociedad y vivirla, disfrutarla y combatirla más que antes, ahora se escucha más a menudo la frase “Que cantidad de personas con discapacidad que hay ahora, ¿no?” y lejos de ser una alegría, dado que se está perpetuando la idea de fenómeno sobre la discapacidad es positivo que estamos saliendo al sol. Porque no es que seamos más o menos, sino que ahora podemos ser parte de una sociedad que siempre nos ocultó y que casi se ocupó abiertamente de hacerlo.

No somos superhéroes, pero tampoco somos incapaces, somos diferentes, como todos los demás. Algunos no caminamos, otros nos vemos y otros hacemos todas las cosas a un ritmo diferente, pero todos estamos saliendo a la luz y nos estamos animando cada vez más a decir lo que pensamos y empezar a construirnos como sujetos de derechos que buscan más, que buscan poder participar plenamente y que se nos haga participe de las discusiones que se estén dando en todos los aspectos de la vida, aportándonos todo lo que sea necesario para que el acceso a esas discusiones y las instancias sea algo que esté y no que haya que estarlo pidiendo o adaptarlo a cada rato. Porque eso es la inclusión y todavía hay mucho por lo cual avanzar en este sentido.

La plena inclusión, en la teoría, tiene que ver al menos con tres pilares: Valores Éticos que tienen que ver como lo venimos diciendo con la dignidad y el respeto, pero también con la búsqueda de la igualdad y la justicia el compromiso y la responsabilidad, la integridad y la confianza, la vida plena y la felicidad, el altruismo y la solidaridad el dialogo y la libertad de expresión como así también la valentía y la prudencia; Valores de la Eficiencia, que tienen que ver fundamentalmente con la cooperación y la mejora continua; y por último, estarían los Valores de la Creatividad, que tienen que ver con la apertura mental y la innovación además de con la pasión y la ilusión. Todo esto como una de las tantas propuestas que a partir de los valores se puede trabajar para la inclusión y, por sobre todas las cosas, para la reformulación de los propios conceptos que actúan como definidores de la discapacidad en sí misma.

Los límites entre lo que es y lo que debe ser son muy finos y a veces todo queda detrás de cuestiones que son más “importantes”, pero empezar a tomar parte en estas discusiones, entenderlas y fomentar los cambios que aparecen en el proceso también es parte del mundo que queremos en un futuro y que, esperemos, no sea tan lejano.