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La noche sin retorno

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La Bersa Thunder se aproxima directo al rostro. En un segundo, a centímetros del mismo, se gatilla dos veces como mínimo. En el primero, el pulso de la mano desvía levemente el eje de puntería y lo recupera rápidamente. Otro gatillazo más: se repite el circuito. Nada sale expulsado del cañón. La mano temblorosa no habrá soportado el peso del cuerpo del delito, como tampoco el espesor de su coyuntura. De ahora en más, la palabra democracia queda en un revuelo y en una nebulosa traslúcida. Exponer es naturalizar. Naturalizar el horror es un voyeurismo a la locura. Con solo apretar con el dedo, aún cuando provenga de los más fracasados, basta con que nos preguntemos cómo termina esta noche sin retorno.