CRÍTICA DE CINE

Aguantar sin ahogarse: Crítica a “Marty Supremo”, de Josh Safdie

Por Lea Ross

El pulso de Marty Supremo se hace notar con orgullo que está nervioso. Es un aceleracionismo que pidió estar impregnado químicamente en una cinta de 35 milímetros, ante la amenaza de la digitalización de la imagen. Funciona como trinchera frente a las invenciones de la inteligencia artificial y no solo porque la historia transcurre en los años cincuenta. ¿Es incongruente que recurra al anacronismo de una banda sonora de los años ochenta, plagada de canciones donde el uso de sintetizadores permiten crear sonidos mediante la “manipulación” de impulsos eléctricos? La respuesta es no. Por algo es aceleracionista.

En la primera secuencia, previo a los títulos iniciales, la cámara sigue al protagonista Marty Mauser (un Timothée Chalamet que logra ser eficaz, pero no por eso alguien que se come todo el material) trabajando en una tienda de zapatos y atendiendo a la clientela. Antes de entrar en diálogo con su patrón y una amante, tanto el montaje como los diálogos nos advierten el concepto del tiempo en el filme. Sobre lo segundo, es cierto que se aferra a la habitualidad que están teniendo varias producciones estadounidenses de invocar un acelerado intercambio de palabras por fuera de lo creíble. Pero ese no es el sostenimiento de la película, ya que en sus dos horas y media tendrá varias escenas desopilantes, y a la vez pasibles, que le permiten no estar tan apegado a lo literal.

Incluso resulta curioso que eso le permite ser más cómica que la anterior de su director, Josh Safdie, Diamante en bruto, estelarizado por Adam Sandler. Se puede detectar un par de conexiones de ambos. No solo por el parecido de sus protagonistas, obsesionados por no conformarse con lo que tienen y estar dispuestos a obtener algo más por fuera de los escrúpulos. La secuencia digital de la película de Sandler, donde vemos la transición del interior de un diamante hasta lo más orgánico del cuerpo humano, tiene su eco(grafía) en la locomoción de los espermatozoides hacia un óvulo en Marty Supremo.

A sus 23 años, Marty Mauser es un experimentado jugador de tenis de mesa, un deporte que no tenía tanto prestigio en los Estados Unidos de la posguerra. Al no ser una actividad que no genera una renta extraordinaria, Marty se la rebusca con tal no apegarse a las laborales tradicionales: estafa, engaña, chamulla, roba. De ahí que forja una personalidad pretenciosa, mañosa y vanidosa. Todo lo contrario al arquetipo de Rocky Balboa. Sin embargo, no estamos ante una película “sobre deportes” por sus escasas escenas de partidas. Pero sí tiene algunos planos donde dignifica esa actividad.

Las vicisitudes que el personaje, que apuntan simplemente a sobrevivir el día a día pero también para acumular fondos que le permitan realizar un viaje por fuera del continente, es el justificativo para contemplar varias secuencias difíciles de prever. Desde un accidente con una bañera, pasando por una serie de persecuciones, hasta metiéndose con un mafioso, interpretado por Abel Ferrara, son un amontonamiento de sucesos que, contradictoriamente, logran equilibrar su narrativa. La plena confianza, y la ausencia de vergüenza, permite ser una obra donde lo vertiginoso es a la vez fresco, sin llegar al ahogo.

No hay dudas que Marty Supremo es una de las mejores películas que está nominada al Oscar, junto con Una batalla tras otra, de Paul Thomas Anderson. Ambas tienen estéticas distintas, e incluso concepciones contrapuestas: el final conservador-tradicionalista del filme de Safide pareciera ser distinta al apego “revolucionario” de Anderson. Pero ambas libran sus batallas, peleas y partidas en un ámbito donde lo cinematográfico pareciera quedar encapsulado en una pantalla de celular, con riesgo a perder lo extraordinario por ceder ante la demanda de la predecibilidad de los algoritmos.