¿Es solo un partido?: Una crítica (urgente) a la película “El Partido”, antes del otro partido
El documental sobre el juego entre Argentina e Inglaterra en el Mundial ‘86 permite aportar sobre la discusión del ahora y del nunca acabar. Mirá la película aquí.
Por Lea Ross
“¿Es solo un partido?” es la pregunta que prolifera desde hace pocos días, en el momento en que se sabía que la Selección Argentina iba a disputar contra su par de Inglaterra en la semifinal del presente Mundial. La discusión quizás no sea saldada ni siquiera para cuando termine. Pero para el filme El Partido, la pregunta es otra: “¿Cuándo empieza y termina un partido?”.
Dirigida por Juan Cabral y Santiago Franco, y proyectada en el Festival de Cannes, fue estrenada hace un par de meses, pero quedó viralizada en internet a partir de la urgencia que generó el panorama futbolístico presente. Y es que al comienzo de la obra, pareciera un material que deglutió lo que estamos devorando. La obra pretende sostenerse con la convocatoria, dentro de un espacio cerrado, de algunos ex-jugadores que se disputaron en aquella partida ocurrida en el Mundial de México ‘86, tanto uno como otro equipo. Allí rememoraron aquella gesta, pero a la vez esquivando los temas ampulosos que atraviesan a ambos países, sobre todo la ocupación de las Malvinas, donde en este caso se opta por un guion narrado en off. Pero incluso, la película advierte sobre momentos de armonía intercultural, como el saludo entre Diego Maradona y Freddy Mercury.
Sin embargo, la recopilación de archivos, sean fotográficos como de video, ratifica un arduo trabajo de investigación, que a la vez se moldea en un montaje que pareciera apuntalar a ser una producción digna para los canales de stream más que para una sala tradicional. Lo curioso es que el uso de blanco y negro, por parte de quienes estuvieron en la cancha, permite generar una reivindicación al modo de percibir lo audiovisual, de dimensionar la potencialidad fílmica cuando se lo contempla en pantalla grande y en un cuarto oscuro. Maradona fue ese efecto de una proporcionalidad divina, algo que especula el tramo final de la película sobre la correlación de los cuerpos celestes en el espacio.
Las recurrentes anécdotas y coincidencias permiten que ese “instinto Netflix” posibilite los saltos temporales, algo que es muy habitual en las producción que apuntan un dinamismo ágil para un público doméstico. Pero también, obtiene una efectividad a lo Spielberg, al denotar el tono épico del gol del siglo, como así también aquella opacada maniobra de “la nuca de Dios”, que evitó que el partido se convirtiera en un empate. El Partido puede convertirse en un buen material para filmar una ficción, donde incluso Carlos Bilardo podría adquirir más protagonismo: la cábala confundida con costumbrismo, lo obsesivo en los detalles, su persistencia casi al delirio, permiten que el documental en sí convierta a ese director técnico en un personaje cinematográfico a la misma altura que cualquier astro en la cancha.
El Partido aporta su mirada que choca contra el chauvinismo berreta, pero también contra la falta de sensibilidad e intelectual por parte de quienes sienten repulsión por los hincas que cantan “El que no salta es un inglés”. En nuestras vidas, son muy pocos los momentos en donde las memorias, que remiten al pasado, se confundan con las evocaciones que nos apuntan al futuro. Y eso lo puede generar un partido de fútbol. El ingenioso cierre de la película, donde los entrevistados juegan una partida de metegol, es una buena encarnación donde si el motor de la Historia es la guerra, entonces una mínima voluntad de recuperar la hermandad de los pueblos puede permitir ser el inicio de algo en donde las mayorías seamos felices. La alegría de un pueblo es su mayor prueba.
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