FEMINISMOS

Responsabilidad afectiva, ¿una nueva forma del deber ser?

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Por Nawa Yará

El amor romántico nos entrena para que nuestra principal fuente de gratificación sean las emociones provenientes de la intimidad con unx otrx que se supone que tiene que complementarnos y satisfacer nuestras necesidades afectivas. Existe en él una expectativa de exclusividad, fidelidad y la creencia de que los celos son una forma de amor pasional que puede justificar cualquier conducta agresiva, ofensiva o violenta y hace que, principalmente los varones, hagan de las personas su propiedad. Si bien toda nuestra sociedad sostiene el mito del amor romántico, este ideal influye de manera diferente a mujeres y varones porque a ellos se los socializa para centrarse en otro tipo de objetivos, mientras que a nosotras se nos enseña a poner todas nuestras expectativas en elx otrx. 

El feminismo no está ajeno a esta discusión y hace años busca desentrañar y desmitificar los ideales construidos en torno al amor romántico. Sin embargo, durante los últimos tiempos, desde algunas ramas del mismo feminismo, se habla de la responsabilidad afectiva como una manera de relacionarse con lxs otrxs desde un lugar “saludable” para ambas partes. Una búsqueda de apostar a otro tipo de relaciones (abiertas o poliamorosas) que vayan más allá de los esquemas de fidelidad, entrega y complementariedad entre dos que perpetúa el amor romántico. La responsabilidad afectiva se basa en el supuesto consenso de todas las partes de tener una actitud consciente frente a los sentimientos de lx otrx y, por eso, promueve el cuidado, la escucha y el acompañamiento teniendo en cuenta las emociones de los demás. Es decir que se establece una especie de contrato, implícito o explícito, entre lxs involucradxs en el que se comprometen a cumplir con determinadas reglas para “evitar sufrimientos innecesarios”. 

Este modo de plantear los vínculos, sin embargo, establece protocolos universales de comportamiento y elimina la diferencia delx otrx cuando supone que toda persona es capaz de percibir, procesar y actuar de la misma manera. En mi experiencia, que no es mucha pero es desde el único lugar del que puedo escribir, una de las herramientas que más aportó a mi desarrollo fue la astrología. La astrología me enseñó que cada unx de nosotrxs es diferente en una multiplicidad de aspectos: sujetxs situadxs en un contexto determinado, ciertos rasgos de personalidad y experiencias acumuladas que distan mucho unas de otras. Esto no es una novedad y, sin embargo, en la práctica es realmente muy fácil de olvidar: cada unx de nosotrxs siente, piensa y procesa de diferentes maneras. Cuando establecemos un contrato sobre los modos de comportamiento nuestros y de otrxs también estamos cerrando los ojos ante la evidente naturaleza de los vínculos que es siempre mutable e inaprensible. En este punto, a mi entender, existe un malentendido naturalizado por el lenguaje y reproducido por todxs nosotrxs a través de las formas vinculares y es que, cuando hablamos de las personas con las que nos rodeamos, utilizamos pronombres posesivos. Así decimos: mi chongx, mi amigx, mi compañerx, nuestrxs amigxs, etc. Sin embargo, ya lo dijo Simone de Beauvoir hace tiempo, en realidad nunca poseemos a nada ni a nadie, por lo tanto, cuando queremos poseer tratamos de hacerlo de forma negativa, esto es, impidiendo la libertad delx otrx. 

Esta ilusión a la que nos aferramos cuando establecemos ciertas reglas y modelos de comportamiento para con lx otrx no es más que una búsqueda desesperada de seguridad: un mecanismo de defensa ante el dolor (por cierto, real) que nos producen los encuentros y desencuentros con otrxs distintxs a mí. Desde el punto de vista del ego, la responsabilidad afectiva es deseable porque busca que lx otrx se adecúe a nosotrxs, contemple nuestros sentimientos y actúe como queremos para, así, ser confirmadxs. Sin embargo, ¿es esto posible? Si lo que nos proponemos imaginar son utopías, entonces sí, sería maravilloso poder entablar vínculos desde lugares no ambiguos, “saludables” y honestos, pero lo cierto es que las cosas siempre son ligeramente diferentes a como las imaginamos. La sinceridad es relativa, el terreno de las emociones y los sentimientos se encuentra lleno de contradicciones y, muchas veces, carece de la claridad necesaria para ser explicado de manera racional. Además de que las palabras, ya lo sabemos, no siempre alcanzan: no pueden explicarlo todo. 

El deber ser está presente en casi todos los aspectos de nuestra vida y se inscribe en nosotrxs a través de diversos dispositivos: instituciones, leyes, discursos, relaciones sociales, etc. En vez de dejar que los vínculos aparezcan y manifiesten su forma en la medida en que se va urdiendo la trama, buscamos desesperadamente imponer un ideal sobre cómo deberían y no deberían ser. En este sentido, la responsabilidad afectiva como un manual de instrucciones del sentir y el hacer con otrxs, no puede escapar a ello. Se trata, de otro protocolo universal de comportamiento que busca imprimir en nosotrxs nuevos modos del deber ser aunque, esta vez, camuflados bajo la bandera de la empatía y el cuidado emocional. 

Una de las discusiones más populares en torno a esta temática es la del ghosting (de fantasma, “fantasmear”) y hace referencia a esa moda de dar por finalizada una relación de forma repentina “dejando en visto” a la otra persona. Muchas veces este tipo de acontecimientos deviene, luego, en escraches y señalamientos públicos como una manera de castigar a lxs ejecutores para corregirlxs por lo que podemos decir que también se trata de una prescripción moral. ¿Qué hacemos con las personas que no cumplen con nuestras expectativas? ¿Qué hacemos cuando lo que lx otrx tiene para decirnos no es de nuestro agrado? Es normal que cualquier desvío del guión nos desconcierte y prenda nuestras alarmas, es parte de la vida, pero convertir la espontaneidad, el cambio y la incoherencia en faltas que deben ser juzgadas y sancionadas es una cosa muy diferente. 

En este sentido, la responsabilidad afectiva sigue reproduciendo modos vinculares perpetrados por el amor romántico, ya que no apela a la exploración de otras categorías afectivas ni a modos diferentes de vincularnos, sino que reviste de nuevas vestiduras aquellas formas tradicionalmente establecidas. Y, finalmente, nos sitúa en un estado de perpetua infantilización que no nos hace más fuertes frente a las asperezas de la vida, sino que produce sujetos susceptibles que hacen un berrinche cuando lxs otrxs no se comportan de la manera esperada: el famoso modo víctima. 

La vida es un campo de batalla y ser parte de ella implica aprender cuáles son las batallas que podemos/queremos dar, llevarnos decepciones y desilusiones por las expectativas que depositamos en los demás y corrernos, nosotrxs también, de esos lugares en los que lxs otrxs quieren ubicarnos. Derribar los ideales y las fantasías que proyectamos sobre lxs otrxs es imprescindible para nuestro crecimiento y es, justamente, lo opuesto a esperar que los vínculos sean como nosotrxs deseamos.