CRÍTICA DE CINE

Puan: una comedia filosófica en la pantalla grande

Comparte!

Comentario al film argentino estrenado en estos días en los cines del país.

Por Mariano Pacheco

Vi Puan, la película de María Alché y Benjamín Naishtat, en el cine Lorca. Semanas atrás había publicado en otro medio una nota sobre las transformaciones de la emblemática calle Corrientes, y destacaba que –más allá de su creciente degradación– había tres emblemas de ese corredor cultural que se mantenían en pie: el Cine Cosmos; la Sala Lugones del Teatro San Martín y El Lorca; este último es en el que también vi el año pasado –como en el caso de Puan, “a sala llena”– el film Argentina 1985 (del que en su momento hicimos una “crítica crítica”).

Puan puede ser caracterizada como una comedia filosófica y transcurre entre escenas en la Biblioteca Nacional y la Facultad de Filosofía y Letras, situada en la calle Puan 480 de la ciudad de Buenos Aires. “Hoy sábado 7 de octubre nuestra película se puede ver en 88 salas”, comentó Naishtat en su muro de Facebook. Y agregaba: “cuando empezamos a escribirla hubiéramos apostado que no nos daban ni 4. Pero si uno se rigiera por esos cálculos, ¿cuál sería la aventura?… ¿Cuántas veces nos dijeron que una película no se podía llamar Puan? ¿Cuánta gente por medio mundo hubo que convencer que se podía hacer una comedia sobre filósofos de una universidad en Caballito? Uno existe cuando salta al vacío, dice Marcelo Subiotto en una escena de la película”.

La actuación de Subiotto, en su papel del “profesor Pena”, es de hecho una de las grandes cuestiones a destacar en este film. Más allá de un elenco de lujo, que cuenta con la presencia de Leonardo Sbaraglia, Cristina Banegas, Andrea Frigerio, Alejandra Flechner, Julieta Zylberberg y Mara Bestelli (y una breve aparición de Lali Espósito), Subiotto logra interpretar un personaje entrañable, que no es presentado como un héroe impoluto sino como un ser –como todos– atravesado por sus torpezas, sus contradicciones, así como por sus convicciones y virtudes. De hecho Pena combina su trabajo en la UBA con clases de filosofía que dicta en un barrio popular con otras que le da a una señora adinerada de 80 años que se duerme mientras él le habla, pero que luego hace gala ante sus vínculos sociales de los elevados temas que aprende con él, así como construye un vínculo de acompañamiento muto con su mujer, activista feminista, pero se olvida de compromisos que tiene respecto de su hijo y sus eventos escolares. Algo similar podemos pensar del vínculo que establece con Rafael Sujarchuck, el experto en Martín Heidegger que viene desde Alemania y disputa luego el cargo de dirección de la Cátedra (que casi todos coinciden que le correspondería a él), con quien termina coincidiendo (un poco obligado por las circunstancias) luego de algunas rencillas.

La película, además de destacadas actuaciones, está muy bien filmada y cuenta una buena historia. Y contribuye a poner a circular cuestiones de la filosofía en un público más amplio al preocupado por sus cuestiones.

Uno de sus ejes, en el que el film –entiendo– realiza un valioso aporte a través de su trama, es el que plantea el vínculo entre generaciones, y aborda la siempre tensa relación entre la herencia y la invención. ¿Cuánto del legado de los maestros es importante empecinarse en sostener? ¿Cuánto del propio camino es preciso transitar para no relegarse al mero rol de sombra de “los grandes”?

Dos grandes figuras de la cultura libresca argentina pueden ser recuperadas al ver el film: una la de Jorge Dotti, jefe de la Cátedra de Filosofía política de la FFyL que aparece en el centro de la trama de la película; única materia de la carrera donde se estudia Hegel con rigurosidad y se leen libros prácticamente enteros, como el Leviattán de Thomas Hobbes o El contrato social de Jean- Jacques Rousseau. Otra, la de Horacio González, quien entre otra infinidad de cuestiones supo ser director de la Biblioteca Nacional, quien –según destacó el profesor Roberto Retamoso a través de sus redes sociales luego de haber visto Puan– se emocionaba al escuchar “Niebla del Riachuelo”, el tango de Juan Carlos Cobián, que –se cuenta en el film– tanto gustaba al profesor xx escuchar de boca del profesor Pena.

Por último, destacaría dos cuestiones que me gustaron particularmente: el vínculo que el film trama con la perspectiva latinoamericana, a través de una profesora de filosofía de Bolivia que viaja a Buenos Aires para pedirle a Pena que visite su país, tal como se había comprometido su maestro a hacerlo antes de morir, y la irrestricta posición de defensa a la educación pública, que logra enlazar una rica historia de luchas en su defensa con una áspera coyuntura que el país atraviesa, en la que esa y otras importantes conquistas parecen querer impugnarse desde candidaturas que disputan la presidencia del país.

Confieso que fui al cine esperando ver una película para puaners. Y en mi caso, que a diferencia del protagonista (que declara “sentirse alguien” sólo dentro de esa facultad), encontró un camino de la filosofía fuera de las aulas universitarias, sospechaba que podía sentirme sólo interpelado en parte, como el estudiante que por algún tiempo alguna vez fui en esa facultad. Pero no. La película me interpeló y más allá de ese pasaje, durante esos años, por clases y actividades en el patio y pasillos de Puan, me interpeló porque de algún modo es un film que logra conmover a toda persona amante del cine, a toda persona sensible a lo que puede hacerse con una vida que se resiste a transitar por el mundo desde la mera repetición de los automatismos de la cotidianeidad, es decir, para todas y todos quienes estén dispuestos a aceptar que hay algo de nuestros recorrido existencial que siempre obra de modo misterioso. Y que la filosofía puede contribuir a indagar en ese recorrido que nos lleva a replantearnos entonces quienes somos, que hacemos, y que pretendemos o no hacer de nuestras vidas