CHARLAS DEL MONTE

Las tibias esperanzas del vino de la costa

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Casi cincuenta años después Tomás Astelarra bebe del mismo vino que Haroldo Conti. La parva muerte ha sofisticado sus recursos. Pero en tiempos de pachakuti, el indio también ha renacido para acercarnos a la Madre Tierra.   

“Los lugares son como las personas.

Comparecen un buen día en la vida de uno y a partir de ahí fantasmean, es decir, se mezclan a la historia de uno que se convierte en la quejumbrosa historia de lugares y personas.

Haroldo Conti, Tristezas del vino de la Costa (o la parva muerte de la isla Paulino)

Por Tomás Astelarra | Ilustración: Fuska.visual

Buenos Aires no deja de ser madre por el hecho de ser implacable y estragante. Sus enseñanzas corren por mis venas. Me deslizo como un samurai en un coche no tan rápido como para que no me alcancen los recuerdos (sobre todo de mi viejo amigo Pablo Krantz y sus chicos bufalos). Los nombres de calles y recorridos de bondis permanecen en el delgado límite del subcosciente como una certeza patafísica que me impide dejar mi nuevo ser campesino. Me doy cuenta que la guia T (que rescaté de un cajón del tiempo) es un artefacto tan extinto como la linotipia. En mi caso particular, la incipiente presbicia me impide leer las minúsculas indicaciones, amen que al librillo le faltan varias hojas de calles. La señorita que atiende la boletería del tren estalla en una rabieta incomprensible al ver que no sé ubicar la tarjeta Sube en el dispositivo indicado en el tiempo urbanamente esperado. Le deseo explícitamente pazciencia y que tenga un buen descanso. La amabilidad es un bien escaso en esta babilonia. A pesar de la abundancia de grandes luminarias, ofertas culturales, agua caliente, gas domiciliario y cualquier bajón o antojo a la vuelta de la esquina (las veinticuatro horas). A pesar del importante incremento de la población latina en la urbe. Donde vayas haz lo que veas, dice el viejo proberbio.

A los porteros nadie les contó que el agua ahora es un bien escaso y siguen con la inexplicable costumbre de regar las veredas. Las mamitas pueblan la ciudad de hermosas verdulerías y se sorprenden, además de mi amabilidad y respeto por su sagrada labor, de mis abarcas y la coquita que picheo. Ha habido una proliferación sorprendente de dieteticas más allá que la gente sigue pálida y con evidente necesidad de descanso. Consumir responsablemente no es tarea fácil. Las comercializadoras populares, más allá de su incremento, son una gota en el desierto y quedan a más de las diez o veinte cuadras que marcan la comodidad de consumir en cercanías en la tumultosa urbe.

Me trae a Buenos Aires el nacimiento de mi sobrina Ñambi y la visita de mi hermano Espinacas, residente en California (hace un lustro no lo abrazo). Me refugio en lo de mi hermana Pepa a charlar del puerperio, cocinar cosas ricas y cuidar la niña cuando tiene exámenes. Mi cuñado Guille no logra que en la empresa donde trabaja entren en consciencia del tiempo necesario para las tareas de cuidado que require un padre. Mi hermana siente que la velocidad y obligaciones de la urbe no la deja tejer redestribu de acompañamiento en este sagrado momento. Ha empezado a sentirse incómoda por los ruidos urbanos, sobre todo después que el gobierno de la ciudad decida ponerle en frente de la ventana un enorme tacho de basura que es recolectado por un camión de monstruosos alaridos sobre las dos de la mañana (despertando a la niña). Intentar hacer razonar a la burocracia porteña acerca del valor de una nueva vida es tarea imposible.

Comienzo a salir a caminar rumbo a algún encuentro por las noches. Es una vieja pasión citadina que recupero. Por las noches se ven las ratas y cucarachas, los cartoneros y sin techo durmiendo en los rincones, les amigue tomando una birrita en la multiplicidad de bares que fomentan el encuentro, cierta calma, casi silencio, la noche del mundo fomentando el descanso y a veces también, la evidente locura de esta crisis civilizatoria. Algunas de las enormes estructuras de consumo también duermen.

En la diversidad está el buen gusto

En la imposibilidad de encontrarme con todos mis viejos afectos decido tomar un criterio antropológico para mis citas urbanas. Una profe de yoga que vive en un templo escondido, un asesor de multinacionales que colabora con admiración con una cooperative de cartoneras, un empresario textil que se niega a pagar coimas y se lleva bien con el sindicato, un bajista de punk cuya banda se disolvió en la pandemia y ahora cuida de su hijo mientras su mujer reniega con la función pública, un filósofo cabeza con el que rosqueamos horas en un bar de Corrientes y está urgido de conseguir cincuenta lucas para hacerse análisis por un dolor estomacal crónico. Un organizador de eventos veganos, una gestora danzante, un tío bolichero, un grupo de padres y madres de una cooperadora escolar en batalla con el gobierno municipal, un asesor de Cambiemos que me regala un libro de Eduardo Mateo y dice que tiene como misión hacerle leer a los de derecha los libros de izquierda y a los de izquierda los libros de derecha. “Unos necesitan mejores valores y conciencias populares, otros un poco más de pragmatismo en lo organizativo”. Un ex multimillonario que después de una sequía que le hizo perder miles de hectáreas de soja arregló la quiebra y terminó en una viaje espiritual por Bariloche, Uruguay y Brasil, y para ahora vivir con lo puesto en una casita en el delta de Tigre fomentando bancos de semilla de marihuana. Una intellectual y activista ambiental que tras un breve y fracasado paso por la función pública busca otra beca del Conicet, mientras descubre desengaños de la construcción comunitaria en pleítos éticos y territoriales con antiguas amiguas y compañeras de lucha.

Todes de alguna manera han encontrado su forma de resilencia ante la sangrante y despiadada babilonia. No son adictos al celular ni labran densas quejas contra la dichosa inseguridad. No creen en los grandes medios ni piensan votar al liberalismo. Creen que la solución es atravesando puentes, discutiendo ideas, buscando la dichosa complementariedad en tiempos de pachakuti. No hay buenas ni malos. Ni siquiera certezas o errores. Todes tienen puntos a admirar y otros con los cuales disentir. El afecto es más fuerte que cualquier idea o costumbre. Descubro que en la tribu neorural del Valle hay una insana costumbre de amplificar los males de la madre Babilonia. Hace cinco años que no vengo a Buenos Aires. Si bien prefiero la ternura, cuidado y abundancia de la Madre Tierra, no veo que la cosa esté tan mal por estos pagos. Cuestión de gustos.

El hombre suburbano

A Martín lo conocí en la montaña, en una búsqueda de vision. Alguien le comentó que era un economista jipi. Además de invitarme un delicioso vino, me comentó que era presidente de una cooperative de productores de Berisso. “El vino de la costa”, comenté recordando una vieja crónica de Haroldo Conti. Me miró soprendido. También había leído a Conti y además tenía un pequeño emprendimiento editorial. Demasiadas coincidencias para no trabar una hermosa amistad. Enterado de mi visita en Buenos Aires, me invita a tomar unos vinos y celebrar un temazcal.

Decido tomar el tren a La Plata con ánimos de nutrirme de algunas visiones y sensaciones del intrincado conurbano. Constitución como siempre es un quilombo. Pero no veo una sensación tan fuerte de inseguridad. Con amabilidad y sin dar papaya, preguntando, se llega a Roma (o La Plata).

Consigo asiento, la gente va tranquila, pasan vendedores ambulantes, a la altura de Quilmes entran dos personajes de cancha con sus bicicletas y un viejo borrachin de franco que enseguida les comenta algo acerca de River y Boca. La charla es entretenida, picaresca. El viejo demuestra sus dotes de clown. En el bandoneón que une los vagones una grupo de muchachos pone música rock. El viejo se queja del rock. Los muchachos ponen cumbia. El viejo se pone a bailar. Los personajes de cancha lo agitan. Todo el pasajeraje del tren comienza a divertirse. El arte popular es gratis y relaja las peripecias del día laboral.

De pronto el tren se detiene. Por un rato seguimos divertidos con el viejito. Después una chica mira el celular y anuncia: “Hay un corte en la estación de Bell Ville, es por la piba que se electrocutó el otro día por una arreglo mal hecho”. La señora que decía boludeces por los altavoces de pronto se calló. Los guardas brillan por su ausencia.

Estado y empresa ausente, el pueblo se organiza una vez más. Que las puertas no se pueden abrir porque son automáticas. Que si alguien tiene llave allen o ganzúa. Que no vayan todes pal frente que tampoco ahí ta abierta la puerta y se va a armar quilombo. Algunes reniegan por otro incidente más en el transporte público que les hace postergar su esperanzada llegada a casa. Finalmente un pibe abre la puerta de manera manual. Descienden con tres más y ayudan a bajar a la gente. Hay como un metro y medio entre el tren y la vía. La gente en una lenta procesión va caminando por la vera de la vía rumbo a la barrera y de ahí a la calle a tomar un colectivo.

Io voy lento. Viendo a quien le pregunto que bondi tomar para llegar a La Plata. El pibe que camina al lado mío comenta: “No puedo creer, son dos gatos locos”. Miro hacia la estación. Efectivamente dos señoras y un par de muchachos intentan impedir que los guardas ferroviarios apaguen un fuego que encendieron con un par de cubiertas y cartones. Un piquete ad hoc. No hay banderas, ni organizaciones, ni demasiado gente. Especulo que no van a tardar mucho en despejar la vía. Viendo las colas de cuadra y media en las paradas de colectivos decido caminar a la estación y sentarme a observar el asunto con mi coquita y un puchito. Un par de personajes comentan la escena. Piden sana represión. Un grupo de gendarmes espera indicaciones al lado de una camioneta mientras toman mate y chequean el celular con cara aburrida. Los operarios ferroviarios intentan convencer a las familias damnificadas. Cuando llegan las cámaras de television la carnada es inevitable. Las señoras y sus hijas suben al anden. Los muchachos entienden razones y se alejan. Los operarios despejan la vía. Vuelve el tren. Me quedo pensando que en la tele seguro hablará de piquete y quizá se lo adjudique a alguna orga. Jamás a la empresa o el estado que dejo una cable suelto para que se electrocute una niña.

Cooperativismo, espiritualidad y vino

De La Plata me tomó un bondi eterno hasta el final de Berisso. Las gentes van y vienen. Casi solito le recuerdo al chofer mi destino. Apenas bajo Martín se acerca sonriente. Nos subimos al coche y vamos a la casa. Sobre el Río de la Plata, a metros de la Isla Paulino, paisaje de casi selva, delta, sauces, moras, vides y maíces, un par de gallineros, unas conejeras, y hasta una jaula de codornices. Un taller con una linotipia donde Martín imprime posters y tapas de cuadernos anarquistas. Arrancamos con un aperitivo tipo cinzano, caserito. No puedo evitar tomarme otro sin calcular que luego vendría la degustación del vino de la costa, dulzón, entrador, igual que la charla de Martín. Intercambiamos desaveniencias del trabajo colectivo, tanto del palo cooperativo como de la organización de temazcales y búsquedas de vision. El esfuerzo oculto, las mezquindades, las falsas horizontalidades, los pequeños dictadores encubiertos, la fortaleza en las articulaciones con otras organizaciones, los saberes aprendidos, el evidente crecimiento de estas iniciativas, ciertos nichos del estado con buenas gentes que tiran una onda, las mejoras en la calidad de vida individual y planetaria más allá de los reniegues.

En aquella crónica del 75, Conti utilizaba la isla Paulino como metáfora de la decadencia y casi desaparición del bienestar peronista. Luego del proceso de reorganización nacional (que lo haría desaparecer a él también) y el esquema neoliberal del Consenso de Washington implementado por un neoperonista llevaría al país a la pobreza generalizada (estadísticamente la mitad de Argentina vive así). Tras un neoneoperonismo kirchnerista que nos haría sacar a algunes la cabeza a flote, el macrismo nos volvería a enterrar en la puta crecida financiera multinacional, apocalipsis del culis mundis. Hoy todavía algunos utópicos siguen soñando con una gran patria industrial de empleo digno. Otres sabemos que como dicen las poetizas populares: “hay que inventarse el propio trabajo”. Aprender a organizarse. Ya que como dijo el príncipe Kropotkin, los más aptos a sobrevivir a este colapso, seremos aquelles que nos organicemos.

Mientras me deslizo como fantasma tambaleante hasta la cama veo sobre la pared un cuadrito con la cara de Haroldo. Lo miro fijo. Le guiño un ojo. “¿No estamos tan mal o qué maestro?”, le pregunto.

Al otro día nos tomamos unos mates y nos acercamos a un rincon de la finca donde la banda a machete le robo un circulito a la selva para montar un temazcal con varillas de sauce (algunas brotan espontáneamente). Hace un par de días hubo minga pa juntar bolsas de basura que trae el río. Un círculo de piedras espera el guardián del fuego. Nos tomamos un rape, encendemos un tabaco ritual, pichamos coquita, sahumamos, acomodamos el espacio y esperamos la llegada de la abuela Patri, una vieja psiquiatra militante que decidió usar el temazcal para contener pibes chorros de Caseros.

La historia es fácil. Los pibes van a la cárcel, salen sin más que lo puesto, lejos de su barrio, terminan en algún círculo informal de vagabundaje y sustancias ilegales que no solo consumen sino también venden. La abuela Patri empezó a contener a algunes en su casa, mostrarles la sanación a través del calor, la transpiración y los rezos y cantos a la Madre Tierra. Hoy el guardian del fuego es uno de esos pibes, que trae amigos, que miran con estrañeza sobre sus cuerpos llenos de tatuajes, que intercambian preguntas con algunes jipis, académicos, artistas, militantes y personajes variopintos. Somos una veintena de almas. Hacemos un rezo de tabaco. La intención es la abundancia. Uno de los pibes es hermano de una chica que vive en el Valle. Me cuenta que gracias a la abuela Patri pudo salir de Caseros y sus peripecias y hoy tiene un buen pasar como jardinero en la cancha de Boca. Vinieron varios en su auto. Sin embargo, después de la experiencia del temazcal, todo ese mundo de consumo no le interesa. En breve piensa irse a vivir al Valle, comprar un terrenito, poner una huertita, vivir en la naturaleza. “Acá en la ciudad si pones mucho esfuerzo y la pegas la terminas pasando relativamente bien. Pero siempre vas a ver al costado gente que la está pasando mal. Y arriba, gente que te desprecia o te quiere bajar”.

A la vuelta, las chicas guías de museo que me acercan en auto a la terminal de tren me muestran las torres de YPF de Berisso. “Si se apagan explota todo. Parece que por eso provocaron la inundación del 2013. Quedó toda la ciudad bajo el agua, cientos de familias perdieron todo. Ellos no se hicieron ni cargo”.

Competencia, descarte y celular

Parece que pegué el ultimo tren. La gente se va de a poco amontonado presta a disputar los lugares. En un estado zen post temazcal prefiero no caer en disputas, aunque entiendo la situación. Entre la resaca del vino de la costa y la sudada realmente preferiría ir sentado. La propia lógica citadina lleva a la disputa. Algunos ganan, otros pierden. Más allá de los métodos, los que están más dispuestos a competir tienen más probabilidades de ganar. Y si encima tienen muchos más recursos para competir o son amigos del juez, pues, es lógico que ganen. Más, cada vez más. Y el resto menos.

Por suerte, de todas maneras, viajo sentado. Ta lleno de pibes, pibas, pibis trans, que se van de joda. Alguna familia que vuelve de paseo. La verdá la verdá, parecen mucho mejor que lo que dicen las noticias. Si toda esta creatividad y resilencia, santa pazciencia, fuera aprovechada por les progresistes burocrates y neoliberales patrones, seguramente seríamos potencia mundial. De la buena. Simplemente Pan, Paz, Tierra, Techo, Trabajo (y un poco de joda), como diría la Evita piquetera.

Como estoy medio tarde encaro directo para lo de mi amigo Pablito que está de cumple. Constitución, línea C, Retiro, tren Roca, Villa Martelli. En el vagón un sin techo me empieza a quemar la cabeza. “Maestro, con todo respeto, estoy re cansado, por más que me hable no le escucho. ¿Le molestaría dejar de hacerlo?”. El tipo me mira extrañado y asiente con la cabeza. En ese leve gesto se relaja y queda dormido. Pienso nuevamente en la amabilidad, ese gesto inexistente en la ciudad. ¿Cómo se hace para surcar la vida ignorando la vida, esas personas que están en la mala y además de tener que juntar latitas por dos mangos bajo el rayo de sol un sábado de calles ardientes, deben afrontar el desprecio generalizado de los dizque ganadores de este estragante sistema?

Bajo del tren apurado, las calles de Martelli desoladas, me guío por la intuición o recuerdo que brota de mi subconsciente y me guía a la casa de Pablito. Toco timbre. Nada. Veo por el pestillo de la puerta: es el mismo pasillo largo de siempre. Al fondo hay una joda bárbara. Vuelvo a tocar el timbre. Me acuerdo que no anda. Golpeo la puerta. Estoy muy lejos. Estos porteños que hacen todo por celular. Me acuerdo que el mío está sin batería. Timbre. Puerta. Timbre. Puerta. Grito. Nada. Ni un vecino quejándose.

Decido ir hacia la avenida. Le pido cargar el teléfono a un empleado de estación de servicio, un kioskero, un patova de boliche y un pizzero trasnochado. Nada. Les explico que vengo de Córdoba, que es el cumpleaños de mi amigo del alma y no tiene timbre. Nada. Ponen excusas. Nada. No les creo. De la amabilidad a la falta completa de solidaridad (la raíz neoliberal) estallo en una rabieta. Estoy por tomarme el bondi a lo de mi hermana cuando junto coraje y vuelvo las diez cuadras hasta lo de mi amigo. Golpeo la puerta como si se acabara el mundo. Por el rabillo de la cerradura veo su figura larga, ruluda y tambaleante con un vaso de vino en la mano. La suerte sonríe a los tahures. Amistad mata falta de solidaridad. Siempre hay una luz al final del tunel. ¿O qué maestro Conti?

Estas charlas o relatos transcurren en el Valle de Polonia, es decir, Ningunaparte. Son ficción. Ciencia Ficción Jipi. Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia. Como diría Marx (Groucho): estos son nuestros principios. Si no le gustan tenemos otros. Dedicado a todes les indies de este nuevo pachakuti.